Tarjetas que dan vida

Después de «Subtítulos que matan», el drama que conmocionó a la comunidad traductoril, llega a sus pantallas una historia de amor y superación personal… Nah, es broma. Tendréis que perdonarme, pero son días tensos y estresantes para los que asistiremos a la II International Conference on Video Game and Virtual Worlds Translation and Accessibility. A mí me están temblando ya hasta los menudillos. Una servidora va a proporcionar a los asistentes una voz melodiosa de fondo para que se echen una siesta relajante y, los demás, a contar cosas muy interesantes sobre traducción, localización, control de calidad y accesibilidad, entre otros maravillosos temas. Si te lo pierdes hay tres opciones: estás loco, estás lejos o estás sin blanca. ¡Menos mal que existe Twitter!

El caso es que este último mes ha sido algo difícil de sobrellevar por diversos motivos personales y profesionales y, para rematar, las entregas de clase han empezado a apilarse de forma monstruosa. Esto pasa siempre que estudias algo: hay dos o tres épocas al año en las que los profesores se ponen de acuerdo sin saberlo de forma misteriosa para hacer coincidir las entregas más importantes en un mismo periodo de tiempo. No sé cómo lo hacéis, queridos profesores, pero tenéis que explotar este don sobrenatural de otra forma. En definitiva, he ido como un muerto viviente de aquí para allá sin ponerle mucha energía o ilusión a la vida. Y eso nunca gusta. Pero no todo es sufrir y el universo te recompensa con detalles pequeños, tontos, pero que te devuelven un poco de energía.

Justo ayer estuve de visita con mis compañeras de prácticas en un estudio de doblaje oyendo cosas realmente escalofriantes y mordiéndome los nudillos para no hacer nada estúpido porque, oye, la ignorancia y el maltrato ajenos no se arreglan con violencia. La vida ya pondrá a cada uno en su sitio. Al final, además de cansada, llegué algo indignada a casa, pero vi que una de mis anteriormente mencionadas compañeras, Nadia, escribió esta entrada sobre sus tarjetas profesionales y lo bien que se sentía al tenerlas. Y entonces me di cuenta de que lo que había escuchado esa mañana sí que había servido para algo: para demostrar que a gente como ella nadie le va a quitar la ilusión, aunque sea realista y sepa que las cosas están jorobadas. Por un oído le entró, por el otro le salió, y eso me dio muchos ánimos para irme a dormir más tranquila y decidir tomarme un día libre (hoy) para recuperar fuerzas.

Esta mañana ha amanecido, no os contaré a qué hora para que no me perdáis el respeto, y lo primero que he visto ha sido un tweet de Curri, que me avisaba de que había llegado a su casa el pedido de tarjetas que hice a Moo. Sí, a su casa, porque esta muchacha tan maja me ha ahorrado unos eurillos de gastos de envío y, además, se ha tomado la molestia de hacerles unas fotos. La verdad es que me he sentido igual que el día de Reyes, pero cuando las he visto me he emocionado más todavía. Han quedado tal y como esperaba. Son mis primeras tarjetas y tenía miedo de que pudiera cambiar mucho el resultado, pero recomiendo encarecidamente el servicio de Moo: no es el más barato, pero es rapidísimo y la calidad es estupenda. Aquí están:

¿Qué os parecen? Todo el esfuerzo y la creatividad en realidad se los debo al diseñador de estas tarjetas, alguien que me conoce muy, muy bien y que ha dado en el clavo a la primera: mi hermano Javier (available for hire ;D). Por más familia que seamos, hacer un trabajo así en tan poco tiempo y sin cambiar apenas ningún detalle después de consultar con el cliente me parece algo admirable. Tengo esa suerte, amigos, me tocó un hermano diseñador, fotógrafo, escritor y en general un tío con talento. Y, de regalo, un novio hecho de la misma masilla. Puedo pagar estas cosas con amor, comida y publicidad gratis en Tumblr, suerte la mía. De todas formas, animo a todo el mundo a buscar a un buen profesional para estas cosas alguna vez en la vida, porque hace mucha ilusión ver el resultado. Claro que las que se curra uno solito también pueden ser estupendas, no hay más que ver los ejemplos que nos mostró Olli ya hace algún tiempo. Hay gente por ahí que hace auténticas maravillas que puede que os sirvan de inspiración. Al final, lo más importante es sentir que en ese pequeño papel hay un poco de nosotros mismos. En este caso, queríamos algo desenfadado y que reflejara cada una de mis áreas de especialidad de una forma simpática y yo estoy muy contenta con el resultado. Además, la idea de incluir un código QR me parece muy útil. Para el logo, a mi hermano se le ocurrió aprovechar la feliz casualidad de que mi inicial y la de mi profesión fueran las mismas que las de las “N. del T.” y crear una especie de imagen corporativa con el asterisco como sello personal. Os dejo otra imagen donde se ve un poco mejor el texto de las tarjetas:

Ahora ya solo queda terminar la página web, hacer que la gente se duerma en la conferencia, conocer a más gente estupenda y seguir haciendo cosas. Además, el día 22 hará un año que este blog cobró vida y me falta sitio en el ciberespacio para explicaros la cantidad de cambios positivos que ha traído a mi vida. Si me contaran todo lo que me iba a pasar hacer 365 días, jamás me lo habría llegado a creer. Y vosotros, ¿tenéis tarjetas profesionales? ¿Os atrevéis a contribuir a la Semana de la moda tarjetil con una entrada sobre ella? ¡Yo no puedo esperar al jueves para cambiar cromos con mis traductores favoritos!

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Subtítulos que matan

Qué mejor día que un 29 de febrero para hablar de cosas raras. Como todos sabréis, el domingo se celebró la gala de los premios Oscar, así que el sábado (entre mocos y estertores de muerte) me senté en el sofá con Albert como cada año y nos pusimos al día con las poquitas películas que nos habían quedado por ver. Obviamente tuvimos que hacerlo de formas no del todo legales, pero es que qué culpa tengo yo de que películas como 50/50 tengan fecha de estreno en Tailandia, Bulgaria o Sudáfrica y en España no la vayamos ni a oler. Ninguna, señora, y por eso generalmente defiendo la existencia y el trabajo de algunos fansubs con ciertas limitaciones, claro está. Normalmente veo las películas dobladas en el cine, en DVD o directamente en inglés, así que no estoy acostumbrada a verlas subtituladas. Salvo en casos excepcionales, no tengo prisa y prefiero esperar a que se estrenen, así que me sorprendió mucho ver que en los subtítulos de las películas hechos por fans, no sé si por su duración o por falta de interés, el tema era realmente sangrante. Creo que en ese momento empecé a plantearme seriamente algunas cosas.

Con las series me pasa todo lo contrario e incluso cuando los subtítulos los hacen fans estoy acostumbrada a una cierta calidad. La mayoría de las series que sigo no se emiten en televisión y las que lo hacen cambian de horario cada semana porque los señores que dirigen las cadenas hacen lo que les sale de la punta de los pies, y una se cansa. Hasta hace no mucho, los fansubs que subtitulaban las mismas series cada semana solían fallar mucho en aspectos técnicos (sincronización, límite de caracteres, segundos en pantalla, etc.) y también, claro está, en la naturalidad de algunas traducciones, pero se lo curraban de verdad para que en general la calidad fuera buena, y gracias a ellos mi madre podía seguir las series sin demasiados problemas y entenderlo todo. De hecho, en clase estamos comparando muchos subtítulos oficiales con las versiones de los fansubs y en originalidad, creatividad y soluciones cómicas muchas veces ganan los segundos, quizás por esa devoción hacia la serie, porque hay un fandom detrás que se conoce cada referencia y tiene las claves para solucionar el chiste en vez de aplastarlo y reducirlo a la nada como una apisonadora. O al menos antes era así. Ah, los buenos tiempos.

