Versatile Blogger Award o “por favor, cuéntame más”

Al final he caído, solo he tardado tres millones de años. Pensaba que mi blog ya hablaba suficiente de mí (¡maldita ególatra!), pero se ve que no. Por presión popular, aquí estoy. Tendréis que disculpar si olvido a alguien que me nominara hace no sé cuántos eones, pero creo que estáis casi todos. Muchísimas graciasLocalización y testeo con Curri de Curri Barceló, El arte de traducir de Eva María Martínez, Letras de sastre de Rai Rizo, El placer de traducir de Cristina Aroutiounova, The world in my hands de Verónica García, En la punta de la lengua de Pedro Márquez, Diario de un futuro traductor de Ismael Pardo, Tradúceme despacio que tengo prisa de Vanessa Lorite y La Torre del Traductor Trastocat de Vicent Torres. Son bonicos a más no poder y si no tenéis sus blogs en vuestro lector de RSS ya estáis tardando en añadirles, aunque son tan Twitter-famous que lo dudo. Estas son las instrucciones que me he permitido el lujo de corregir porque estaban redactadas de una forma muy raruna:

1. Dale las gracias a quienes te hayan premiado y añade un enlace a su perfil o blog en tu entrada.
2. Comparte siete cosas sobre ti.
3. Pásale el premio a otros 15 blogs que hayas descubierto recientemente y/o que disfrutes leyendo.
4. Ponte en contacto con los blogueros premiados para que sepan que lo están.

Siete cosas que puede que no sepas sobre mí:

1) Creo que la mitad de lo que soy hoy se lo debo a mi familia y la otra mitad a los videojuegos. ¡Qué cosas dices! Pues oye, es la verdad. Con tres años estaba enganchada a un juego educativo para la Atari que creo que acabó echando humo, porque jugaba cada día. Luego llegó la Super Nintendo y con ella me hice amiga inseparable de Mario Kart, Super Mario World y Donkey Kong, entre otros. También me fascinaba ver cómo mis hermanos se pasaban sus aventuras gráficas, con eso ya me bastaba. Un poco después me volvió a dar por los juegos educativos, como Mi increíble cuerpo humano (¿soy la única niña que ha jugado a uno por gusto?) y me pasaba todo el puñetero día enredando con el Fine Artist y el Creative Writer. Creo que ahí vi claramente que tenía que dedicarme a hacer algo creativo. Luego ya vinieron los juegos de muerte y destrucción, pero esto no me viene bien para el currículum y no pienso explicaros la cantidad de pistoleros, pueblos de la antigüedad, soldados, peatones, sims y zombis a los que he asesinado sin piedad.

2) Aunque ahora no rompo un plato, en mi época de preescolar era un mal bicho. Inundé la cocina de mi guardería metiendo ramitas y plastilina en el desagüe con otro pequeño enano supervillano. También me gustaba hacerles dibujos «simpáticos» a mis padres. Cuando me enfadaba, subía a mi cuarto y les hacía una especie de tarjetas pequeñitas con una bomba dibujada en la parte de fuera y un «¡Boom!» dentro y se las tiraba por el hueco de la escalera. Una vez puse por detrás una frase mítica que les encanta recordarme: «ya no me ceréis» (born to be a translator). Lo malo es que en vez de hacerles temblar de miedo se morían de risa y eso hacía que me enfadara más todavía porque no me tomaban en serio.

3) De pequeña tenía una obsesión extraña con las cintas que enviaban el club Sega y el club Nintendo con los avances y novedades en videojuegos. Creo que hoy se utilizan en las salas de tortura de algunos países poco civilizados por su estridencia y falta absoluta de lógica. Las veía una y otra vez y no me cansaba, cada día a la hora de comer. Quizás albergaba la esperanza de que viéndolas mucho los señores Sega-Nintendo me acabarían mandando los juegos gratis. Nunca pasó. Mi madre se estaba volviendo un poco loca, así que a veces las intercalaba con otra cinta que quemé totalmente: la película de Super Ratón. Muy vintage, lo sé.

4) Soy sonámbula desde mi más tierna infancia. Ahora que soy más mayor me da por estamparme contra puertas cerradas, abrir armarios, hablar y pegar a Albert en sueños (pobre, lo que aguanta), pero durante mucho tiempo fue un problema para mis padres. Una vez, en Asturias, en casa de mi abuela, me levanté a hacer un bizcocho de fresa, ¡y saqué los ingredientes necesarios! Me encantaría ser asquerosamente rica para invertir en que se investigue este tema, es fascinante.

5) Los hospitales son mi segunda casa y los médicos mi otra familia. Gran parte de mis recuerdos más vívidos los asocio a los pasillos del Gregorio Marañón o la sala de espera de alguna consulta. Tenía un pánico tremendo a las agujas (y he visto MUCHAS), así que extorsionaba a mi madre diciéndole que solo dejaría que me sacaran sangre o me pusieran una inyección si me compraba una muñeca. Como con las cintas, nunca pasó. He hecho de todo: estudios de crecimiento, pruebas de alergia anuales (gracias, lentejas, hijas de fruta), tratamientos y más tratamientos para el asma… Mañana mismo tengo cita con el médico. Soy más frágil que un jarrón Ming.

6) No sé montar en bici, pero no entiendo que haya  gente que le tenga miedo a nadar. ¡Ironías! Siempre he sido bastante llorica y no aguanto muy bien el dolor físico derivado de actividades no necesarias para el ser humano. En otras palabras, nunca me pongo en riesgo por diversión pura y dura porque bastante visito ya a los médicos. De pequeña racionalicé la situación: «no tengo equilibrio y hablamos de aprender a usar algo que lo requiere porque sino te estampas contra un árbol». Mis amigos, además, me contaban escalofriantes historias de piños con sus bicis y no ayudaban. Como hay coches, trenes, aviones, autobuses y a unas malas patines, decidí que no merecía la pena, que mejor jugarse el tipo en los columpios. Y hasta hoy. Algo me arrepiento, la verdad: cuando llegue el Apocalipsis Zombie más me vale correr.

7) No pasa un día de mi vida en el que no escuche música y vea una película o una serie. Ni uno. Me encanta ir al cine con Albert y pasar entre una y tres horas con la gallina de piel. Es algo que espero poder seguir haciendo durante muchos años, a menos que los precios acaben siendo incluso más escandalosos que ahora. Mi canción favorita del mundo mundial es esta, aunque las cuatro que no me saco de la cabeza últimamente son esta,  estaesta, y esta. Hay directores como Ethan y Joel Coen, Christopher Nolan, David Fincher, Danny Boyle, Woody Allen, Quentin Tarantino, David LynchClint EastwoodFrancis Ford Coppola y otros tantos que me dejo cuyas películas me enamoran sí o sí. No sabría elegir mis tres series favoritas, pero entre esta, esta y esta anda el juego.

Y ahora le paso este honor a aquellos que no han desvelado sus más terribles secretos porque llevan poco tiempo en la blogosfera o porque no les ha apetecido. ¡Presión de grupo! Algunos tienen tantas nominaciones pendientes que si las transformáramos en dinero ya se habrían retirado de la profesión. Ahí van:

No disparen al traductor de Ana Fuentes
Algo más que traducir de El chico de la camiseta del elefante
La paradoja de Chomsky de El chico de la corbata
Analizando la traducción de Ana Ramírez (¡vuelve!)
[Se lo que] Traducistes de Álvaro García Barbón
Translator wannabe de Andrea de Luna
Perdido en San Borondón de José Luis Castillo
Traducirco de Merche G.
El blues del traductor de Mari Illescas
Traductor en ciernes de Javier Sánchez Camacho
El rincón de Squallido de David Tejera
Traxmun de Pedro M.
Anuncios

Stuck in the middle with you

Sí, lo habéis adivinado, esta entrada no va sobre aplicaciones para iPad. Lo siento, la próxima vez será, lo juro por mis pijamas de traductora autónoma, que aparecen retratados en ese ridículo banner nuevo que veis arriba. Tocaba un cambio radical en pos de la legibilidad del blog. Como quien no quiere la cosa ya llegamos al final del primer mes de este 2012 que viene prometiendo tantas experiencias buenas a muchos compañeros traductores que ya se estaban mereciendo éxito a raudales en tierras germanas. Mientras ellos sirven como conejillos de indias, mi querida amiga Iris y yo acechamos en la sombra esperando a que la vida sea un poco menos complicada. Todo a su tiempo. ¿O no?

