Tarjetas que dan vida

Después de «Subtítulos que matan», el drama que conmocionó a la comunidad traductoril, llega a sus pantallas una historia de amor y superación personal… Nah, es broma. Tendréis que perdonarme, pero son días tensos y estresantes para los que asistiremos a la II International Conference on Video Game and Virtual Worlds Translation and Accessibility. A mí me están temblando ya hasta los menudillos. Una servidora va a proporcionar a los asistentes una voz melodiosa de fondo para que se echen una siesta relajante y, los demás, a contar cosas muy interesantes sobre traducción, localización, control de calidad y accesibilidad, entre otros maravillosos temas. Si te lo pierdes hay tres opciones: estás loco, estás lejos o estás sin blanca. ¡Menos mal que existe Twitter!

El caso es que este último mes ha sido algo difícil de sobrellevar por diversos motivos personales y profesionales y, para rematar, las entregas de clase han empezado a apilarse de forma monstruosa. Esto pasa siempre que estudias algo: hay dos o tres épocas al año en las que los profesores se ponen de acuerdo sin saberlo de forma misteriosa para hacer coincidir las entregas más importantes en un mismo periodo de tiempo. No sé cómo lo hacéis, queridos profesores, pero tenéis que explotar este don sobrenatural de otra forma. En definitiva, he ido como un muerto viviente de aquí para allá sin ponerle mucha energía o ilusión a la vida. Y eso nunca gusta. Pero no todo es sufrir y el universo te recompensa con detalles pequeños, tontos, pero que te devuelven un poco de energía.

Justo ayer estuve de visita con mis compañeras de prácticas en un estudio de doblaje oyendo cosas realmente escalofriantes y mordiéndome los nudillos para no hacer nada estúpido porque, oye, la ignorancia y el maltrato ajenos no se arreglan con violencia. La vida ya pondrá a cada uno en su sitio. Al final, además de cansada, llegué algo indignada a casa, pero vi que una de mis anteriormente mencionadas compañeras, Nadia, escribió esta entrada sobre sus tarjetas profesionales y lo bien que se sentía al tenerlas. Y entonces me di cuenta de que lo que había escuchado esa mañana sí que había servido para algo: para demostrar que a gente como ella nadie le va a quitar la ilusión, aunque sea realista y sepa que las cosas están jorobadas. Por un oído le entró, por el otro le salió, y eso me dio muchos ánimos para irme a dormir más tranquila y decidir tomarme un día libre (hoy) para recuperar fuerzas.

Esta mañana ha amanecido, no os contaré a qué hora para que no me perdáis el respeto, y lo primero que he visto ha sido un tweet de Curri, que me avisaba de que había llegado a su casa el pedido de tarjetas que hice a Moo. Sí, a su casa, porque esta muchacha tan maja me ha ahorrado unos eurillos de gastos de envío y, además, se ha tomado la molestia de hacerles unas fotos. La verdad es que me he sentido igual que el día de Reyes, pero cuando las he visto me he emocionado más todavía. Han quedado tal y como esperaba. Son mis primeras tarjetas y tenía miedo de que pudiera cambiar mucho el resultado, pero recomiendo encarecidamente el servicio de Moo: no es el más barato, pero es rapidísimo y la calidad es estupenda. Aquí están:

¿Qué os parecen? Todo el esfuerzo y la creatividad en realidad se los debo al diseñador de estas tarjetas, alguien que me conoce muy, muy bien y que ha dado en el clavo a la primera: mi hermano Javier (available for hire ;D). Por más familia que seamos, hacer un trabajo así en tan poco tiempo y sin cambiar apenas ningún detalle después de consultar con el cliente me parece algo admirable. Tengo esa suerte, amigos, me tocó un hermano diseñador, fotógrafo, escritor y en general un tío con talento. Y, de regalo, un novio hecho de la misma masilla. Puedo pagar estas cosas con amor, comida y publicidad gratis en Tumblr, suerte la mía. De todas formas, animo a todo el mundo a buscar a un buen profesional para estas cosas alguna vez en la vida, porque hace mucha ilusión ver el resultado. Claro que las que se curra uno solito también pueden ser estupendas, no hay más que ver los ejemplos que nos mostró Olli ya hace algún tiempo. Hay gente por ahí que hace auténticas maravillas que puede que os sirvan de inspiración. Al final, lo más importante es sentir que en ese pequeño papel hay un poco de nosotros mismos. En este caso, queríamos algo desenfadado y que reflejara cada una de mis áreas de especialidad de una forma simpática y yo estoy muy contenta con el resultado. Además, la idea de incluir un código QR me parece muy útil. Para el logo, a mi hermano se le ocurrió aprovechar la feliz casualidad de que mi inicial y la de mi profesión fueran las mismas que las de las “N. del T.” y crear una especie de imagen corporativa con el asterisco como sello personal. Os dejo otra imagen donde se ve un poco mejor el texto de las tarjetas:

Ahora ya solo queda terminar la página web, hacer que la gente se duerma en la conferencia, conocer a más gente estupenda y seguir haciendo cosas. Además, el día 22 hará un año que este blog cobró vida y me falta sitio en el ciberespacio para explicaros la cantidad de cambios positivos que ha traído a mi vida. Si me contaran todo lo que me iba a pasar hacer 365 días, jamás me lo habría llegado a creer. Y vosotros, ¿tenéis tarjetas profesionales? ¿Os atrevéis a contribuir a la Semana de la moda tarjetil con una entrada sobre ella? ¡Yo no puedo esperar al jueves para cambiar cromos con mis traductores favoritos!

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Trabajar desde un iPad: entresijos

Amigos, amigas, es oficial: la gente me mira raruno en el tren cuando saco este aparato de tecnología sin precedentes. Sí, irónicamente, hasta los señores que teclean rabiosos en su Blackberry o consultan el correo en su iPhone abren los ojos como platos como si la señorita de Neutrex Futura se acabara de sentar a su lado con un invento revolucionario venido de otros tiempos más avanzados. No sé cuándo empezaré a acostumbrarme a esa sensación tan rara de tener entre las manos algo que yo considero un instrumento de trabajo más mientras los demás me miran como si poseyera tres yates y un transbordador espacial por el simple hecho de haber decidido invertir mi dinero en un aparato tecnológico en vez de en copas el finde. Lo digo sin ningún tipo de orgullo elitista de ese que les sobra a muchos modernos ilustrados torturados por los gustos generales de la sociedad y sin la más mínima intención de despreciar las muy honorables aficiones de fin de semana de cada uno. A mí me encanta la tecnología, jugar al Scrabble con mi novio los domingos y cepillarme seis temporadas de una serie en menos de un mes, qué queréis que os diga, el mundo me ha hecho así. Y casi mejor, porque no hay bares ni banda ancha para todos. Vamos a repartirnos, a dejar que cada uno haga su cosa y, sobre todo, a trabajar, que es de lo que va esta entrada (bueno, no te creas…).

Venimos del futuro a acabar con vuestro planeta.

Antes he dicho que decidí invertir mi dinero en un iPad, pero en este caso, es un decir. De momento, soy un ser sin porvenir y este tipo de cosicas se las debo a otras personas. Ya me había planteado más de una vez que, con mi latente adicción a las redes sociales (no me denunciéis al Plan Nacional sobre Drogas, que tampoco me ha ido tan mal hasta ahora), igual no era una buena idea tener un smartphonePor otro lado estaba la problemática de vivir a cinco minutos en coche de mi universidad pero, como socia de «Personas sin habilidades motrices adecuadas para conducir» , tener que pasar una hora y media de trayecto en transporte público. Eso son tres horas por cada día de clase. Es mucho, mucho tiempo, cosa que nunca sobra cuando estás compaginando estudios, trabajo y amar tu casa. En cualquier caso, en aquel momento no tenía trabajo y era un lujo que ni quería ni podía permitirme porque realmente no me hacía falta. Tengo el móvil para que haga peso en el bolso por si tengo que golpear a algún atracador y poco más, ¿para qué carajo quería un iPhone? ¿Para jugar al Angry Birds en el tren? Pues no, mira. Si el mayor drama era perderse tantas cosas interesantes que rondan por Twitter, tocaba apechugar y ver cómo, al parecer, un niño de 10 años sí que necesita algo que tú crees que no te hace tanta falta y llorar un poco en silencio por este mundo enfermo.