Y ahora me pregunto, ¿qué está pasando últimamente? Porque, a diferencia de hace unos años, mi madre me llama y me dice que algunos subtítulos pasan tan rápido que no puede leerlos, que algunas frases están tan mal traducidas que se pierde muchos detalles, que antes, aunque veía sus cosas raras, podía seguir bien las series. Esta loca necesidad de verlo todo 8 horas después de que se emita en Estados Unidos se está cargando el trabajo de muchos fansubs que hacen cosas de calidad tardando un poco más, porque su objetivo es que puedas ver la serie y que se haga conocida, no que todo el mundo hable de ellos por ser los más rápidos del oeste. Como siempre hay un desgarramantas que quiere ser el primero a toda costa, hemos llegado a un punto en el que no solo falta ese sello de calidad que solo un traductor profesional puede proporcionar, sino que se ha abandonado por completo el objetivo de la subtitulación por y para fans: entender y disfrutar lo que estás viendo.

Llevo un tiempo pensando en todo esto, sobre todo desde que me encuentro con subtítulos de tres líneas por ahí, cosa que da bastante miedo. El caso es que anteayer estaba tranquilamente viendo el capítulo 2×10 de The Walking Dead cuando pasó por delante de mis ojos una cosa con la que no solo yo, por traductora, saltaría del asiento. ¡Un subtítulo asesino! Para los que no lo sepáis, The Walking Dead es una serie basada en unos maravillosos cómics que empecé a leer gracias al buen ojo de mi cuñado allá por 2006 y que son de lo mejorcito que ha caído en mis manos. Una de las cosas que más me gustan del cómic y que eché de menos en la primera temporada es que, igual que en el cine clásico de zombis, no le da ninguna importancia a la cura o al origen del desastre. El dónde, cómo, cuándo o por qué no tienen ningún interés dentro de la historia, que se centra en ponernos en la piel de los protagonistas y hacernos participes de sus dilemas: ¿vale todo por sobrevivir? Te vas cruzando con personajes que piensan que sí, otros que no, otros que depende, porque algunas reglas han cambiado. En definitiva, los zombis son el factor desencadenante pero, como decía aquel sabio, la idea del cómic en realidad es que el hombre es un lobo para el hombre. Esta segunda temporada se está dedicando más a explorar ese aspecto, y la postura que toma cada personaje ante este dilema es muy importante. En cierto modo les define. Este tipo de sutilezas son las que se les escapan a muchos, profesionales y aficionados, porque el interés no está centrado en el producto audiovisual, sino en sacarlo antes que otro o en quitarme este encargo de encima, me da igual. Por eso vamos a jugar a un juego. Yo os enseño esta captura de pantalla y vosotros os imagináis un contexto:

Me jugaría el único bazo que tengo a que lo que habéis pensado no tiene nada que ver con lo que sucede en el capítulo, pero no es vuestra culpa, chicos, es cosa del subtítulo asesino. En realidad Rick, a quien veis en la captura, no le está pidiendo nada a Shane, ni mucho menos lo que pone ahí arriba. No es un gran spoiler y voy a intentar dar el menor número de detalles posibles, pero si no habéis visto el capítulo anterior (el número 9) y tenéis interés en hacerlo, quizás no queráis seguir leyendo por ahora. Os pongo en situación: Rick y Shane tienen que decidir qué hacer con un chaval que ha descubierto cierta información. No puede quedarse con ellos, pero tampoco quieren arriesgarse a dejarle marchar como si nada sabiendo lo que sabe, ya que afecta directamente a la supervivencia del grupo. Como de costumbre, no se ponen de acuerdo con la solución. El personaje de Shane está dispuesto a todo para salvarse el culo sea como sea, sin pensarlo dos veces, mientras que Rick siempre se enfrenta a una serie de dilemas morales. Matar, incluso a otras personas, se ha vuelto demasiado fácil, y no está dispuesto a cruzar la línea siempre que se pueda encontrar otra solución. Ambas posturas ante una misma situación son parte de la caracterización de los personajes, ¡y ese subtítulo se lo carga todo! Además de poner una bala en la sien de alguien antes de tiempo, un «pequeño» error de traducción hace que de repente no entendamos nada. Esto sucede al principio del capítulo así que, después de dejar clara su opinión en el episodio anterior, este cambio repentino de actitud por parte de Rick nos parece totalmente inverosímil. Si uno sabe inglés, se da cuenta de la cagada estrepitosa al instante. Este es el diálogo original:

Rick: I’m looking for a place.

Shane: A place for what?

Rick: Give him a fair shake. A shot.

Vamos a ver, amigos, ¡con dos palabras os acabáis de cargar a alguien alegremente! Ya no hablamos de que la calidad lingüística sea mejor o peor, es que una frase así de simple está poniendo patas arriba muchas cosas importantes para seguir y entender el capítulo. Un fansub que se preocupara de verdad por lo que está traduciendo conocería de sobra la opinión de Rick y, aunque los miembros no tuvieran un nivelón de inglés impresionante, seguro que les llamaría la atención que dijera algo así. De haberse tratado de Shane, la frase podría tener sentido: desde su punto de vista matarle sería darle un trato justo, ya que un chaval solo en esas circunstancias no tiene muchas oportunidades de sobrevivir y además así sería una preocupación menos para ellos. Si uno busca un poquito por internet y se informa, seguro que encuentra la solución rápido, pero eso al que quiere cruzar la meta el primero le importa un carajo. Creo que este es uno de esos errores básicos que ningún traductor profesional que se precie cometería, porque se trata simplemente de situar las frases dentro de un contexto en vez de traducirlas literalmente. Parece increíble, pero esa omisión del to antes de give hace que quien quiera que haya subtitulado esto se pierda completamente y haga que parezca que Rick le pide o le ordena a Shane que le dé al chaval un trato justo, cuando lo que pretende es hacerlo él mismo. Y no pegándole un tiro, sino giving him a shot, es decir, dándole una oportunidad de sobrevivir. Estoy segura de que el traductor tuvo que buscar la expresión «give a fair shake», por lo que, si desconocía el significado de «give a shot», habría hecho lo mismo. El problema es que no entendió la frase: parece que el autor del delito no identificó la omisión de la estructura de la frase anterior aplicada a la segunda y la tradujo como si fuera una unidad de significado aislada. Y con eso, solo con eso, nuestro querido Rick pasa de madre de la caridad a asesino sin escrúpulos.

Creo que este es uno de esos casos maravillosos y a la vez terroríficos en los que un pequeño detalle demuestra que el oficio de un traductor no es copiar palabras sino interpretar su significado. Si algún día un familiar, un amigo o un conocido da por sentado que esto de traducir no tiene tanto mérito como decís y os comenta que nos quejamos por deporte, por favor, enseñadle esto. Le va a sentar como un tiro ;D

De recuerdos, honestidad y pretensiones

¡Una entrada de blog salvaje ha aparecido! ¡LECTOR usó HACER CAFÉ POR SI ES ABURRIDA! ¡Es super efectivo!

– Pokemon Edición Azul WordPress

Más allá de la hilarante elección de términos que realizó el primer ser humano que se enfrentó a la traducción de esta joya de la creación videojueguil y del abuso de las exclamaciones para crear niños fácilmente impresionables, esta bonita estructura contiene un potente no sé qué y qué sé yo que resulta casi inspirador. Como esas entradas de blog que te hacen creer que van de algo interesante, pero que en realidad estás leyendo porque es domingo y en la televisión solo echan películas sobre dramas profundos del medio oeste estadounidense, de esas que todo estudiante del MTAV traducirá en algún momento de su vida.