Sobra decir que el año pasado fue posiblemente uno de los mejores de mi vida por numerosos motivos que no merece la pena explicar, salvo el hecho de tener a Buenafuente entre mis fologüers en diversas redes sociales porque, amigos, eso mola y hay que fardar intensamente. Punset, te estás quedando atrás, just sayin’. Como ya se ha pasado ese momento de epifanías de Año Nuevo en el que todos prometemos ser más productivos, comer mejor y llegar más puntuales a las citas para luego no cumplirlo, vamos a centrarnos un poco en el futuro, esa bruma que uno no sabe muy bien cómo interpretar.

Si sois lectores de pata negra, reconoceréis una bella referencia en el título de la entrada, que pasaré a ilustrar bajo estas líneas porque me ha dado la vena artística esta semana, y con un ratillo y unos pinceles cutres de Photoshop una se distrae fácilmente en lugar de atender a sus múltiples obligaciones. El caso es que últimamente me siento un poco así, como el señor Rubio. Impaciente y con ganas de cortarle una oreja al señor de la silla, que no es otro que mi amigo El Máster. No me malinterpretéis, el MTAV es estupendo y estoy aprendiendo muchísimo, pero en los últimos tiempos no puedo evitar sentir que

Sé que la paciencia es una gran virtud y que esperar no mata a nadie, que está muy bien tener ganas de hacer cosas, pero despacito y buena letra. Soy consciente. Sin embargo, siempre me pregunto por qué terminé haciendo un máster y ayer, intentando dejar un comentario en esta entrada, no supe muy bien cómo responder a esa pregunta. Al principio todo encajaba a la perfección: no tenía demasiada experiencia profesional ni grandes expectativas de conseguir nada espectacular demasiado pronto, tenía por delante un año en Terrassa hasta que mi novio acabara sus estudios, el precio era bastante asequible comparado con otros por el estilo y, qué narices, llevaba enamorada del MTAV desde que decidí venirme a estudiar a la UAB. Vamos, que me lancé a la aventura casi por eso, tenía clarísimo en qué quería especializarme y dónde desde hacía muchos años. Dos semanas antes de formalizar la solicitud llegó Tumblr y rompió todos mis esquemas vitales, cosa que sigue ocurriendo a diario, por cierto. En aquel momento me pareció algo increíble a título personal, pero no pensé en las repercusiones que eso podía llegar a tener en mi vida profesional ni la magnitud del asunto, eso es algo que solo he podido ir comprobando con el tiempo. Supongo que a muchos os habrá pasado algo similar. Pensé que me daría poco trabajo a largo plazo y que sería algo perfecto para compatibilizar con las clases, cosa que no es poco cierta, aunque al final ese poco se ha convertido en bastante, pero sigue siendo asequible. El caso es que desde entonces he ido viendo pasar por delante de mis narices decenas de oportunidades en otros países, recomendaciones de amigos y sueños que, aunque sé que estarán ahí dentro de unos meses, tengo muchas ganas de perseguir porque hay quien se ha encargado de dejarme claro que están a mi alcance (¡malditos seáis!). Y eso, claro, te pone ante un difícil dilema, te hace preguntarte «¿estoy donde debería?».

En términos generales no soy una gran defensora de los másteres, porque creo que en parte te preparan para cosas pagando un dineral que deberían formar parte de la carrera y que no tienen que ver solo con tu campo profesional, sino con el salto al mundo laboral. Además, cuando empiezas a trabajar te das cuenta de que lo que se aprende en ese contexto laboral concreto es difícil de suplir a la misma velocidad y con la misma precisión mediante unas clases. Nada, NADA enseña más que experimentar ciertas situaciones y problemas en primera persona, pero claro, eso da miedo, respeto y es difícil de conseguir cuando acabas de licenciarte. Pero no le echemos solo la culpa a la universidad. De alguna forma estás pagando por una experiencia que las propias empresas deberían ofrecerte sin sentir que “están perdiendo el tiempo”. Nadie les pide que te formen, solo que aguanten tus primeras semanas ubicándote sin tener que pagarte necesariamente cuatro duros para que te compres un bocata. El abono transporte corre a tu cuenta, eso sí. Lo llaman prácticas, aunque para ellas tengo un par o tres de palabras especiales. Otro día.

Tampoco os creáis que soy una gran detractora, porque tristemente el mundo real funciona de otra forma, y más con la que tenemos encima. El miedo lo domina todo: las empresas tienen miedo de contratar a un chaval recién salido por si resulta que tiene solo un papel firmado por el rey, pero no habilidades reales, y los estudiantes tienen miedo de echarle huevos y ser ellos mismos, porque está la cosa muy difícil como para demostrar algún tipo de dignidad, originalidad, personalidad o cualquier otra cosa positiva que termine en -dad. En ese sentido un máster es muy útil si de verdad sabes que la especialidad que estás escogiendo es la que te apasiona: te proporciona un papelajo que te da más prestigio que el papelajo anterior (¡es así, señora, yo qué quiere que le diga, échele la culpa a su dios favorito!), te enseñan auténticos profesionales, vas conociendo a gente del mismo campo, disfrutas haciendo los ejercicios y, sobre todo, compruebas por ti mismo si de verdad vales para determinados encargos antes de lanzarte a aceptarlos en el Mundo Real™. Eso es lo que más agradezco de estar combinando un trabajo como el mío con el MTAV: gracias a ambos estoy descubriendo dónde están mis puntos fuertes y dónde flaqueo algo más, o con qué disfruto un poco menos. Quizás por eso hay días en los que pienso que sí, que merece la pena descubrirme un poco mejor antes de lanzarme a hacer nada increíblemente espectacular. Así que aquí estoy, atrapada contigo, pero no lo estamos pasando nada mal. Como en la película.

Diría que el motivo por el que no supe qué contestar es que no creo que algo así se pueda aconsejar o desaconsejar en términos generales, ya que depende de un montón de factores personales, de las oportunidades que puedas haber tenido hasta el momento y, sobre todo, del Máster que sea. El mío es mu bonico, pero puedes vivir sin él también, no te creas. Como siempre aconsejo: haz lo que te diga la patata, que ella es muy sabia. Y luego seguro que hay días que en los que te arrepentirás, y otros en los que no, porque los seres humanos somos así de tontos y de inconformistas.

De momento solo sé que el sueño de ver en la red el que será el mejor webcómic de la década, Señores de casa, ilustrado, programado y protagonizado por Albert y Aitor, tendrá que esperar. Eso sí, cuando llegue, temblad.

De recuerdos, honestidad y pretensiones

¡Una entrada de blog salvaje ha aparecido! ¡LECTOR usó HACER CAFÉ POR SI ES ABURRIDA! ¡Es super efectivo!

– Pokemon Edición Azul WordPress

Más allá de la hilarante elección de términos que realizó el primer ser humano que se enfrentó a la traducción de esta joya de la creación videojueguil y del abuso de las exclamaciones para crear niños fácilmente impresionables, esta bonita estructura contiene un potente no sé qué y qué sé yo que resulta casi inspirador. Como esas entradas de blog que te hacen creer que van de algo interesante, pero que en realidad estás leyendo porque es domingo y en la televisión solo echan películas sobre dramas profundos del medio oeste estadounidense, de esas que todo estudiante del MTAV traducirá en algún momento de su vida.