Lo malo y lo bueno es que entonces llegó Tumblr: un puesto digno, os juro que todavía existen. Ante esta situación y por las características de mi trabajo, algo que pienso explicaros algún día más bien cercano, me vi ante la casi necesidad de tener un aparato mediante el cual estar siempre disponible por correo electrónico como poco y por Skype como mucho. Así, de la noche a la mañana. Durante el verano podía tirar robándole el iPhone a mi consorte, pero ¿qué pasaría cuando empezara el curso? ¿Y si intentaba buscar más trabajo y esas horas fuera de casa eran claves para conseguirlo? ¿Y si el Máster daba mucha faena? Volví a sopesar el tema del iPhone, pero estaba la incertidumbre de cómo sería mi situación después de septiembre y si era una inversión realmente útil. Mis padres, que son especialistas en saber lo que necesitas antes de que tú mismo tengas ni idea, se adelantaron y me dieron un sorpresón de fin de carrera. En casa nunca hemos vivido con grandes lujos, los veranos los pasábamos en la bella Rivas y la mayoría del tiempo libre que tenían, nuestros padres lo dedicaban a estar con nosotros. Jamás podré agradecerles lo suficiente no solo ese tipo de dedicación, sino lo bien que han sabido ser generosos con nosotros sin convertirnos en niños repeinaos. En cierto modo, creo que eso se debe a que las cosas que hemos tenido han acabado por ser una inversión en nuestra educación, como en este mismo caso.

Con el iPad me encontraba con esa sensación entre la alegría desbordante y la culpa dubitativa. ¿Lo necesitaba de verdad? Ya os contesto yo: «necesitar» es un verbo que le reservo a muy pocas cosas en esta vida, pero si la pregunta verdadera es «¿ha hecho mi vida más fácil y productiva?»  la respuesta es sí treinta veces, da igual la hora del día a la que me lo preguntéis. Con esta entrada no quiero animar a todo el mundo a comprarse un iPad porque sí, sino a pensarse trescientas veces en qué gasta uno el dinero y qué busca en lo que se está comprando. No te fíes de tu sobrino que sabe un montón de informática (concretamente sabe cómo instalarte el Windows XP, ni siquiera el 7) o de tu compañero de trabajo, que tiene un gusto exquisito comprando jarrones Ming, simplemente piensa que cuando gastas dinero, inviertes en algo y es para ti. No importa lo que piensen los demás, establece unas necesidades, apunta los pros y los contras y gástate lo que a ti te parezca conveniente (aunque si te vas a por algo engarzado en diamantes, igual empiezas a caerme bastante mal). En este caso, solo puedo hablar por mí y decir que, en función del brutal uso que le doy casi a diario, estoy muy satisfecha y creo que merece realmente la pena como sustituto de un portátil si tienes un entorno de trabajo sencillito como el mío. No entraré a discutir la diferencia con otros tablets, porque estoy segura de que también son una estupenda inversión, aunque comparando yo les vea más pegas que ventajas y encima al mismo precio. Como os digo, hay que elegir a la medida de uno, y punto.

Karate a muerte entre manzanitos.

El iPhone quedó totalmente descartado porque su única ventaja frente al iPad, además del precio, era que servía para tener todo en el mismo aparato y olvidarse del móvil. Como quedamos en que el móvil solo me sirve como arma de defensa personal o para medir mi paciencia contra televendedores pesados, no me lo volví a pensar mucho. Un smartphone es muy útil para responder a necesidades básicas del trabajo como contestar correos o atender a las redes sociales profesionales, pero si hablamos de dedicarle unos cuantos minutos a editar o revisar textos, la cosa se fastidia. La mayor parte de mi trabajo actualmente consiste en redactar entradas para el blog del equipo de Tumblr en español, traducir otras del blog oficial en inglés y editar, revisar y traducir los documentos de ayuda. Todas estas cosas se pueden hacer desde el mismo navegador, aunque en el caso de los documentos, cuando trabajo desde casa, copio el texto en Word y voy alimentando una memoria de traducción que me ahorra mucho trabajo. Ya os explicaré en la próxima entrada cómo soluciono este pequeño problema cuando trabajo fuera. Sin embargo, todo lo que atañe al blog se puede hacer perfectamente desde el iPad, ya que la mayoría es contenido original que tengo que generar yo misma. Hay dos modalidades de entrada: blogs destacados y entrevistas. Esto último suele llevarme bastante más trabajo, ya que conseguir que la gente te devuelva los correos a tiempo (o que te los conteste a secas) es algo complicado y requiere ser un poco pesado y estar pendiente del correo y de las redes sociales. En cuanto a las traducciones de entradas en inglés, suelen correr bastante prisa, así que muchas veces el encargo me pilla on-the-go y aprovecho esos ratos muertos de tren para quitármelos de encima y tener al cliente muerto de felicidad. Todo esto no podría hacerlo cómodamente en la pantallita de un móvil. Os preguntaréis por qué me lío con un iPad pudiendo utilizar un portátil o un netbook, que me restringen menos a la hora de hacer ciertas cosas algo más complejas. Yo os lo explico…

¿Qué ventajas tiene sobre un portátil?