Siempre hay un punto en el que una se pregunta por qué está haciendo esto y no otra cosa, por qué recuerdos y no versatileblogawardsaplicacionesdeipad o cronicasdeconferencias, por qué eso que he dicho tiene gracia para los demás y para mí no, por qué aquello que me parece una obra de arte a ti te hace salir corriendo a nada que lo mencione, por qué ese idioma que a ti te flipa tanto como tener crédito ilimitado en una máquina de pachinko a mí me da ganas de llorar. Son esas cosas que nos hacen diferentes, que nos llevan a ponernos en el papel de padre, madre o tutor aunque el de enfrente no nos lo haya pedido, que escuchemos atentamente los sabios consejos de otros para luego, a veces, hacer lo que nos parece y cagarla estrepitosamente. O no. Los seres humanos somos muy complicados. A veces aceptamos la ayuda de gente a la que no deberíamos ni escuchar dos minutos, a veces no hacemos caso a quienes buscan lo mejor para nosotros y a veces ambas partes se equivocan y tú también y las cosas salen como quieren. La vida es así, solo se puede jugar en modo experto, con el cambio de marchas manual, sin el ratón invertido o en el equipo del campo de batalla que tiene el doble de hordas que de alianzas, abocado a perder miserablemente todas las bases a no ser que surja algún tipo de esfuerzo heroico que te demuestre eso que yo misma pienso: que ninguna batalla se pierde o se gana sin haberla luchado antes.

Una de las muchas cosas que aprendí o más bien me hicieron recordar a golpe de sonrojos y diapositivas mis compañeros traductores en la charla sobre blogs de APTIC, que tan bien han narrado Aida González y Martine Fernández, es que hay que escribir desde la patata (y aclaro, mentes sucias, que la patata es el corazón). ¡Qué digo escribir! Vivir en general. Desde su casa, una nunca sabe lo cierto de esa afirmación hasta que ve el efecto real que eso tiene en otras personas. Yo lo pude comprobar hace dos fines de semana y os aseguro que merece la pena de verdad. Bastante más que eso que llaman hacerse rico. He ahí la honestidad, que tan poca gente porta como estandarte en un mundo siempre salvaje, de cabezas pisadas, de codazos en medio de la carrera y de lucro sin sentido por transferencia bancaria, pero que al parecer abunda entre los traductores. Visca i bravo!

Si eres honesto, los mimos se te acercarán.

¿ Y qué tiene que ver todo esto con los recuerdos y las pretensiones, con esos consejos a los que uno le hace o demasiado o ningún caso? Os lo podría explicar en 45 páginas de Word y me quedaría corta, así que voy a ejercitar mi casi nula capacidad de síntesis. Todo esto viene a que hoy, señoras y señores, miles de personas se han examinado en todo el mundo del JLPT, también conocido como Nôken, también conocido como Japanese Language Proficiency Test y, os juro que ya paro, también conocido como Nihongo nôryoku shiken. Hace mucho tiempo en una galaxia muy lejana, una inocente madrileña aprobó el nivel más cutre de ese examen. Luego se frustró y se pasó al lado oscuro de la gente que solo quiere trabajar con su lengua B. No parece que dé para dos trilogías, ¿eh? Inocentes… Por si esa historia no os la sabéis, durante cinco años estudié japonés. En otras palabras, durante cinco años gasté muchos kleenex, ibuprofenos y volví loca a mucha gente. Mi propio estado de ánimo hacía sufrir a otras personas. Bonito, ¿eh?  Al estilo Pesadilla en Elm Street, puede ser.

Mi historia con el japonés es ardua, larga, penosa y a nadie le interesa. Cometí muchos errores, no supe gestionar mis problemas ni de cara a mí ni de cara a mis profesores, dejé que me afectaran las manos acusadoras, creí a otros que decían que yo no podía ser mejor ni ahora ni nunca, me dejé llevar por la desidia y convertí ese sueño, como el de ser astrónoma, en un pequeño agujero negro que me iba tragando poco a poco. Lo único que hice bien en todo ese tiempo fue ser honesta conmigo misma. Soy una persona no vaga ni inconstante, sino caprichosa y de difícil asiento. Eso solo cambia bajo una circunstancia: la motivación. Os aseguro que hay millones de cosas que me motivan en este mundo pero, tras un tiempo, supe que el japonés no era una de ellas. Eso no quiere decir que no lo encuentre interesante, útil o incluso apasionante, simplemente no tiene ese toque que me saca de mi inercia como ser humano corriente y moliente. Seguro que muchos de vosotros os podéis sentir identificados con esto y, de lo contrario, disculpadme que os diga que o bien que estáis muertos por dentro, o bien sois admirables o bien mentís.

Aun así, durante un tiempo no quise rendirme y me metí en un jardín de árboles de hoja caduca entre los que casi me ahogo. La suerte y la bondad de una de mis profesoras me sacó de allí y di por finalizado el recorrido, aunque nunca jamás me cerraré en banda a la idea de volver a sentarme delante de un libro y aprender kanjis porque sí. Puede ser hasta divertido. Creo que todo esto es fácil de entender: se trata de algo que me gusta, me parece enriquecedor, pero no me apasiona e, ingenua de mí, tiendo a hacer las cosas que cumplen este último requisito a menos que la necesidad apremie. Entonces, ¿por qué algo que Pablo y Olli explicaron tan bien aplicado a los blogs resulta tan fácil de entender para otras personas pero aplicado a esto parece inconcebible? No lo sé. Para escribir un buen loquesea hay que ser honesto y, si lo eres, posiblemente tengas éxito. O no, pero eso da igual porque tu objetivo es contar cosas, no sacar algo de hacerlo. Si escribes un loquesea con la pretensión de tener éxito, entonces no estarás siendo honesto y no lo tendrás, porque a ese tipo de gente se la huele desde lejos.

Con el trabajo pasa lo mismo, pero cuando los símbolos de dólar se iluminan en los ojos de la gente parece que se nuble su buen juicio. En estos tiempos tan inciertos y desconcertantes parece que vale más la seguridad de un buen cheque a cambio de sentirse un pelín miserable que la incertidumbre del mañana con una sonrisa en la cara. Yo le digo que no a toda esa gente que me ha dicho antes o después, con mejores o peores intenciones, con más o menos razón, que «es una pena que dejes el japonés», «después de tanto tiempo», «con el esfuerzo que te ha costado», «si ganarías el doble», «sabiendo que hay más oportunidades». Algunos pensarán que es comodidad, otros que es ineptitud y otros que falta de ambición. No es una cuestión de esfuerzo, incapacidad para el sacrificio o tenacidad. No es una cuestión de vaguería o de dejadez, ni de miedo. Yo solo sé que el día que cerré por última vez mi libro de japonés adelgacé 5 kilos, rejuvenecí 10 años y empecé a levantarme cada día con ganas de hacer algo útil y emocionante con mi vida. Díganme si eso vale más que un «con lo cerca que has estado de forrarte».

Conozco a gente que hoy, un domingo cualquiera, ha madrugado para ir al JLPT. Gente a la que le sobra ese corazón y esa honestidad que a mí me falta para traducir, entender, escribir y hablar japonés o construir un satélite que viaje al espacio cada día de su vida. Y creo que el mundo es más bonito si esa gente ocupa un sitio que yo solo desperdiciaría sufriendo a cambio de un puñado de euros. Las cosas buenas se hacen, siempre, desde la patata. O, como dice Miguel Olivares, siendo jodidamente uno mismo.