Siempre hay un punto en el que una se pregunta por qué está haciendo esto y no otra cosa, por qué recuerdos y no versatileblogawardsaplicacionesdeipad o cronicasdeconferencias, por qué eso que he dicho tiene gracia para los demás y para mí no, por qué aquello que me parece una obra de arte a ti te hace salir corriendo a nada que lo mencione, por qué ese idioma que a ti te flipa tanto como tener crédito ilimitado en una máquina de pachinko a mí me da ganas de llorar. Son esas cosas que nos hacen diferentes, que nos llevan a ponernos en el papel de padre, madre o tutor aunque el de enfrente no nos lo haya pedido, que escuchemos atentamente los sabios consejos de otros para luego, a veces, hacer lo que nos parece y cagarla estrepitosamente. O no. Los seres humanos somos muy complicados. A veces aceptamos la ayuda de gente a la que no deberíamos ni escuchar dos minutos, a veces no hacemos caso a quienes buscan lo mejor para nosotros y a veces ambas partes se equivocan y tú también y las cosas salen como quieren. La vida es así, solo se puede jugar en modo experto, con el cambio de marchas manual, sin el ratón invertido o en el equipo del campo de batalla que tiene el doble de hordas que de alianzas, abocado a perder miserablemente todas las bases a no ser que surja algún tipo de esfuerzo heroico que te demuestre eso que yo misma pienso: que ninguna batalla se pierde o se gana sin haberla luchado antes.

Una de las muchas cosas que aprendí o más bien me hicieron recordar a golpe de sonrojos y diapositivas mis compañeros traductores en la charla sobre blogs de APTIC, que tan bien han narrado Aida González y Martine Fernández, es que hay que escribir desde la patata (y aclaro, mentes sucias, que la patata es el corazón). ¡Qué digo escribir! Vivir en general. Desde su casa, una nunca sabe lo cierto de esa afirmación hasta que ve el efecto real que eso tiene en otras personas. Yo lo pude comprobar hace dos fines de semana y os aseguro que merece la pena de verdad. Bastante más que eso que llaman hacerse rico. He ahí la honestidad, que tan poca gente porta como estandarte en un mundo siempre salvaje, de cabezas pisadas, de codazos en medio de la carrera y de lucro sin sentido por transferencia bancaria, pero que al parecer abunda entre los traductores. Visca i bravo!

Si eres honesto, los mimos se te acercarán.

¿ Y qué tiene que ver todo esto con los recuerdos y las pretensiones, con esos consejos a los que uno le hace o demasiado o ningún caso? Os lo podría explicar en 45 páginas de Word y me quedaría corta, así que voy a ejercitar mi casi nula capacidad de síntesis. Todo esto viene a que hoy, señoras y señores, miles de personas se han examinado en todo el mundo del JLPT, también conocido como Nôken, también conocido como Japanese Language Proficiency Test y, os juro que ya paro, también conocido como Nihongo nôryoku shiken. Hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana, una inocente madrileña aprobó el nivel más cutre de ese examen. Luego se frustró y se pasó al lado oscuro de la gente que solo quiere trabajar con su lengua B. No parece que dé para dos trilogías, ¿eh? Inocentes… Por si esa historia no os la sabéis, durante cinco años estudié japonés. En otras palabras, durante cinco años gasté muchos kleenex, ibuprofenos y volví loca a mucha gente. Mi propio estado de ánimo hacía sufrir a otras personas. Bonito, ¿eh?  Al estilo Pesadilla en Elm Street, puede ser.

Mi historia con el japonés es ardua, larga, penosa y a nadie le interesa. Cometí muchos errores, no supe gestionar mis problemas ni de cara a mí ni de cara a mis profesores, dejé que me afectaran las manos acusadoras, creí a otros que decían que yo no podía ser mejor ni ahora ni nunca, me dejé llevar por la desidia y convertí ese sueño, como el de ser astrónoma, en un pequeño agujero negro que me iba tragando poco a poco. Lo único que hice bien en todo ese tiempo fue ser honesta conmigo misma. Soy una persona no vaga ni inconstante, sino caprichosa y de difícil asiento. Eso solo cambia bajo una circunstancia: la motivación. Os aseguro que hay millones de cosas que me motivan en este mundo pero, tras un tiempo, supe que el japonés no era una de ellas. Eso no quiere decir que no lo encuentre interesante, útil o incluso apasionante, simplemente no tiene ese toque que me saca de mi inercia como ser humano corriente y moliente. Seguro que muchos de vosotros os podéis sentir identificados con esto y, de lo contrario, disculpadme que os diga que o bien que estáis muertos por dentro, o bien sois admirables o bien mentís.

Aun así, durante un tiempo no quise rendirme y me metí en un jardín de árboles de hoja caduca entre los que casi me ahogo. La suerte y la bondad de una de mis profesoras me sacó de allí y di por finalizado el recorrido, aunque nunca jamás me cerraré en banda a la idea de volver a sentarme delante de un libro y aprender kanjis porque sí. Puede ser hasta divertido. Creo que todo esto es fácil de entender: se trata de algo que me gusta, me parece enriquecedor, pero no me apasiona e, ingenua de mí, tiendo a hacer las cosas que cumplen este último requisito a menos que la necesidad apremie. Entonces, ¿por qué algo que Pablo y Olli explicaron tan bien aplicado a los blogs resulta tan fácil de entender para otras personas pero aplicado a esto parece inconcebible? No lo sé. Para escribir un buen loquesea hay que ser honesto y, si lo eres, posiblemente tengas éxito. O no, pero eso da igual porque tu objetivo es contar cosas, no sacar algo de hacerlo. Si escribes un loquesea con la pretensión de tener éxito, entonces no estarás siendo honesto y no lo tendrás, porque a ese tipo de gente se la huele desde lejos.

Con el trabajo pasa lo mismo, pero cuando los símbolos de dólar se iluminan en los ojos de la gente parece que se nuble su buen juicio. En estos tiempos tan inciertos y desconcertantes parece que vale más la seguridad de un buen cheque a cambio de sentirse un pelín miserable que la incertidumbre del mañana con una sonrisa en la cara. Yo le digo que no a toda esa gente que me ha dicho antes o después, con mejores o peores intenciones, con más o menos razón, que «es una pena que dejes el japonés», «después de tanto tiempo», «con el esfuerzo que te ha costado», «si ganarías el doble», «sabiendo que hay más oportunidades». Algunos pensarán que es comodidad, otros que es ineptitud y otros que falta de ambición. No es una cuestión de esfuerzo, incapacidad para el sacrificio o tenacidad. No es una cuestión de vaguería o de dejadez, ni de miedo. Yo solo sé que el día que cerré por última vez mi libro de japonés adelgacé 5 kilos, rejuvenecí 10 años y empecé a levantarme cada día con ganas de hacer algo útil y emocionante con mi vida. Díganme si eso vale más que un «con lo cerca que has estado de forrarte».

Conozco a gente que hoy, un domingo cualquiera, ha madrugado para ir al JLPT. Gente a la que le sobra ese corazón y esa honestidad que a mí me falta para traducir, entender, escribir y hablar japonés o construir un satélite que viaje al espacio cada día de su vida. Y creo que el mundo es más bonito si esa gente ocupa un sitio que yo solo desperdiciaría sufriendo a cambio de un puñado de euros. Las cosas buenas se hacen, siempre, desde la patata. O, como dice Miguel Olivares, siendo jodidamente uno mismo.