Comodidad y rapidez, principalmente. La primera vez que coges el cacharro y te lo guardas en un bolso enano para sacarlo de casa es maravillosa, pero aún mejor es echárselo al hombro y disfrutar de un peso casi inexistente y ningún bulto evidente hacia el exterior. Si tienes unos cascos con mando a distancia ya es la panacea: enchufas el iPod y a tirar millas. Luego llega el momento de utilizar las posaderas y aquí viene lo mejor. En los primeros años de universidad tenía unas tres horas de tren cada semana para ir hasta Manlleu, así que trabajaba muchísimo en el portátil. Os puedo asegurar que era una pesadilla, y más si lo acompañaba la conducción peligrosa de los señores de la Renfe o uno de esos pasajeros que creen que tu asiento también les pertenece. Un tren de media distancia no es el entorno de trabajo ideal uses lo que uses, todo hay que decirlo, así que uno teclea bastante incómodo en esta situación, pero tener una pantalla un poco más grande y un teclado físico no compensa el ir con un bulto a cuestas que además también te exige más espacio vital a la hora de utilizarlo. Cuando te acostumbras al teclado táctil y pillas velocidad, no tiene nada que envidiarle a uno tradicional y tu productividad no se resiente.

Otra cosa que me gusta del iPad es el modo reposo, que le da cien patadas al de cualquier ordenador. Además, no hace falta que cierres los programas que estabas usando antes de apagarlo, así que si uno está a punto de pasarse de parada es cuestión de cerrar la tapita y salir corriendo. No sería la primera vez que salgo medio arrastrándome de un tren porque no he guardado el portátil a tiempo…  Luego está mi parte favorita: la rapidez de carga de las aplicaciones. Con la nueva actualización a iOS 5, además, es mucho más sencillo pasar de una a otra. El hecho de tener a tu alcance recursos como los que ya comentaré (diccionarios, enciclopedias, vídeos) mediante una aplicación, sin necesidad de trabajar a través del navegador, es una pasada, pero que se carguen en un abrir y cerrar de ojos es mucho mejor. Además, las interfaces suelen ser mucho más agradables a la vista en versión aplicación que en los programas que todos tenemos instalados en el ordenador, así que en algunos casos incluso cuando estoy en casa me enchufo al iPad porque me resulta más cómodo trabajar desde ahí, ¡imaginaos!

¿Y sobre un netbook?

Partimos de esta base: nunca le he visto la chicha a los netbooks fuera del uso personal y de relativo ocio. Tiene las incomodidades de un portátil y, encima, en un formato tan pequeño que trabajar en él no es mucho más apasionante que en un tablet: más peso, más grosor, not cool. Jugar ya debe de ser una pesadilla. Si hablamos de formatos reducidos, siempre es preferible librarse del teclado físico: su minusculidad lo hace tan o menos cómodo que uno táctil, aunque es cierto que no roba espacio de la pantalla. Y ahí está, esa palabra mágica que tanto he repetido: «táctil». No hace falta que os cuente lo maravillosa que es dicha tecnología cuando te familiarizas con ella ni la cantidad de tiempo que ahorra. La definición y la calidad de la pantalla también me parecen importantes. ¿Un ejemplo? El iPad y la Smart Cover han resultado ser fantásticos a modo de segunda pantalla para los ejercicios de clase de doblaje: no ocupan demasiado sitio en la mesa y tienen el tamaño perfecto para poder visualizar la película mientras trabajo con el guión en la pantalla grande, sin que me moleste un segundo teclado. Está claro que, actualmente, los netbooks son dos o tres veces más baratos que los tablets, pero creo que, en perspectiva , éstos últimos son más completos porque sirven tanto para trabajar como para sacarle un montón de jugo a tu tiempo de ocio, todo junto pero no revuelto. Y ya no os cuento el gustazo que es traducir una aplicación y poder testearla en vivo y en directo…