Trabajar desde un iPad: entresijos

Amigos, amigas, es oficial: la gente me mira raruno en el tren cuando saco este aparato de tecnología sin precedentes. Sí, irónicamente, hasta los señores que teclean rabiosos en su Blackberry o consultan el correo en su iPhone abren los ojos como platos como si la señorita de Neutrex Futura se acabara de sentar a su lado con un invento revolucionario venido de otros tiempos más avanzados. No sé cuándo empezaré a acostumbrarme a esa sensación tan rara de tener entre las manos algo que yo considero un instrumento de trabajo más mientras los demás me miran como si poseyera tres yates y un transbordador espacial por el simple hecho de haber decidido invertir mi dinero en un aparato tecnológico en vez de en copas el finde. Lo digo sin ningún tipo de orgullo elitista de ese que les sobra a muchos modernos ilustrados torturados por los gustos generales de la sociedad y sin la más mínima intención de despreciar las muy honorables aficiones de fin de semana de cada uno. A mí me encanta la tecnología, jugar al Scrabble con mi novio los domingos y cepillarme seis temporadas de una serie en menos de un mes, qué queréis que os diga, el mundo me ha hecho así. Y casi mejor, porque no hay bares ni banda ancha para todos. Vamos a repartirnos, a dejar que cada uno haga su cosa y, sobre todo, a trabajar, que es de lo que va esta entrada (bueno, no te creas…).

Venimos del futuro a acabar con vuestro planeta.

Antes he dicho que decidí invertir mi dinero en un iPad, pero en este caso, es un decir. De momento, soy un ser sin porvenir y este tipo de cosicas se las debo a otras personas. Ya me había planteado más de una vez que, con mi latente adicción a las redes sociales (no me denunciéis al Plan Nacional sobre Drogas, que tampoco me ha ido tan mal hasta ahora), igual no era una buena idea tener un smartphonePor otro lado estaba la problemática de vivir a cinco minutos en coche de mi universidad pero, como socia de «Personas sin habilidades motrices adecuadas para conducir» , tener que pasar una hora y media de trayecto en transporte público. Eso son tres horas por cada día de clase. Es mucho, mucho tiempo, cosa que nunca sobra cuando estás compaginando estudios, trabajo y amar tu casa. En cualquier caso, en aquel momento no tenía trabajo y era un lujo que ni quería ni podía permitirme porque realmente no me hacía falta. Tengo el móvil para que haga peso en el bolso por si tengo que golpear a algún atracador y poco más, ¿para qué carajo quería un iPhone? ¿Para jugar al Angry Birds en el tren? Pues no, mira. Si el mayor drama era perderse tantas cosas interesantes que rondan por Twitter, tocaba apechugar y ver cómo, al parecer, un niño de 10 años sí que necesita algo que tú crees que no te hace tanta falta y llorar un poco en silencio por este mundo enfermo.

Lo malo y lo bueno es que entonces llegó Tumblr: un puesto digno, os juro que todavía existen. Ante esta situación y por las características de mi trabajo, algo que pienso explicaros algún día más bien cercano, me vi ante la casi necesidad de tener un aparato mediante el cual estar siempre disponible por correo electrónico como poco y por Skype como mucho. Así, de la noche a la mañana. Durante el verano podía tirar robándole el iPhone a mi consorte, pero ¿qué pasaría cuando empezara el curso? ¿Y si intentaba buscar más trabajo y esas horas fuera de casa eran claves para conseguirlo? ¿Y si el Máster daba mucha faena? Volví a sopesar el tema del iPhone, pero estaba la incertidumbre de cómo sería mi situación después de septiembre y si era una inversión realmente útil. Mis padres, que son especialistas en saber lo que necesitas antes de que tú mismo tengas ni idea, se adelantaron y me dieron un sorpresón de fin de carrera. En casa nunca hemos vivido con grandes lujos, los veranos los pasábamos en la bella Rivas y la mayoría del tiempo libre que tenían, nuestros padres lo dedicaban a estar con nosotros. Jamás podré agradecerles lo suficiente no solo ese tipo de dedicación, sino lo bien que han sabido ser generosos con nosotros sin convertirnos en niños repeinaos. En cierto modo, creo que eso se debe a que las cosas que hemos tenido han acabado por ser una inversión en nuestra educación, como en este mismo caso.

Con el iPad me encontraba con esa sensación entre la alegría desbordante y la culpa dubitativa. ¿Lo necesitaba de verdad? Ya os contesto yo: «necesitar» es un verbo que le reservo a muy pocas cosas en esta vida, pero si la pregunta verdadera es «¿ha hecho mi vida más fácil y productiva?»  la respuesta es sí treinta veces, da igual la hora del día a la que me lo preguntéis. Con esta entrada no quiero animar a todo el mundo a comprarse un iPad porque sí, sino a pensarse trescientas veces en qué gasta uno el dinero y qué busca en lo que se está comprando. No te fíes de tu sobrino que sabe un montón de informática (concretamente sabe cómo instalarte el Windows XP, ni siquiera el 7) o de tu compañero de trabajo, que tiene un gusto exquisito comprando jarrones Ming, simplemente piensa que cuando gastas dinero, inviertes en algo y es para ti. No importa lo que piensen los demás, establece unas necesidades, apunta los pros y los contras y gástate lo que a ti te parezca conveniente (aunque si te vas a por algo engarzado en diamantes, igual empiezas a caerme bastante mal). En este caso, solo puedo hablar por mí y decir que, en función del brutal uso que le doy casi a diario, estoy muy satisfecha y creo que merece realmente la pena como sustituto de un portátil si tienes un entorno de trabajo sencillito como el mío. No entraré a discutir la diferencia con otros tablets, porque estoy segura de que también son una estupenda inversión, aunque comparando yo les vea más pegas que ventajas y encima al mismo precio. Como os digo, hay que elegir a la medida de uno, y punto.

Karate a muerte entre manzanitos.

El iPhone quedó totalmente descartado porque su única ventaja frente al iPad, además del precio, era que servía para tener todo en el mismo aparato y olvidarse del móvil. Como quedamos en que el móvil solo me sirve como arma de defensa personal o para medir mi paciencia contra televendedores pesados, no me lo volví a pensar mucho. Un smartphone es muy útil para responder a necesidades básicas del trabajo como contestar correos o atender a las redes sociales profesionales, pero si hablamos de dedicarle unos cuantos minutos a editar o revisar textos, la cosa se fastidia. La mayor parte de mi trabajo actualmente consiste en redactar entradas para el blog del equipo de Tumblr en español, traducir otras del blog oficial en inglés y editar, revisar y traducir los documentos de ayuda. Todas estas cosas se pueden hacer desde el mismo navegador, aunque en el caso de los documentos, cuando trabajo desde casa, copio el texto en Word y voy alimentando una memoria de traducción que me ahorra mucho trabajo. Ya os explicaré en la próxima entrada cómo soluciono este pequeño problema cuando trabajo fuera. Sin embargo, todo lo que atañe al blog se puede hacer perfectamente desde el iPad, ya que la mayoría es contenido original que tengo que generar yo misma. Hay dos modalidades de entrada: blogs destacados y entrevistas. Esto último suele llevarme bastante más trabajo, ya que conseguir que la gente te devuelva los correos a tiempo (o que te los conteste a secas) es algo complicado y requiere ser un poco pesado y estar pendiente del correo y de las redes sociales. En cuanto a las traducciones de entradas en inglés, suelen correr bastante prisa, así que muchas veces el encargo me pilla on-the-go y aprovecho esos ratos muertos de tren para quitármelos de encima y tener al cliente muerto de felicidad. Todo esto no podría hacerlo cómodamente en la pantallita de un móvil. Os preguntaréis por qué me lío con un iPad pudiendo utilizar un portátil o un netbook, que me restringen menos a la hora de hacer ciertas cosas algo más complejas. Yo os lo explico…

¿Qué ventajas tiene sobre un portátil?