Trabajar desde un iPad: entresijos

Amigos, amigas, es oficial: la gente me mira raruno en el tren cuando saco este aparato de tecnología sin precedentes. Sí, irónicamente, hasta los señores que teclean rabiosos en su Blackberry o consultan el correo en su iPhone abren los ojos como platos como si la señorita de Neutrex Futura se acabara de sentar a su lado con un invento revolucionario venido de otros tiempos más avanzados. No sé cuándo empezaré a acostumbrarme a esa sensación tan rara de tener entre las manos algo que yo considero un instrumento de trabajo más mientras los demás me miran como si poseyera tres yates y un transbordador espacial por el simple hecho de haber decidido invertir mi dinero en un aparato tecnológico en vez de en copas el finde. Lo digo sin ningún tipo de orgullo elitista de ese que les sobra a muchos modernos ilustrados torturados por los gustos generales de la sociedad y sin la más mínima intención de despreciar las muy honorables aficiones de fin de semana de cada uno. A mí me encanta la tecnología, jugar al Scrabble con mi novio los domingos y cepillarme seis temporadas de una serie en menos de un mes, qué queréis que os diga, el mundo me ha hecho así. Y casi mejor, porque no hay bares ni banda ancha para todos. Vamos a repartirnos, a dejar que cada uno haga su cosa y, sobre todo, a trabajar, que es de lo que va esta entrada (bueno, no te creas…).

Venimos del futuro a acabar con vuestro planeta.

Antes he dicho que decidí invertir mi dinero en un iPad, pero en este caso, es un decir. De momento, soy un ser sin porvenir y este tipo de cosicas se las debo a otras personas. Ya me había planteado más de una vez que, con mi latente adicción a las redes sociales (no me denunciéis al Plan Nacional sobre Drogas, que tampoco me ha ido tan mal hasta ahora), igual no era una buena idea tener un smartphonePor otro lado estaba la problemática de vivir a cinco minutos en coche de mi universidad pero, como socia de «Personas sin habilidades motrices adecuadas para conducir» , tener que pasar una hora y media de trayecto en transporte público. Eso son tres horas por cada día de clase. Es mucho, mucho tiempo, cosa que nunca sobra cuando estás compaginando estudios, trabajo y amar tu casa. En cualquier caso, en aquel momento no tenía trabajo y era un lujo que ni quería ni podía permitirme porque realmente no me hacía falta. Tengo el móvil para que haga peso en el bolso por si tengo que golpear a algún atracador y poco más, ¿para qué carajo quería un iPhone? ¿Para jugar al Angry Birds en el tren? Pues no, mira. Si el mayor drama era perderse tantas cosas interesantes que rondan por Twitter, tocaba apechugar y ver cómo, al parecer, un niño de 10 años sí que necesita algo que tú crees que no te hace tanta falta y llorar un poco en silencio por este mundo enfermo.

Lo malo y lo bueno es que entonces llegó Tumblr: un puesto digno, os juro que todavía existen. Ante esta situación y por las características de mi trabajo, algo que pienso explicaros algún día más bien cercano, me vi ante la casi necesidad de tener un aparato mediante el cual estar siempre disponible por correo electrónico como poco y por Skype como mucho. Así, de la noche a la mañana. Durante el verano podía tirar robándole el iPhone a mi consorte, pero ¿qué pasaría cuando empezara el curso? ¿Y si intentaba buscar más trabajo y esas horas fuera de casa eran claves para conseguirlo? ¿Y si el Máster daba mucha faena? Volví a sopesar el tema del iPhone, pero estaba la incertidumbre de cómo sería mi situación después de septiembre y si era una inversión realmente útil. Mis padres, que son especialistas en saber lo que necesitas antes de que tú mismo tengas ni idea, se adelantaron y me dieron un sorpresón de fin de carrera. En casa nunca hemos vivido con grandes lujos, los veranos los pasábamos en la bella Rivas y la mayoría del tiempo libre que tenían, nuestros padres lo dedicaban a estar con nosotros. Jamás podré agradecerles lo suficiente no solo ese tipo de dedicación, sino lo bien que han sabido ser generosos con nosotros sin convertirnos en niños repeinaos. En cierto modo, creo que eso se debe a que las cosas que hemos tenido han acabado por ser una inversión en nuestra educación, como en este mismo caso.

Con el iPad me encontraba con esa sensación entre la alegría desbordante y la culpa dubitativa. ¿Lo necesitaba de verdad? Ya os contesto yo: «necesitar» es un verbo que le reservo a muy pocas cosas en esta vida, pero si la pregunta verdadera es «¿ha hecho mi vida más fácil y productiva?»  la respuesta es sí treinta veces, da igual la hora del día a la que me lo preguntéis. Con esta entrada no quiero animar a todo el mundo a comprarse un iPad porque sí, sino a pensarse trescientas veces en qué gasta uno el dinero y qué busca en lo que se está comprando. No te fíes de tu sobrino que sabe un montón de informática (concretamente sabe cómo instalarte el Windows XP, ni siquiera el 7) o de tu compañero de trabajo, que tiene un gusto exquisito comprando jarrones Ming, simplemente piensa que cuando gastas dinero, inviertes en algo y es para ti. No importa lo que piensen los demás, establece unas necesidades, apunta los pros y los contras y gástate lo que a ti te parezca conveniente (aunque si te vas a por algo engarzado en diamantes, igual empiezas a caerme bastante mal). En este caso, solo puedo hablar por mí y decir que, en función del brutal uso que le doy casi a diario, estoy muy satisfecha y creo que merece realmente la pena como sustituto de un portátil si tienes un entorno de trabajo sencillito como el mío. No entraré a discutir la diferencia con otros tablets, porque estoy segura de que también son una estupenda inversión, aunque comparando yo les vea más pegas que ventajas y encima al mismo precio. Como os digo, hay que elegir a la medida de uno, y punto.

Karate a muerte entre manzanitos.

El iPhone quedó totalmente descartado porque su única ventaja frente al iPad, además del precio, era que servía para tener todo en el mismo aparato y olvidarse del móvil. Como quedamos en que el móvil solo me sirve como arma de defensa personal o para medir mi paciencia contra televendedores pesados, no me lo volví a pensar mucho. Un smartphone es muy útil para responder a necesidades básicas del trabajo como contestar correos o atender a las redes sociales profesionales, pero si hablamos de dedicarle unos cuantos minutos a editar o revisar textos, la cosa se fastidia. La mayor parte de mi trabajo actualmente consiste en redactar entradas para el blog del equipo de Tumblr en español, traducir otras del blog oficial en inglés y editar, revisar y traducir los documentos de ayuda. Todas estas cosas se pueden hacer desde el mismo navegador, aunque en el caso de los documentos, cuando trabajo desde casa, copio el texto en Word y voy alimentando una memoria de traducción que me ahorra mucho trabajo. Ya os explicaré en la próxima entrada cómo soluciono este pequeño problema cuando trabajo fuera. Sin embargo, todo lo que atañe al blog se puede hacer perfectamente desde el iPad, ya que la mayoría es contenido original que tengo que generar yo misma. Hay dos modalidades de entrada: blogs destacados y entrevistas. Esto último suele llevarme bastante más trabajo, ya que conseguir que la gente te devuelva los correos a tiempo (o que te los conteste a secas) es algo complicado y requiere ser un poco pesado y estar pendiente del correo y de las redes sociales. En cuanto a las traducciones de entradas en inglés, suelen correr bastante prisa, así que muchas veces el encargo me pilla on-the-go y aprovecho esos ratos muertos de tren para quitármelos de encima y tener al cliente muerto de felicidad. Todo esto no podría hacerlo cómodamente en la pantallita de un móvil. Os preguntaréis por qué me lío con un iPad pudiendo utilizar un portátil o un netbook, que me restringen menos a la hora de hacer ciertas cosas algo más complejas. Yo os lo explico…

¿Qué ventajas tiene sobre un portátil?