Con esta entrada solo pretendo exponer mi experiencia y aportar mi granito de arena para desmitificar esa imagen que algunas personas tienen del iPad como juguetito para geeks, gadget para fardar o cacharro inservible culpable del hambre en el mundo y el calentamiento global. Un iPad es útil, muy útil, de hecho… si lo usas para los fines adecuados. Igual que los videojuegos pueden enseñarte muchas cosas, si sabes a qué jugar o la lechuga no engorda si no le echas tres botes de salsa rosa. Que sí, oiga, si lo quiere usted para tocar un piano virtual y tenerlo en el salón como una pieza de la vajilla para presumir ante las visitas, será una inversión inútil hecha por otro inútil, si se me permite. Que ahí está la cosa, ¿culpamos al invento o al uso que le da el señor que lo compra? Chan-chan, ¡qué tensión, preguntas sin resolver! En la próxima entrada destacaré algunas de las aplicaciones que pueden resultar útiles para cualquier trabajador de bien, especialmente traductores. Stay tunned!

A través del espejo y lo que todos encontramos allí

Como Alicia cayendo en la madriguera, Lena con su secreto, Coraline tras una puerta o Matilda ante un libro, todos hemos sentido alguna vez que existen un lugar y un momento donde aquello que imaginamos, que queremos y que tememos se junta para tomar el té y nos da la bienvenida con una inquietante sonrisa. Al principio todo nos parece increíble, no podemos dejar de mirar. Pronto nos damos cuenta de que no alcanzamos a entenderlo y empieza a asustarnos. ¿Qué es este lugar que no comprendo? Todo lo que no sabemos, incluso aunque hayamos oído hablar de ello, nos resulta aterrador. Sospechoso. Nuevo. Seguimos la aventura entre la ilusión y la desconfianza, porque no todos los días llega uno por arte de magia a un sitio que ya creía que no existiría. Encontramos a quien nos ayuda, pero también a quien nos lo pone difícil. La gente, en general, tiende a estar loca como un sombrerero. Nos desesperamos porque el croquet no es lo nuestro. ¿Nos cortará la cabeza la Reina Roja? Eso parece. Está claro. ¿Y si no ocurre? Al fin y al cabo, este es nuestro cuento. No sabemos qué va a pasar, pero estamos contentos de haber conocido este mundo. Tenemos miedo porque parece que no volveremos a verlo. Cae una hoja y… estamos en casa.

¿Qué pasa luego? Luego te despiertas, vuelves y sabes que todo ha pasado de verdad, aunque ahora parezca un recuerdo minúsculo dentro de tu ocupada mente. Entiendes que todas esas veces en las que alguien te dijo que creer que la vida podía ser como un cuento es absurdo e infantil, se equivocaba. Ese alguien no entiende que en los mejores cuentos también se reflejan las cosas más oscuras de este mundo, la tristeza de quien lee y escribe; que no todo en ellos es siempre perfecto. Ese alguien cree que es mejor nacer y crecer siendo ya muy viejo y estando cansado sin haber intentado descubrir si todo podía ser cierto. No puedes y no debes hacerle caso a alguien que no persiguió su objetivo incluso cuando parecía ridículo y peligroso. Alguien que, en definitiva, nunca se molestó en mirar a través del espejo.

Si todavía sigues conmigo, tengo que devolverte a este mundo y contarte que yo sí pude y quise mirar. Poco antes de hacer mis últimos exámenes y terminar la carrera, alguien me llamó desde el otro lado. Aunque todo eso ya lo he contado. Está demostrado que el croquet se me da muy mal y que tardaré un tiempo en ser buena en ello, pero olvidé que hice otras cosas en mi pequeño viaje que fueron, quizá, mucho más importantes. Debieron serlo porque, al final, conseguí mi primer trabajo. Ese primer trabajo que mucha gente se ha encargado de decirme que no existía en estos tiempos tan raros, que nunca conseguiría (y mucho menos nada más salir al mundo, cosa que ya de por sí da mucho miedo). Un trabajo que me gusta, por el que me despierto cada día con ganas de trabajar de sol a sol, que me llena, de lo mío, en una empresa a la que admiro desde hace tiempo, que me trata muy bien, que me paga un salario más que decente y que me da libertad para opinar, crear, aprender y hasta me pide consejos. Que me valora y cuenta conmigo a largo plazo. ¿Es todo tan bonito como parece? Día a día se me hace más difícil contestar con un no a esa pregunta. No creo que haya hecho nada especial para conseguirlo, no sé ni siquiera si me lo merezco. Sólo sé una cosa: nunca dejé de creer que podía hacerlo.