Comodidad y rapidez, principalmente. La primera vez que coges el cacharro y te lo guardas en un bolso enano para sacarlo de casa es maravillosa, pero aún mejor es echárselo al hombro y disfrutar de un peso casi inexistente y ningún bulto evidente hacia el exterior. Si tienes unos cascos con mando a distancia ya es la panacea: enchufas el iPod y a tirar millas. Luego llega el momento de utilizar las posaderas y aquí viene lo mejor. En los primeros años de universidad tenía unas tres horas de tren cada semana para ir hasta Manlleu, así que trabajaba muchísimo en el portátil. Os puedo asegurar que era una pesadilla, y más si lo acompañaba la conducción peligrosa de los señores de la Renfe o uno de esos pasajeros que creen que tu asiento también les pertenece. Un tren de media distancia no es el entorno de trabajo ideal uses lo que uses, todo hay que decirlo, así que uno teclea bastante incómodo en esta situación, pero tener una pantalla un poco más grande y un teclado físico no compensa el ir con un bulto a cuestas que además también te exige más espacio vital a la hora de utilizarlo. Cuando te acostumbras al teclado táctil y pillas velocidad, no tiene nada que envidiarle a uno tradicional y tu productividad no se resiente.

Otra cosa que me gusta del iPad es el modo reposo, que le da cien patadas al de cualquier ordenador. Además, no hace falta que cierres los programas que estabas usando antes de apagarlo, así que si uno está a punto de pasarse de parada es cuestión de cerrar la tapita y salir corriendo. No sería la primera vez que salgo medio arrastrándome de un tren porque no he guardado el portátil a tiempo…  Luego está mi parte favorita: la rapidez de carga de las aplicaciones. Con la nueva actualización a iOS 5, además, es mucho más sencillo pasar de una a otra. El hecho de tener a tu alcance recursos como los que ya comentaré (diccionarios, enciclopedias, vídeos) mediante una aplicación, sin necesidad de trabajar a través del navegador, es una pasada, pero que se carguen en un abrir y cerrar de ojos es mucho mejor. Además, las interfaces suelen ser mucho más agradables a la vista en versión aplicación que en los programas que todos tenemos instalados en el ordenador, así que en algunos casos incluso cuando estoy en casa me enchufo al iPad porque me resulta más cómodo trabajar desde ahí, ¡imaginaos!

¿Y sobre un netbook?

Partimos de esta base: nunca le he visto la chicha a los netbooks fuera del uso personal y de relativo ocio. Tiene las incomodidades de un portátil y, encima, en un formato tan pequeño que trabajar en él no es mucho más apasionante que en un tablet: más peso, más grosor, not cool. Jugar ya debe de ser una pesadilla. Si hablamos de formatos reducidos, siempre es preferible librarse del teclado físico: su minusculidad lo hace tan o menos cómodo que uno táctil, aunque es cierto que no roba espacio de la pantalla. Y ahí está, esa palabra mágica que tanto he repetido: «táctil». No hace falta que os cuente lo maravillosa que es dicha tecnología cuando te familiarizas con ella ni la cantidad de tiempo que ahorra. La definición y la calidad de la pantalla también me parecen importantes. ¿Un ejemplo? El iPad y la Smart Cover han resultado ser fantásticos a modo de segunda pantalla para los ejercicios de clase de doblaje: no ocupan demasiado sitio en la mesa y tienen el tamaño perfecto para poder visualizar la película mientras trabajo con el guión en la pantalla grande, sin que me moleste un segundo teclado. Está claro que, actualmente, los netbooks son dos o tres veces más baratos que los tablets, pero creo que, en perspectiva , éstos últimos son más completos porque sirven tanto para trabajar como para sacarle un montón de jugo a tu tiempo de ocio, todo junto pero no revuelto. Y ya no os cuento el gustazo que es traducir una aplicación y poder testearla en vivo y en directo…

Con esta entrada solo pretendo exponer mi experiencia y aportar mi granito de arena para desmitificar esa imagen que algunas personas tienen del iPad como juguetito para geeks, gadget para fardar o cacharro inservible culpable del hambre en el mundo y el calentamiento global. Un iPad es útil, muy útil, de hecho… si lo usas para los fines adecuados. Igual que los videojuegos pueden enseñarte muchas cosas, si sabes a qué jugar o la lechuga no engorda si no le echas tres botes de salsa rosa. Que sí, oiga, si lo quiere usted para tocar un piano virtual y tenerlo en el salón como una pieza de la vajilla para presumir ante las visitas, será una inversión inútil hecha por otro inútil, si se me permite. Que ahí está la cosa, ¿culpamos al invento o al uso que le da el señor que lo compra? Chan-chan, ¡qué tensión, preguntas sin resolver! En la próxima entrada destacaré algunas de las aplicaciones que pueden resultar útiles para cualquier trabajador de bien, especialmente traductores. Stay tunned!

¡Traductor tenías que ser!

Esto es lo que pensarán muchos viendo la que hemos liando hoy, 30 de septiembre, para celebrar a nuestra muy personal manera el Día Internacional de la Traducción. Como casi todos sabréis, muchas asociaciones como ASETRAD y APTIC celebran cada año este día organizando diferentes actividades relacionadas con el mundo de la traducción, todas altamente recomendables. Yo lo he hecho llegando tarde a mi primera clase de multimedia del MTAV. También tengo que darle las gracias a Manuel de los Reyes por elegir justo este día para publicar en su columna, La mano izquierda de la traducción, una entrevista sobre traducción literaria que América Garoña, Cristina Aroutiounova, Laura Carasusán, Rebeca Vicedo, Vicent Torres y una servidora tuvimos el placer de contestar.

No puedo comenzar a decir las tontás que me caracterizan sin ponerme un poco seria y moñas para felicitaros a todos por resistir en esta profesión tan, a veces, ingrata. Los que acabamos de empezar no acertamos a agradeceros lo suficiente el simple hecho de que sigáis ahí, que nos hagáis caso por Twitter incluso cuando lo que tenemos que decir diste de ser interesante y que nos intentéis contagiar de ese entusiasmo que tan rápido se pierde viendo cómo funciona el mundo. Que nos hagáis sentirnos menos raros por amar de verdad nuestra profesión, aunque haya quien no lo entienda. He tenido la suerte de conocer a un montón de gente interesante este último año gracias a la ayuda de la fuerza suprema que mueve el universo: internet. Entre esas personas se encuentra Maya Busqué, estupenda presidenta de l’APTIC y mejor persona, a la que iban a entrevistar esta mañana en Com Ràdio. A mí me gustan mucho los gaticos, los monetes y conocer más sobre la cría de la rana malva, pero a todos nos ha decepcionado ver que esos apasionantes temas (y otros más surrealistas que se os puedan ocurrir) son más importantes que dedicarnos, como colectivo que está de celebración un mísero día al año, cinco minutitos en antena. Por eso, como somos unos desgraciaos, hemos querido expresar (por vez doscientos) nuestro descontento hacia este tipo de feos y vacíos que hacen que los traductores seamos entes invisibles que a nadie le interesan. La parte buena es que, como bien dice el presentador en sus disculpas, somos una piña (de locos exaltados) y podemos permitirnos ir a trollear con mucho estilo muros ajenos. Like a boss.

Espera... ¿está enseñando a coser a un león?