Comodidad y rapidez, principalmente. La primera vez que coges el cacharro y te lo guardas en un bolso enano para sacarlo de casa es maravillosa, pero aún mejor es echárselo al hombro y disfrutar de un peso casi inexistente y ningún bulto evidente hacia el exterior. Si tienes unos cascos con mando a distancia ya es la panacea: enchufas el iPod y a tirar millas. Luego llega el momento de utilizar las posaderas y aquí viene lo mejor. En los primeros años de universidad tenía unas tres horas de tren cada semana para ir hasta Manlleu, así que trabajaba muchísimo en el portátil. Os puedo asegurar que era una pesadilla, y más si lo acompañaba la conducción peligrosa de los señores de la Renfe o uno de esos pasajeros que creen que tu asiento también les pertenece. Un tren de media distancia no es el entorno de trabajo ideal uses lo que uses, todo hay que decirlo, así que uno teclea bastante incómodo en esta situación, pero tener una pantalla un poco más grande y un teclado físico no compensa el ir con un bulto a cuestas que además también te exige más espacio vital a la hora de utilizarlo. Cuando te acostumbras al teclado táctil y pillas velocidad, no tiene nada que envidiarle a uno tradicional y tu productividad no se resiente.

Otra cosa que me gusta del iPad es el modo reposo, que le da cien patadas al de cualquier ordenador. Además, no hace falta que cierres los programas que estabas usando antes de apagarlo, así que si uno está a punto de pasarse de parada es cuestión de cerrar la tapita y salir corriendo. No sería la primera vez que salgo medio arrastrándome de un tren porque no he guardado el portátil a tiempo…  Luego está mi parte favorita: la rapidez de carga de las aplicaciones. Con la nueva actualización a iOS 5, además, es mucho más sencillo pasar de una a otra. El hecho de tener a tu alcance recursos como los que ya comentaré (diccionarios, enciclopedias, vídeos) mediante una aplicación, sin necesidad de trabajar a través del navegador, es una pasada, pero que se carguen en un abrir y cerrar de ojos es mucho mejor. Además, las interfaces suelen ser mucho más agradables a la vista en versión aplicación que en los programas que todos tenemos instalados en el ordenador, así que en algunos casos incluso cuando estoy en casa me enchufo al iPad porque me resulta más cómodo trabajar desde ahí, ¡imaginaos!

¿Y sobre un netbook?

Partimos de esta base: nunca le he visto la chicha a los netbooks fuera del uso personal y de relativo ocio. Tiene las incomodidades de un portátil y, encima, en un formato tan pequeño que trabajar en él no es mucho más apasionante que en un tablet: más peso, más grosor, not cool. Jugar ya debe de ser una pesadilla. Si hablamos de formatos reducidos, siempre es preferible librarse del teclado físico: su minusculidad lo hace tan o menos cómodo que uno táctil, aunque es cierto que no roba espacio de la pantalla. Y ahí está, esa palabra mágica que tanto he repetido: «táctil». No hace falta que os cuente lo maravillosa que es dicha tecnología cuando te familiarizas con ella ni la cantidad de tiempo que ahorra. La definición y la calidad de la pantalla también me parecen importantes. ¿Un ejemplo? El iPad y la Smart Cover han resultado ser fantásticos a modo de segunda pantalla para los ejercicios de clase de doblaje: no ocupan demasiado sitio en la mesa y tienen el tamaño perfecto para poder visualizar la película mientras trabajo con el guión en la pantalla grande, sin que me moleste un segundo teclado. Está claro que, actualmente, los netbooks son dos o tres veces más baratos que los tablets, pero creo que, en perspectiva , éstos últimos son más completos porque sirven tanto para trabajar como para sacarle un montón de jugo a tu tiempo de ocio, todo junto pero no revuelto. Y ya no os cuento el gustazo que es traducir una aplicación y poder testearla en vivo y en directo…

Con esta entrada solo pretendo exponer mi experiencia y aportar mi granito de arena para desmitificar esa imagen que algunas personas tienen del iPad como juguetito para geeks, gadget para fardar o cacharro inservible culpable del hambre en el mundo y el calentamiento global. Un iPad es útil, muy útil, de hecho… si lo usas para los fines adecuados. Igual que los videojuegos pueden enseñarte muchas cosas, si sabes a qué jugar o la lechuga no engorda si no le echas tres botes de salsa rosa. Que sí, oiga, si lo quiere usted para tocar un piano virtual y tenerlo en el salón como una pieza de la vajilla para presumir ante las visitas, será una inversión inútil hecha por otro inútil, si se me permite. Que ahí está la cosa, ¿culpamos al invento o al uso que le da el señor que lo compra? Chan-chan, ¡qué tensión, preguntas sin resolver! En la próxima entrada destacaré algunas de las aplicaciones que pueden resultar útiles para cualquier trabajador de bien, especialmente traductores. Stay tunned!

A través del espejo y lo que todos encontramos allí

Como Alicia cayendo en la madriguera, Lena con su secreto, Coraline tras una puerta o Matilda ante un libro, todos hemos sentido alguna vez que existen un lugar y un momento donde aquello que imaginamos, que queremos y que tememos se junta para tomar el té y nos da la bienvenida con una inquietante sonrisa. Al principio todo nos parece increíble, no podemos dejar de mirar. Pronto nos damos cuenta de que no alcanzamos a entenderlo y empieza a asustarnos. ¿Qué es este lugar que no comprendo? Todo lo que no sabemos, incluso aunque hayamos oído hablar de ello, nos resulta aterrador. Sospechoso. Nuevo. Seguimos la aventura entre la ilusión y la desconfianza, porque no todos los días llega uno por arte de magia a un sitio que ya creía que no existiría. Encontramos a quien nos ayuda, pero también a quien nos lo pone difícil. La gente, en general, tiende a estar loca como un sombrerero. Nos desesperamos porque el croquet no es lo nuestro. ¿Nos cortará la cabeza la Reina Roja? Eso parece. Está claro. ¿Y si no ocurre? Al fin y al cabo, este es nuestro cuento. No sabemos qué va a pasar, pero estamos contentos de haber conocido este mundo. Tenemos miedo porque parece que no volveremos a verlo. Cae una hoja y… estamos en casa.

¿Qué pasa luego? Luego te despiertas, vuelves y sabes que todo ha pasado de verdad, aunque ahora parezca un recuerdo minúsculo dentro de tu ocupada mente. Entiendes que todas esas veces en las que alguien te dijo que creer que la vida podía ser como un cuento es absurdo e infantil, se equivocaba. Ese alguien no entiende que en los mejores cuentos también se reflejan las cosas más oscuras de este mundo, la tristeza de quien lee y escribe; que no todo en ellos es siempre perfecto. Ese alguien cree que es mejor nacer y crecer siendo ya muy viejo y estando cansado sin haber intentado descubrir si todo podía ser cierto. No puedes y no debes hacerle caso a alguien que no persiguió su objetivo incluso cuando parecía ridículo y peligroso. Alguien que, en definitiva, nunca se molestó en mirar a través del espejo.

Si todavía sigues conmigo, tengo que devolverte a este mundo y contarte que yo sí pude y quise mirar. Poco antes de hacer mis últimos exámenes y terminar la carrera, alguien me llamó desde el otro lado. Aunque todo eso ya lo he contado. Está demostrado que el croquet se me da muy mal y que tardaré un tiempo en ser buena en ello, pero olvidé que hice otras cosas en mi pequeño viaje que fueron, quizá, mucho más importantes. Debieron serlo porque, al final, conseguí mi primer trabajo. Ese primer trabajo que mucha gente se ha encargado de decirme que no existía en estos tiempos tan raros, que nunca conseguiría (y mucho menos nada más salir al mundo, cosa que ya de por sí da mucho miedo). Un trabajo que me gusta, por el que me despierto cada día con ganas de trabajar de sol a sol, que me llena, de lo mío, en una empresa a la que admiro desde hace tiempo, que me trata muy bien, que me paga un salario más que decente y que me da libertad para opinar, crear, aprender y hasta me pide consejos. Que me valora y cuenta conmigo a largo plazo. ¿Es todo tan bonito como parece? Día a día se me hace más difícil contestar con un no a esa pregunta. No creo que haya hecho nada especial para conseguirlo, no sé ni siquiera si me lo merezco. Sólo sé una cosa: nunca dejé de creer que podía hacerlo.