Compruebo cada día que me queda muchísimo por aprender y sé que seguramente meta la pata. Habrá gente que me fustigue verbalmente all over the internet por traducir esto así o aquello asá. De algunos aprenderé y a otros tendré que aprender a ignorarlos. Los primeros días me sentía como un parvulito cuando alguien pronunciaba las palabras «darse de alta en autónomos» o «cobrar por horas» . Luego, gente como Pablo y Curri me ayudaron a dejar de hiperventilar por culpa de la burocracia y a recordarme que lo importante ahora era el trabajo. Y, poco a poco, no sé muy bien cómo, he ido solucionando las cosas que me daban miedo. He comprobado en mis carnes lo puñetero que es trabajar sin un contexto, lo difícil que es a veces encontrar una solución que al día siguiente viene sola, como si nada. Todas esas cosas que ya sabes, que has leído mil veces y por las que intentas criticar lo mínimo el trabajo del de al lado, pero que son muchísimo más evidentes cuando te enfrentas a ellas. He tenido problemas, dudas y dilemas de principiante, y otros simplemente típicos de los locos que nos dedicamos a esta profesión, pero ¿sabéis qué? Todas esas cosas dejan de dar miedo y de preocuparte la primera vez que ves tu trabajo en pantalla, hecho realidad. Sólo por llegar a vivir eso, tengo que deciros que merece la pena que persistáis. Que tengáis paciencia. Si hay un momento en el que podéis arriesgaros, es ahora que no tenéis nada (o poco) que perder.

Hace no mucho decidí volver a sentarme delante de esta extraña cosa que llaman blog. Durante toda mi vida he escrito en sitios como este y también en otros muy distintos con una única motivación: dejar que mis manos vayan por donde deban. Este post, sin ir mas lejos, ha cambiado de tema y de forma tres veces en una tarde y, al final, ha querido ser esto que tenéis delante. Es una muestra de que no, no sé venderme por lo que hago o lo que digo. No escribo, ni trabajo, ni respiro con el fin de encontrar nada a cambio, aunque me sienta muy honrada si eso ocurre. No me hice una cuenta de Twitter para conseguir followers. No actualizo mi Facebook para que la gente monte debates de varias páginas, a pesar de que tienda a ocurrir con frecuencia. No volví a la blogosfera porque 9 de cada 10 profesionales lo recomiendan. Y no me hace feliz mi trabajo por ver lo que consigo a cambio, sino por hacerle la vida más fácil a alguna persona con ello. A pesar de que todo eso va en contra de la idea del éxito que os intentará inculcar mucha gente, a mí siempre me ha funcionado. Siempre. Por eso tengo que darle las gracias a mis padres: por prestarme muchos libros y por enseñarme que no cuentan mentiras.

Habrá gente que os aconsejará que relativicéis cada uno de los pasos que déis en el País de las Maravillas. Que ocultéis los tropiezos al mundo, porque es contraproducente enseñarlos. Que no escribáis eso en vuestra bitácora de viaje. Que lo miréis todo siempre con una sonrisa incluso cuando lo correcto es poner una mueca y que le contéis al que viene detrás, o al que va a abrir una puerta, o al que va a atravesar un armario lo que quiere oír, aunque no siempre sea verdad. Yo os sugiero que sintáis esos pasos bajo los pies, aunque a veces duelan, aunque a veces os hagan creer que todo va a ir mal. Que os los creáis de verdad si es que va bien. Que recordéis que Alicia tuvo que nadar en el mar de sus propias lágrimas para llegar al otro lado de la cerradura. Que sois vosotros quienes estáis caminando. Son vuestros pies. No los uséis con cabeza, no camináis con ella. No está hecha para eso. Con ella, eso sí, podéis mirar al que os indica el camino a casa. Pero tenéis que recorrerlo vosotros.