Como hace rato que he perdido el tono solemne, quiero celebrar este día de euforia traductoril analizando a nuestro patrón, San Jerónimo. Antes de nada, tengo que decir que mi ateísmo no es ningún secreto. Durante cierta etapa de mi infancia me dio por presentarme ante la gente tal que así: “Hola, me llamo Nieves, tengo 9 años y no creo en Dios”. Esto producía, en primer lugar, mucho estupor en mis interlocutores, que generalmente eran padres de amigos. En segundo lugar, la gente se daba la vuelta y corría muy lejos con su hijo del brazo (dramatización). Sin embargo, como traductora que soy, no me quiero cerrar y acabar teniendo una visión ignorante en la que mi ateísmo equivalga a un interés cero por la religión que, me pese o no, es parte de la historia y la cultura de este mundo raruno. Por eso, haciendo un gran esfuerzo de búsqueda en Google (mentira), me he querido informar un poco más sobre este buen hombre del que, tonta de mí, no sabía nada de nada. Leo un poco sobre su traducción de la Biblia al latín (a la que se conoce como Vulgata) y me dispongo a ver cómo lucía nuestro señor patrón. Una de las primeras cosas que encuentro es la foto que veis arriba. ¿Un traductor que enseña a los leones a hacer calceta? Al parecer no era esta su actividad principal, por lo que veo en otras fotos. Rápidamente me he centrado en la que, creo, es la imagen que mejor le describe. Es decir, esta:

Se le ve muy animado.

San Jerónimo es un patrón requetebien escogido. Como podéis observar en este cuadro tan poco exagerado y barroco, era un tipo desnutrido por culpa de las bajas tarifas de traducción y no le quedaba mucho a final de mes para ropa. Mira que por aquella época no había mucha competencia, pero la cosa ya auguraba lo peor. El cuadro refleja también en sus ojicos una gran falta de sueño, tan típica en todo traductor trabajador que se precie. Suponemos que se despierta por las noches creyendo que ha encontrado la traducción correcta para ese término tan puñetero, pero no, solo le sale “lorem ipsum dolor sit amet”. Eso le pasa por haberse hecho un blog anteayer. Se nos distrae. El hombre solo quiere comer, dormir y traducir la maldita Biblia tranquilo, pero es que esta vida es muy dura y se ve que Dios aprieta y también ahoga hasta que no le has enviado el encargo terminado… y baratito, por favor. Otra de sus grandes virtudes es que, dentro de su recogimiento como autónomo, sabe rodearse de la gente adecuada: mirad sino esa bella calavera de unos hermanos siameses (eso, o lo que sea) que le acompaña. En otras representaciones de este buen hombre se ven más calaveras. Vamos, que tenía muchos colegas de profesión, solo que en el otro mundo. No quería competencia, supongo.

Mientras, con un libro delante y la tinta ya seca piensa “¿Por qué no me metí a panadero? Al menos la gente me diría cosas bonitas sobre mis baguettes”. Ahí está, como bien indica nuestra buena amiga Eugenia Arrés, “a Dios rogando y con la mazo-cruz dando”. Como me decía mi padre por teléfono justo ayer, es como se sobrevive en esta y otras profesiones: hay que quejarse de todo aquello que es injusto, pero también hay que dar el callo. Como podéis observar en la esquina superior izquierda, también acabó usando trompetilla de tanto ponerse el volumen alto cuando le hacían un encargo de subtitulación: los desgraciados no enviaban el guión. Ser traductor le cuesta algunos disgustos a tu salud, y eso te afecta al ánimo. No sabemos si fue antes o después de este cuadro que expresa el amor-odio de nuestro patrón por su trabajo y no queremos alimentar la leyenda más de lo necesario pero, por el bien de esta historia sense cap ni peus vamos a asumir que, en un acto de cabreo por el poco caso que nos hacen a los traductores, le puso unos llamativos cuernos a Moisés. ¿Qué? Se lo merecía, era de esos que van por ahí fardando de separar las aguas, con un montón de fans detrás. Y es que, amigos, si hay una lección imborrable que podáis aprender de esta entrada es que los traductores reptamos en las sombras esperando a vengarnos de todos vosotros y vuestra indiferencia. Ehm… quiero decir…. ¡feliz día del traductor! Apadrina a uno.

APTIC y sus consejos prácticos para el mundo laboral

El pasado día 8 de abril tuvo lugar en la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB una charla muy interesante sobre cómo introducirse en el mundo laboral, a cargo de Francesc MassanaMaya Busqué (a la que, por cierto, he tenido el placer de «desvirtualizar»), ambos miembros de la junta directiva de la APTIC. A pesar de ser una calurosa y soleada mañana de viernes, la charla fue todo un éxito de asistencia; hasta nos costó encontrar sitio. He de decir que, suerte la mía, casi nada de lo que escuché durante tres largas horas me venía de nuevo, lo cual es un gran alivio porque significa que voy por el buen camino. Sin embargo, se veía a un montón de chavales navegando a la deriva que necesitaban de verdad una charla así. Tras ver la orientación que se nos proporciona en este sentido durante la carrera, no puedo culparles (aunque me gustaría ver menos pasividad entre mis queridas generaciones venideras). Igual que no esperamos que nadie venga a explicarnos cómo vivir nuestra vida, no tenemos que asumir que existe una fórmula fija para tener éxito profesional o que, de ser así, alguien va a venir a recitárnosla mientras le miramos con cara de pasa sentados en el sofá de casa. En cualquier caso, para aquellos que no hayan podido asistir y se sientan asolados por millones de dudas sobre su futuro, he preparado esta receta casera inspirada en la charla a modo de resumen.

Tiempo de cocción:

De 1 a 5 años de trabajo duro, perseverancia y resistencia.

Elaboración:

Esta receta es mucho más fácil de preparar de lo que creéis, a pesar de los abrumadores y exóticos ingredientes necesarios para ello. El primer paso es cocinarla con amor por la profesión. Si no, esta no es vuestra receta. Principiantes o no, siempre somos traductores y, como tales, tenemos que cuidar y respetar lo que hacemos. Eso se refleja en varios aspectos que veremos a continuación. Lo primero que debemos hacer es crear una plantilla para nuestro currículum con nuestros datos personales, combinación de idiomas, formación y experiencia. Hay que deshuesarla, es decir, deshacernos de todos aquellos datos irrelevantes que no vayan a ayudarnos a cocinar: que hemos sido canguro (no me refiero a tener una bolsa marsupial), que nos encanta jugar a la petanca o que estudiamos en el I.E.S. Sáquenme de aquí de Villarriba. Si tenéis dudas sobre cómo deshuesar un currículum, podéis consultar uno de los muchos blogs de traducción que ya han hablado de ello. Esta plantilla será de vital importancia en nuestra trayectoria y servirá como base para los platos que cocinemos en el futuro. Es, en palabras de la propia Maya, «el documento con el que más trabajaréis en toda vuestra vida y el que mejor debéis cuidar». Hay que intentar conseguir el mejor resultado posible y dedicarle mucho tiempo, además de seguir mejorándolo con el paso de los años.