Compruebo cada día que me queda muchísimo por aprender y sé que seguramente meta la pata. Habrá gente que me fustigue verbalmente all over the internet por traducir esto así o aquello asá. De algunos aprenderé y a otros tendré que aprender a ignorarlos. Los primeros días me sentía como un parvulito cuando alguien pronunciaba las palabras «darse de alta en autónomos» o «cobrar por horas» . Luego, gente como Pablo y Curri me ayudaron a dejar de hiperventilar por culpa de la burocracia y a recordarme que lo importante ahora era el trabajo. Y, poco a poco, no sé muy bien cómo, he ido solucionando las cosas que me daban miedo. He comprobado en mis carnes lo puñetero que es trabajar sin un contexto, lo difícil que es a veces encontrar una solución que al día siguiente viene sola, como si nada. Todas esas cosas que ya sabes, que has leído mil veces y por las que intentas criticar lo mínimo el trabajo del de al lado, pero que son muchísimo más evidentes cuando te enfrentas a ellas. He tenido problemas, dudas y dilemas de principiante, y otros simplemente típicos de los locos que nos dedicamos a esta profesión, pero ¿sabéis qué? Todas esas cosas dejan de dar miedo y de preocuparte la primera vez que ves tu trabajo en pantalla, hecho realidad. Sólo por llegar a vivir eso, tengo que deciros que merece la pena que persistáis. Que tengáis paciencia. Si hay un momento en el que podéis arriesgaros, es ahora que no tenéis nada (o poco) que perder.

Hace no mucho decidí volver a sentarme delante de esta extraña cosa que llaman blog. Durante toda mi vida he escrito en sitios como este y también en otros muy distintos con una única motivación: dejar que mis manos vayan por donde deban. Este post, sin ir mas lejos, ha cambiado de tema y de forma tres veces en una tarde y, al final, ha querido ser esto que tenéis delante. Es una muestra de que no, no sé venderme por lo que hago o lo que digo. No escribo, ni trabajo, ni respiro con el fin de encontrar nada a cambio, aunque me sienta muy honrada si eso ocurre. No me hice una cuenta de Twitter para conseguir followers. No actualizo mi Facebook para que la gente monte debates de varias páginas, a pesar de que tienda a ocurrir con frecuencia. No volví a la blogosfera porque 9 de cada 10 profesionales lo recomiendan. Y no me hace feliz mi trabajo por ver lo que consigo a cambio, sino por hacerle la vida más fácil a alguna persona con ello. A pesar de que todo eso va en contra de la idea del éxito que os intentará inculcar mucha gente, a mí siempre me ha funcionado. Siempre. Por eso tengo que darle las gracias a mis padres: por prestarme muchos libros y por enseñarme que no cuentan mentiras.

Habrá gente que os aconsejará que relativicéis cada uno de los pasos que déis en el País de las Maravillas. Que ocultéis los tropiezos al mundo, porque es contraproducente enseñarlos. Que no escribáis eso en vuestra bitácora de viaje. Que lo miréis todo siempre con una sonrisa incluso cuando lo correcto es poner una mueca y que le contéis al que viene detrás, o al que va a abrir una puerta, o al que va a atravesar un armario lo que quiere oír, aunque no siempre sea verdad. Yo os sugiero que sintáis esos pasos bajo los pies, aunque a veces duelan, aunque a veces os hagan creer que todo va a ir mal. Que os los creáis de verdad si es que va bien. Que recordéis que Alicia tuvo que nadar en el mar de sus propias lágrimas para llegar al otro lado de la cerradura. Que sois vosotros quienes estáis caminando. Son vuestros pies. No los uséis con cabeza, no camináis con ella. No está hecha para eso. Con ella, eso sí, podéis mirar al que os indica el camino a casa. Pero tenéis que recorrerlo vosotros.

No todos los caminos llevan a Roma

«Un blog no es un blog si no lo mantienes». Esto no me lo decía mi madre cuando era pequeña, no, pero puede que mis hijos graben a fuego esa sabia enseñanza en sus mentes. Nunca se sabe cuáles serán las «frases de madre» del futuro. No puedo sino pedir perdón a toda la gente que me lee y que, por algún extraño motivo, espera que siga escribiendo. Están locos estos romanos… Os diría que tengo una buena excusa, pero entonces iríais a mi perfil de Twitter y os daríais cuenta de que, en realidad, se me da mucho mejor dedicarme a los 140 caracteres de rigor. Por otro lado, nadie puede negar que estos días han sido convulsos. Me acerco estrepitosamente al último examen de mi carrera, que ha durado un año más de lo que jamás habría imaginado. En su momento esto me pareció un drama y sentí que había cometido un tremendo «fail». Sin embargo, en perspectiva, creo que este podría ser, sin lugar a dudas, el mejor de mis cinco años como estudiante universitaria. Hace poco más de un año que se celebró la graduación de mi promoción. La verdad es que gran parte de los allí presentes todavía teníamos algunos créditos pendientes, ya que pocos somos los que no hemos aprovechado un año de Erasmus o una beca de movilidad y, como sabréis, las convalidaciones son bastante tristes, en especial si te vas a estudiar fuera de Europa. Sin embargo, aquel día el sentimiento de liberación, de fin de un ciclo, fue real. Se respiraba en el ambiente. Para mí fue como despertar de una corta pero intensa pesadilla.

Fotografía de alto contenido irónico

Cuando decidí venir a Barcelona a estudiar desconocía muchas cosas, algunas no podía saberlas y sobre otras no tenía la información necesaria, algo que pienso arreglar muy pronto yo misma escribiendo ese post que a mí me habría gustado encontrar en internet el día que supe que tendría que enfrentarme sola a la gran aventura migratoria. En estos cinco años, mi vida ha cambiado radicalmente cada doce meses. Lanzarse a estudiar lejos de casa no es algo fácil, no señor. He vivido en sitios muy diferentes, con personas de todo tipo, he tenido situaciones personales realmente difíciles, momentos muy buenos y momentos muy malos. Al principio todas esas cosas me paralizaban, me disgustaban o me parecían excepcionales. Este último año ha sido igual en muchos de esos aspectos, pero algo ha cambiado: he asumido que la vida es eso. Es estar muy arriba, o muy abajo, no saber lo que va a pasar mañana, hacer planes, creer que lo sabes todo, sentirte pequeño porque no entiendes nada. De algún modo, este quinto año que empezó siendo para mí una mancha en el expediente, una piedra en el camino o un error irreconciliable, ha sido, por otro lado, el más real. Después de muchos años, he tenido tiempo de asumir todo lo que leía, de digerirlo, de ser consciente de que estaba estudiando para aprender y no para ganar ningún tipo de carrera contra nadie y de volver a hacer todas esas cosas con las que tanto aprendí en la adolescencia: correr por internet, saborear el cine, conocer gente, devorar cómics, dedicarme mi tiempo a mí y a mi diminuto alter ego nivel 85, regalarle una pequeña parte de ese tiempo a los demás. He tenido la oportunidad de ser amable y de dejar que la gente lo fuera conmigo. He podido leer, volver a encontrar las ganas de escribir y sentirme absurdamente feliz rellenando perfiles en redes sociales. Esas cosas que hoy son un pasatiempo y mañana te dan trabajo.

Mi año de más, esa mancha imborrable, ese que muchos dirían que dice algo malo de mí, resulta haber sido algo tan inesperado como positivo. Ayer hice mi primera entrevista de trabajo. La oportunidad salió de la nada, perdida en mi carpeta de spam. Unos días antes, el trabajo de mis sueños pasaba por delante de mis narices, pero yo no podía seguirle los pasos. Aquel día me pregunté hacia dónde podría ir mientras eso cambiaba. Y, mira tú por donde, cuando dejó de preocuparme, alguien vino a recogerme. Cuando una de esas empresas a las que respetas y admiras viene a buscarte sin que tú hayas hecho nada más que existir, no puedes evitar sentirte un poco especial. Aunque esa empresa haya encontrado a otras 500 personas, es imposible no pensar que estás haciendo algo bien. Un par de correos intercambiados, una sensación tremenda de haber conseguido algo enorme. Y llega el día. ¿La entrevista? Huelga decir que estuvo lejos de ir como la seda. Por ser la primera, por ser en inglés, por ser a distancia y por mis viejos conocidos, los nervios. Tampoco fue un despropósito. Simplemente no fui yo. Ahora mismo siento que he defraudado a quien creía en mí, que me he fallado a mí misma, que he fracasado cuando la mitad ya estaba hecha, que no tengo ninguna posibilidad de arreglarlo. Luego pienso en mí hace un año, sintiendo la misma decepción por no haber conseguido alcanzar mis propias expectativas. Pienso en lo que me equivocaba, pienso en todo lo que he recibido de la gente estos días, de mis amigos y de quienes sólo me conocen un poco. Pienso que eso puede ser más valioso que un trabajo, por más increíble y divertido que sea. Pienso que más me valdría sentarme a pensar en lo que he ganado que torturarme por lo que puedo haber perdido. Donde hace una semana ni había un camino, ahora hay construido un callejón sin salida. Por algo hay que empezar.

¿Qué quiero decir con todo esto? Puede que un día, a pesar de lo que os diga la gente, queráis u os veáis obligados a cambiar la ruta que teníais planeada. Puede que no os lleve a Roma, como todo camino que se precie. Puede que os lleve a un sitio mejor. Puede que haya gente que llegue antes y puede que haya gente que llegue después. Puede que esa parada que os pareció una pérdida de tiempo, que jamás os serviría para nada, mañana os lleve a un sitio donde jamás habríais imaginado estar. Puede que a veces os sintáis culpables de ir por un camino que os gusta en lugar de por el que deberíais estar siguiendo. La pregunta es, ¿habéis disfrutado? ¿Habéis aprendido? Si la respuesta es que no, ese será vuestro único error imperdonable, queridos amigos. Ese, y pensar que es mejor vivir una pesadilla corta, como creía yo, que hacer del camino una experiencia relevante, por largo que sea. Hay que seguir andando, con rumbo o sin él. Siempre seguir andando.

APTIC y sus consejos prácticos para el mundo laboral

El pasado día 8 de abril tuvo lugar en la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB una charla muy interesante sobre cómo introducirse en el mundo laboral, a cargo de Francesc MassanaMaya Busqué (a la que, por cierto, he tenido el placer de «desvirtualizar»), ambos miembros de la junta directiva de la APTIC. A pesar de ser una calurosa y soleada mañana de viernes, la charla fue todo un éxito de asistencia; hasta nos costó encontrar sitio. He de decir que, suerte la mía, casi nada de lo que escuché durante tres largas horas me venía de nuevo, lo cual es un gran alivio porque significa que voy por el buen camino. Sin embargo, se veía a un montón de chavales navegando a la deriva que necesitaban de verdad una charla así. Tras ver la orientación que se nos proporciona en este sentido durante la carrera, no puedo culparles (aunque me gustaría ver menos pasividad entre mis queridas generaciones venideras). Igual que no esperamos que nadie venga a explicarnos cómo vivir nuestra vida, no tenemos que asumir que existe una fórmula fija para tener éxito profesional o que, de ser así, alguien va a venir a recitárnosla mientras le miramos con cara de pasa sentados en el sofá de casa. En cualquier caso, para aquellos que no hayan podido asistir y se sientan asolados por millones de dudas sobre su futuro, he preparado esta receta casera inspirada en la charla a modo de resumen.

Tiempo de cocción:

De 1 a 5 años de trabajo duro, perseverancia y resistencia.

Elaboración:

Esta receta es mucho más fácil de preparar de lo que creéis, a pesar de los abrumadores y exóticos ingredientes necesarios para ello. El primer paso es cocinarla con amor por la profesión. Si no, esta no es vuestra receta. Principiantes o no, siempre somos traductores y, como tales, tenemos que cuidar y respetar lo que hacemos. Eso se refleja en varios aspectos que veremos a continuación. Lo primero que debemos hacer es crear una plantilla para nuestro currículum con nuestros datos personales, combinación de idiomas, formación y experiencia. Hay que deshuesarla, es decir, deshacernos de todos aquellos datos irrelevantes que no vayan a ayudarnos a cocinar: que hemos sido canguro (no me refiero a tener una bolsa marsupial), que nos encanta jugar a la petanca o que estudiamos en el I.E.S. Sáquenme de aquí de Villarriba. Si tenéis dudas sobre cómo deshuesar un currículum, podéis consultar uno de los muchos blogs de traducción que ya han hablado de ello. Esta plantilla será de vital importancia en nuestra trayectoria y servirá como base para los platos que cocinemos en el futuro. Es, en palabras de la propia Maya, «el documento con el que más trabajaréis en toda vuestra vida y el que mejor debéis cuidar». Hay que intentar conseguir el mejor resultado posible y dedicarle mucho tiempo, además de seguir mejorándolo con el paso de los años.

Esta plantilla la modificaremos según el tipo de trabajo al que aspiremos (añadiendo o quitando cursos, experiencia ajena al campo, etc.). Eso sí, tenemos que usar el sentido común y la imaginación: a veces una gran afición puede llevarnos hasta un gran trabajo. Tenemos la suerte de haber escogido una profesión en la que todo lo que hacemos en la vida nos puede llegar a servir de ayuda. Eso no significa que las citemos todas, de la primera a la última, sino que las seleccionemos teniendo en cuenta a qué puesto queremos acceder. Por ejemplo, Maya nos contaba que su pasión por la astrofísica la ha ayudado muchísimo tanto en algunos encargos de interpretación como en su trabajo en Redes, el programa de Eduard Punset (el único Dios en el que yo creería si no fuera atea). Como decía, a veces es importante añadir un toque de originalidad a nuestro currículum, algo que lo haga único. En ese sentido, se puede llegar hasta extremos inimaginables, todo depende de nosotros y de en manos de quién creamos que va a caer. Una anécdota relacionada con esta idea nos la contó Maya: en una ocasión se encontró delante del currículum de una traductora de neerlandés que especificaba en un apartado que estaba especializada en textos jurídicos, económicos, y, atención… ¡gatos, perros y caballos! Quizá os parezca muy temerario, pero lo cierto es que sirvió para llamar su atención por encima de otros currículums y la llamó con toda la curiosidad del mundo para saber por qué había puesto algo así. Si elegimos bien, podremos «llamar a diferentes puertas con diferentes documentos». De esta forma nos aseguraremos de presentarnos como profesionales orientados hacia la empresa en la que aspiramos a trabajar. Eso sí, no llaméis cincuenta veces: a nadie le gusta que le fundan el timbre.

Ahora que ya tenemos un currículum personalizado, lo mezclaremos en un bol con una carta de presentación en la que debemos explicar por qué queremos trabajar con determinada empresa y, sobre todo, hacer ver por qué nos necesitan, qué es eso que nos hace diferentes y perfectos para el puesto de trabajo en cuestión. Si batimos con decisión ambos ingredientes podemos llegar muy lejos. Pero, un momento, ¿qué es una buena receta sin una foto que nos muestre el resultado? Existe una cierta discrepancia entre si una fotografía ayuda o no a tu currículum. Tanto Maya como Francesc son partidarios del «sí, por lo general». Eso sí, no puede ser una foto cualquiera: tenemos que salir frescos como una mousse de limón recién sacada del frigorífico, dar un mensaje lo más positivo posible de nosotros. Como Maya recordaba, «nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en su DNI». A veces hasta es recomendable buscarnos a un buen fotógrafo que nos haga algo más profesional ¡elegid vosotros mismos!

Lo estás haciendo mal...