Esta plantilla la modificaremos según el tipo de trabajo al que aspiremos (añadiendo o quitando cursos, experiencia ajena al campo, etc.). Eso sí, tenemos que usar el sentido común y la imaginación: a veces una gran afición puede llevarnos hasta un gran trabajo. Tenemos la suerte de haber escogido una profesión en la que todo lo que hacemos en la vida nos puede llegar a servir de ayuda. Eso no significa que las citemos todas, de la primera a la última, sino que las seleccionemos teniendo en cuenta a qué puesto queremos acceder. Por ejemplo, Maya nos contaba que su pasión por la astrofísica la ha ayudado muchísimo tanto en algunos encargos de interpretación como en su trabajo en Redes, el programa de Eduard Punset (el único Dios en el que yo creería si no fuera atea). Como decía, a veces es importante añadir un toque de originalidad a nuestro currículum, algo que lo haga único. En ese sentido, se puede llegar hasta extremos inimaginables, todo depende de nosotros y de en manos de quién creamos que va a caer. Una anécdota relacionada con esta idea nos la contó Maya: en una ocasión se encontró delante del currículum de una traductora de neerlandés que especificaba en un apartado que estaba especializada en textos jurídicos, económicos, y, atención… ¡gatos, perros y caballos! Quizá os parezca muy temerario, pero lo cierto es que sirvió para llamar su atención por encima de otros currículums y la llamó con toda la curiosidad del mundo para saber por qué había puesto algo así. Si elegimos bien, podremos «llamar a diferentes puertas con diferentes documentos». De esta forma nos aseguraremos de presentarnos como profesionales orientados hacia la empresa en la que aspiramos a trabajar. Eso sí, no llaméis cincuenta veces: a nadie le gusta que le fundan el timbre.

Ahora que ya tenemos un currículum personalizado, lo mezclaremos en un bol con una carta de presentación en la que debemos explicar por qué queremos trabajar con determinada empresa y, sobre todo, hacer ver por qué nos necesitan, qué es eso que nos hace diferentes y perfectos para el puesto de trabajo en cuestión. Si batimos con decisión ambos ingredientes podemos llegar muy lejos. Pero, un momento, ¿qué es una buena receta sin una foto que nos muestre el resultado? Existe una cierta discrepancia entre si una fotografía ayuda o no a tu currículum. Tanto Maya como Francesc son partidarios del «sí, por lo general». Eso sí, no puede ser una foto cualquiera: tenemos que salir frescos como una mousse de limón recién sacada del frigorífico, dar un mensaje lo más positivo posible de nosotros. Como Maya recordaba, «nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en su DNI». A veces hasta es recomendable buscarnos a un buen fotógrafo que nos haga algo más profesional ¡elegid vosotros mismos!

Lo estás haciendo mal...

Todo esto os podrá parecer excesivo si estáis empezando a estudiar, pero pensad que nunca se sabe cuándo podréis tener una oportunidad de oro. Yo misma tiré una a la basura este verano, cuando me fui a Madrid a ver a mi familia sin el CV en el portátil: ¡facepalm! Mientras estaba allí, Hewlett-Packard colgó una señora oferta de prácticas en su departamento de localización. ¿Qué hice? Enviar una versión corrientucha estéticamente de mi CV, con una foto que no era ni de lejos la adecuada (tampoco llegaba al nivel del señor del pelo verde, no os creáis…) y además sin tener la oportunidad de llevarlo en mano y dejar bien claro cuánto me interesaba el puesto. Llegué lejos, pero al final la perdí. Con esto quiero que entendáis que es importante que os mováis lo antes posible para ir creciendo como profesionales, no sólo como estudiantes, pero tampoco os agobiéis más de lo necesario: ¡la carrera es lo primero!

Usar los cacharros de otro tiene sus ventajas, pero a veces os surgirán oportunidades a las que os tendréis que enfrentar solos. Es por eso que ambos hicieron especial hincapié en el papel de los autónomos, esos que cocinan, limpian y presentan el plato ellos solitos, sin la ayuda de nadie. Sobre esto, precisamente, se nos habla muy poco durante la carrera. Hay que dejar claro que no todo el mundo sirve para ser autónomo, debemos conocernos muy bien a nosotros mismos y valorar si seremos capaces o no de desempeñar esta tarea. Maya comentaba que muchas veces, si no tienes la necesidad, no te lanzas a la aventura de ser autónomo. Sin embargo, es importante saber cómo funciona: puede que hoy estemos a gusto trabajando en plantilla, pero que pasado mañana nos apetezca probar cosas nuevas. Para ello es importante tener listos varios ingredientes.

El primero es 1/2 kg de tarjetas profesionales, como estas tan originales de otros compañeros. En ellas especificaremos nuestra especialización y nuestra combinación de idioma, y datos como nuestro teléfono, correo electrónico o página web. Las tarjetas son importantes cuando asistimos a congresos, cenas, actividades o incluso para repartir entre nuestros conocidos, que, en muchos casos, serán la clave para conseguir trabajo. Mientras preparamos las tarjetas tendremos que hacer la base de la receta. Para ello es necesario crear presencia en internet. Si queremos una base sólida, necesitamos mezclar la compra de un dominio propio (no hay excusa para no hacerlo ¡un .com son ocho euros al año!) para nuestra página web o blog personal con la creación de varios perfiles profesionales (LinkedIn, ProZ, Twitter, Facebook, Traditori). Además, nos recomendaron registrarnos en comunidades como Translator’s Café, Payment PracticesTranslator’s Base. Sólo con esto último una servidora pudo conocer a un montón de gente sin esfuerzo en la I International Conference on Translation and Accessibility in Video Games and Virtual Worlds.

Si vamos a ser autónomos, tenemos que pensar que somos pequeñas empresas. Francesc nos recomendó llevar un control de nuestros clientes y aprender a realizar algunas tareas administrativas básicas (que, por supuesto, también se deben cobrar). Una buena idea si estamos empezando es elaborar una lista de clientes potenciales relacionados con nuestro campo con los que nos gustaría trabajar. No podemos olvidar añadir a esta receta las listas de distribución, donde los profesionales de nuestro campo discuten y exponen diferentes temas. Es importante aprender de ellas: primero debemos observar lo que se dice y cómo interactúan los traductores que participan en ellas, para luego empezar a involucrarnos. Antes de hacerlo debemos tener claras las normas de participación. Si habéis formado parte de algún foro esto funciona exactamente igual. Algunas listas que se mencionaron son: ATD, Traducción en España o, para amantes de lo audiovisual, TRAG. Por extensión, también es importante asociarse, ir a cursos, conferenciasconocer gente, ya que tenemos la gran suerte de formar parte de una profesión donde, en términos generales, el compañerismo está por encima de la competitividad. Si queréis saber más sobre las asociaciones de traductores podéis visitar el tablón de anuncios de ASOCESP, en el que aparecen todas listadas a la derecha.

Sobre las tarifas no voy a extenderme ya que, como todos sabréis, es un tema ampliamente tratado y discutido por la red (aunque algo tabú también). Si queréis más información podéis consultar la encuesta de tarifas de la APTIC o las tarifas de la EIZIE, además de probar CalPro, la calculadora de gastos, ingresos y rendimiento profesional desarrollada por ASETRAD. En cualquier caso, Maya y Francesc recomendaron marcarse un umbral de precio por debajo del cual no merece la pena encender el ordenador y hacer un trabajo cualificado por el sueldo de un trabajo no cualificado. Su consejo fue no trabajar por menos de 0,06-0,07€ por palabra, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Eso sí, como bien me ha recordado Maya por ahí abajo, ese es sólo el mínimo: «a partir de ahí, el cielo es el límite». También tened en cuenta que muchas veces dependerá del idioma: conozco a traductores de japonés que cobran entre 0,15-0,19€ la palabra y que por menos de 0,12€ no trabajan.