Todo esto os podrá parecer excesivo si estáis empezando a estudiar, pero pensad que nunca se sabe cuándo podréis tener una oportunidad de oro. Yo misma tiré una a la basura este verano, cuando me fui a Madrid a ver a mi familia sin el CV en el portátil: ¡facepalm! Mientras estaba allí, Hewlett-Packard colgó una señora oferta de prácticas en su departamento de localización. ¿Qué hice? Enviar una versión corrientucha estéticamente de mi CV, con una foto que no era ni de lejos la adecuada (tampoco llegaba al nivel del señor del pelo verde, no os creáis…) y además sin tener la oportunidad de llevarlo en mano y dejar bien claro cuánto me interesaba el puesto. Llegué lejos, pero al final la perdí. Con esto quiero que entendáis que es importante que os mováis lo antes posible para ir creciendo como profesionales, no sólo como estudiantes, pero tampoco os agobiéis más de lo necesario: ¡la carrera es lo primero!

Usar los cacharros de otro tiene sus ventajas, pero a veces os surgirán oportunidades a las que os tendréis que enfrentar solos. Es por eso que ambos hicieron especial hincapié en el papel de los autónomos, esos que cocinan, limpian y presentan el plato ellos solitos, sin la ayuda de nadie. Sobre esto, precisamente, se nos habla muy poco durante la carrera. Hay que dejar claro que no todo el mundo sirve para ser autónomo, debemos conocernos muy bien a nosotros mismos y valorar si seremos capaces o no de desempeñar esta tarea. Maya comentaba que muchas veces, si no tienes la necesidad, no te lanzas a la aventura de ser autónomo. Sin embargo, es importante saber cómo funciona: puede que hoy estemos a gusto trabajando en plantilla, pero que pasado mañana nos apetezca probar cosas nuevas. Para ello es importante tener listos varios ingredientes.

El primero es 1/2 kg de tarjetas profesionales, como estas tan originales de otros compañeros. En ellas especificaremos nuestra especialización y nuestra combinación de idioma, y datos como nuestro teléfono, correo electrónico o página web. Las tarjetas son importantes cuando asistimos a congresos, cenas, actividades o incluso para repartir entre nuestros conocidos, que, en muchos casos, serán la clave para conseguir trabajo. Mientras preparamos las tarjetas tendremos que hacer la base de la receta. Para ello es necesario crear presencia en internet. Si queremos una base sólida, necesitamos mezclar la compra de un dominio propio (no hay excusa para no hacerlo ¡un .com son ocho euros al año!) para nuestra página web o blog personal con la creación de varios perfiles profesionales (LinkedIn, ProZ, Twitter, Facebook, Traditori). Además, nos recomendaron registrarnos en comunidades como Translator’s Café, Payment PracticesTranslator’s Base. Sólo con esto último una servidora pudo conocer a un montón de gente sin esfuerzo en la I International Conference on Translation and Accessibility in Video Games and Virtual Worlds.

Si vamos a ser autónomos, tenemos que pensar que somos pequeñas empresas. Francesc nos recomendó llevar un control de nuestros clientes y aprender a realizar algunas tareas administrativas básicas (que, por supuesto, también se deben cobrar). Una buena idea si estamos empezando es elaborar una lista de clientes potenciales relacionados con nuestro campo con los que nos gustaría trabajar. No podemos olvidar añadir a esta receta las listas de distribución, donde los profesionales de nuestro campo discuten y exponen diferentes temas. Es importante aprender de ellas: primero debemos observar lo que se dice y cómo interactúan los traductores que participan en ellas, para luego empezar a involucrarnos. Antes de hacerlo debemos tener claras las normas de participación. Si habéis formado parte de algún foro esto funciona exactamente igual. Algunas listas que se mencionaron son: ATD, Traducción en España o, para amantes de lo audiovisual, TRAG. Por extensión, también es importante asociarse, ir a cursos, conferenciasconocer gente, ya que tenemos la gran suerte de formar parte de una profesión donde, en términos generales, el compañerismo está por encima de la competitividad. Si queréis saber más sobre las asociaciones de traductores podéis visitar el tablón de anuncios de ASOCESP, en el que aparecen todas listadas a la derecha.

Sobre las tarifas no voy a extenderme ya que, como todos sabréis, es un tema ampliamente tratado y discutido por la red (aunque algo tabú también). Si queréis más información podéis consultar la encuesta de tarifas de la APTIC o las tarifas de la EIZIE, además de probar CalPro, la calculadora de gastos, ingresos y rendimiento profesional desarrollada por ASETRAD. En cualquier caso, Maya y Francesc recomendaron marcarse un umbral de precio por debajo del cual no merece la pena encender el ordenador y hacer un trabajo cualificado por el sueldo de un trabajo no cualificado. Su consejo fue no trabajar por menos de 0,06-0,07€ por palabra, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Eso sí, como bien me ha recordado Maya por ahí abajo, ese es sólo el mínimo: «a partir de ahí, el cielo es el límite». También tened en cuenta que muchas veces dependerá del idioma: conozco a traductores de japonés que cobran entre 0,15-0,19€ la palabra y que por menos de 0,12€ no trabajan.

Cuando empezamos parece que si no tenemos experiencia remunerada no servimos para nada, pero no debemos dejarnos convencer: lo que debe hablar por nosotros es nuestro potencial, nuestra capacidad y nuestras ganas de trabajar duro. Eso sí, no a cualquier precio. ¿Que por qué? Porque existen infinidad de sitios donde adquirir experiencia en diferentes campos de forma voluntaria, aunque no remunerada. En la ronda de preguntas surgieron algunas dudas respecto a cómo adquirir experiencia en interpretación, ya que hay menos información, y nos recomendaron Babels, una red de voluntariado en la que te pagan viaje y alojamiento a diversos lugares del mundo a cambio de hacer de intérprete en los foros sociales que organizan. Si la causa merece de verdad la pena, a veces es mejor dedicar tiempo a esto mientras buscamos un trabajo digno que tirarnos en brazos del primer «desgarramantas» que nos ofrezca un trato suculento (para él, principalmente). ¿Significa esto que pagar por trabajar, como ofrecen algunas empresas, es otra buena opción? En mi opinión (y la de ellos), no, nunca. Como acabo de explicar, existen otras opciones que no tienen nada que ver con estas tendencias del mercado tan preocupantes. Si queréis saber a qué me refiero, podéis leer esta reseña sobre Lionbridge publicada en el blog de Leon Hunter.

...contra el mundo.

En relación a todo esto surgió un tema que ya os comentaba en mi primera entrada: no debemos confundir el miedo con el respeto. El miedo nos lleva a no hacer cosas, mientras que mirar los nuevos retos con respeto nos sirve para valorar la dificultad de lo que estamos haciendo sin huir de ello. Por eso tenemos que aprender a valorarnos, ser conscientes de nuestras limitacionesconocer nuestros puntos débiles (pero no dejar que se vean) y exponer los fuertes. Existe un punto medio entre ser un prepotente y pasarse de humilde: ahí es donde debemos intentar estar. Aunque todos estos consejos están muy bien y os servirán como guía, si queréis saber cómo convertiros en grandes profesionales de verdad necesitáis apoyaros en vuestra intuición y formaros una opinión sólida sobre todo tipo de cosas. Pensad que las recomendaciones nunca están hechas para ser seguidas al pie de la letra, ya que todos queremos cosas distintas y tenemos puntos de vista diferentes. Esta fórmula se puede adaptar a otros paladares emprendedores que no tengan nada que ver con la traducción.

¿El resultado? Lo tenéis a vuestro alrededor. Es especial por un motivo: con los mismos ingredientes nunca se consigue un resultado igual que el anterior. Te puede salir un quiché Algo más que traducir, una ensalada El Taller del Traductor, una tarta de queso Traducistes, unos ravioli Localización y Testeo con Curri o una lasaña La paradoja de Chomsky, entre otros muchos platos con presencia. Si queréis ser como ellos, el primer paso es pensar que no tenéis nada que envidiarles, pero mucho que admirar. Una cosa está clara: nos hemos pasado toda la vida comiendo, ¡ahora toca cocinar!