Cuando empezamos parece que si no tenemos experiencia remunerada no servimos para nada, pero no debemos dejarnos convencer: lo que debe hablar por nosotros es nuestro potencial, nuestra capacidad y nuestras ganas de trabajar duro. Eso sí, no a cualquier precio. ¿Que por qué? Porque existen infinidad de sitios donde adquirir experiencia en diferentes campos de forma voluntaria, aunque no remunerada. En la ronda de preguntas surgieron algunas dudas respecto a cómo adquirir experiencia en interpretación, ya que hay menos información, y nos recomendaron Babels, una red de voluntariado en la que te pagan viaje y alojamiento a diversos lugares del mundo a cambio de hacer de intérprete en los foros sociales que organizan. Si la causa merece de verdad la pena, a veces es mejor dedicar tiempo a esto mientras buscamos un trabajo digno que tirarnos en brazos del primer «desgarramantas» que nos ofrezca un trato suculento (para él, principalmente). ¿Significa esto que pagar por trabajar, como ofrecen algunas empresas, es otra buena opción? En mi opinión (y la de ellos), no, nunca. Como acabo de explicar, existen otras opciones que no tienen nada que ver con estas tendencias del mercado tan preocupantes. Si queréis saber a qué me refiero, podéis leer esta reseña sobre Lionbridge publicada en el blog de Leon Hunter.

...contra el mundo.

En relación a todo esto surgió un tema que ya os comentaba en mi primera entrada: no debemos confundir el miedo con el respeto. El miedo nos lleva a no hacer cosas, mientras que mirar los nuevos retos con respeto nos sirve para valorar la dificultad de lo que estamos haciendo sin huir de ello. Por eso tenemos que aprender a valorarnos, ser conscientes de nuestras limitacionesconocer nuestros puntos débiles (pero no dejar que se vean) y exponer los fuertes. Existe un punto medio entre ser un prepotente y pasarse de humilde: ahí es donde debemos intentar estar. Aunque todos estos consejos están muy bien y os servirán como guía, si queréis saber cómo convertiros en grandes profesionales de verdad necesitáis apoyaros en vuestra intuición y formaros una opinión sólida sobre todo tipo de cosas. Pensad que las recomendaciones nunca están hechas para ser seguidas al pie de la letra, ya que todos queremos cosas distintas y tenemos puntos de vista diferentes. Esta fórmula se puede adaptar a otros paladares emprendedores que no tengan nada que ver con la traducción.

¿El resultado? Lo tenéis a vuestro alrededor. Es especial por un motivo: con los mismos ingredientes nunca se consigue un resultado igual que el anterior. Te puede salir un quiché Algo más que traducir, una ensalada El Taller del Traductor, una tarta de queso Traducistes, unos ravioli Localización y Testeo con Curri o una lasaña La paradoja de Chomsky, entre otros muchos platos con presencia. Si queréis ser como ellos, el primer paso es pensar que no tenéis nada que envidiarles, pero mucho que admirar. Una cosa está clara: nos hemos pasado toda la vida comiendo, ¡ahora toca cocinar!

Encontrar las palabras adecuadas

Empezar siempre es difícil. Hacerlo bien es mucho más complicado. Bienvenidos al día a día de un traductor: siempre en busca de lo adecuado, lo que funciona, lo que deja un buen sabor de boca. Una de las cosas a las que he tenido que aprender a enfrentarme en los últimos tiempos es a sentarme delante de algo y no ponerme a mí misma cien excusas para salir corriendo atemorizada. A veces el miedo a no estar «a la altura» te hace no estar a secas, cosa que no es mucho mejor. Echando la vista atrás, incluso retrasar esta primera entrada no ha sido bueno. En determinados momentos he sentido que tenía algo importante que decir, pero no tenía dónde.  Pues eso se acabó.

La gente lo pide en las calles

Llevo un tiempo pensando en la importancia que le damos a los errores y en lo que se puede aprender de ellos. Desde luego, la pasividad ayuda a no cometerlos. También a ser invisible. La despreocupación, por su lado, ayuda a vivir con la cabeza un poco más despejada, pero también nos acaba haciendo descuidados. Ninguna de las dos cosas funciona en la vida de un traductor. A veces, no siendo una cosa ni la otra, uno mete la pata hasta el fondo. Quizás su error cambie muchas cosas, o quizás pase inadvertido durante años hasta que alguien se dé cuenta y se eche las manos a la cabeza. Quizás, aunque importante, sea tan desconocido que acabe en una entrada de blog perdida entre miles de datos. Todos cometemos errores, la pregunta es ¿qué pasará con ellos? El otro día me preguntaba precisamente esto cuando, curiosamente, nuestro profesor de Leyendas medievales, Antoni Rossell, nos contó una anécdota interesantísima que tiene mucho que ver con el lenguaje y con equivocarse. La protagonista no es otra que Cenicienta y en el papel secundario tenemos al Sr. Presunto Error de Transcripción. ¿Nunca os ha llamado la atención que los zapatos de Cenicienta fueran de cristal? Claro, es un cuento de hadas, todo es posible, y más después de pasar por las edulcoradas manos de Disney. Sin embargo, parece retorcido que una simpática hada nos regale unos ¿comodísimos? zapatos de cristal para ir a un baile de la realeza. Sí, señores, a un baile. Es posible que en algún momento hayamos pensado: «serían espectaculares, pero también un rato frágiles e incómodos». Ahí todos nos paramos, sonreímos y decimos «cosas de cuentos». Pues no, amigos.

No duelen nada, de verdad...

Para entender lo que pasa aquí no podemos olvidar que se trata de un cuento de tradición oral. Como sabréis, una de las versiones más famosas (y la más antigua que consta por escrito, si no me equivoco) es la de Perrault, titulada en francés Cendrillon ou La petite pantoufle de verre. Ay, el verre, más conocido en estas tierras como vidrio o cristal en este caso concreto… Pero, espera, en muchos sitios este cuento aparece citado como La petite pantoufle de vair. Vaya, sabiendo un poquito de francés y otro poquito de fonética algo llama la atención. Vair se pronuncia ¡sorpresa! prácticamente igual que verre. La pregunta es: ¿qué significa vair? Pues ni más ni menos que vero. Resulta que el vero es un material hecho de piel de «petit-gris», un tipo de ardilla Siberiana (como corregía Yuste Frías en los comentarios), muy utilizado para confeccionar las vestimentas de hombres y mujeres pertenecientes a clases (muy) altas en la antigüedad, y también presente en la heráldica. En otras palabras: un material con el que se pueden hacer perfectamente unos zapatos cómodos, con clase, aptos para bailar, caros y propios de una princesa de la época. Al parecer su color cambia con el reflejo del sol, un efecto bastante similar al que se produce en algunos tipos de vidrio. Curioso cuanto menos ¿no creéis? Teniendo en cuenta que hasta la versión escrita de Perrault la historia circulaba de forma oral, sería bien posible que se tratara de un error de transcripción. Por otro lado, se dice que Perrault eligió utilizar el vidrio a conciencia, ya que en su época este material era más difícil de formar que el oro (que, por ejemplo, aparece en la versión china del cuento) y por tanto no dejaba lugar a engaños por parte de una plebeya. Quizás Perrault, un gran especialista en lengua francesa, fuera consciente de la importancia del material del que estaba hecho el zapato y por ello lo cambiara por otro más acorde e igual de caro/exclusivo en su época. ¿Cometió un imperdonable error o tomó una decisión de adaptación arriesgada? Veamos qué piensa nuestra protagonista:

Say WHAT?

Me parece que se ha quedado de piedra. Lo sé, Cenicienta, si esta anécdota es cierta tu noche movidita habría sido mucho más cómoda, pero ¿no es bonito aprender de los errores, aunque a veces dejen marca, como un zapato de cristal? Hace que las certezas dejen de existir por un momento. Replantearse las cosas nunca está mal. Mi consejo para las nuevas y atemorizadas generaciones es: no tengáis miedo a fallar, pero tampoco le perdáis el respeto. Si hay algo que he aprendido en estos cinco años es que para encontrar las palabras adecuadas casi siempre hay que equivocarse antes. O como dijeron mucho mejor los señores de Aerosmith: you’ve got to lose to know how to win.