No todos los caminos llevan a Roma

«Un blog no es un blog si no lo mantienes». Esto no me lo decía mi madre cuando era pequeña, no, pero puede que mis hijos graben a fuego esa sabia enseñanza en sus mentes. Nunca se sabe cuáles serán las «frases de madre» del futuro. No puedo sino pedir perdón a toda la gente que me lee y que, por algún extraño motivo, espera que siga escribiendo. Están locos estos romanos… Os diría que tengo una buena excusa, pero entonces iríais a mi perfil de Twitter y os daríais cuenta de que, en realidad, se me da mucho mejor dedicarme a los 140 caracteres de rigor. Por otro lado, nadie puede negar que estos días han sido convulsos. Me acerco estrepitosamente al último examen de mi carrera, que ha durado un año más de lo que jamás habría imaginado. En su momento esto me pareció un drama y sentí que había cometido un tremendo «fail». Sin embargo, en perspectiva, creo que este podría ser, sin lugar a dudas, el mejor de mis cinco años como estudiante universitaria. Hace poco más de un año que se celebró la graduación de mi promoción. La verdad es que gran parte de los allí presentes todavía teníamos algunos créditos pendientes, ya que pocos somos los que no hemos aprovechado un año de Erasmus o una beca de movilidad y, como sabréis, las convalidaciones son bastante tristes, en especial si te vas a estudiar fuera de Europa. Sin embargo, aquel día el sentimiento de liberación, de fin de un ciclo, fue real. Se respiraba en el ambiente. Para mí fue como despertar de una corta pero intensa pesadilla.

Fotografía de alto contenido irónico

Cuando decidí venir a Barcelona a estudiar desconocía muchas cosas, algunas no podía saberlas y sobre otras no tenía la información necesaria, algo que pienso arreglar muy pronto yo misma escribiendo ese post que a mí me habría gustado encontrar en internet el día que supe que tendría que enfrentarme sola a la gran aventura migratoria. En estos cinco años, mi vida ha cambiado radicalmente cada doce meses. Lanzarse a estudiar lejos de casa no es algo fácil, no señor. He vivido en sitios muy diferentes, con personas de todo tipo, he tenido situaciones personales realmente difíciles, momentos muy buenos y momentos muy malos. Al principio todas esas cosas me paralizaban, me disgustaban o me parecían excepcionales. Este último año ha sido igual en muchos de esos aspectos, pero algo ha cambiado: he asumido que la vida es eso. Es estar muy arriba, o muy abajo, no saber lo que va a pasar mañana, hacer planes, creer que lo sabes todo, sentirte pequeño porque no entiendes nada. De algún modo, este quinto año que empezó siendo para mí una mancha en el expediente, una piedra en el camino o un error irreconciliable, ha sido, por otro lado, el más real. Después de muchos años, he tenido tiempo de asumir todo lo que leía, de digerirlo, de ser consciente de que estaba estudiando para aprender y no para ganar ningún tipo de carrera contra nadie y de volver a hacer todas esas cosas con las que tanto aprendí en la adolescencia: correr por internet, saborear el cine, conocer gente, devorar cómics, dedicarme mi tiempo a mí y a mi diminuto alter ego nivel 85, regalarle una pequeña parte de ese tiempo a los demás. He tenido la oportunidad de ser amable y de dejar que la gente lo fuera conmigo. He podido leer, volver a encontrar las ganas de escribir y sentirme absurdamente feliz rellenando perfiles en redes sociales. Esas cosas que hoy son un pasatiempo y mañana te dan trabajo.

Mi año de más, esa mancha imborrable, ese que muchos dirían que dice algo malo de mí, resulta haber sido algo tan inesperado como positivo. Ayer hice mi primera entrevista de trabajo. La oportunidad salió de la nada, perdida en mi carpeta de spam. Unos días antes, el trabajo de mis sueños pasaba por delante de mis narices, pero yo no podía seguirle los pasos. Aquel día me pregunté hacia dónde podría ir mientras eso cambiaba. Y, mira tú por donde, cuando dejó de preocuparme, alguien vino a recogerme. Cuando una de esas empresas a las que respetas y admiras viene a buscarte sin que tú hayas hecho nada más que existir, no puedes evitar sentirte un poco especial. Aunque esa empresa haya encontrado a otras 500 personas, es imposible no pensar que estás haciendo algo bien. Un par de correos intercambiados, una sensación tremenda de haber conseguido algo enorme. Y llega el día. ¿La entrevista? Huelga decir que estuvo lejos de ir como la seda. Por ser la primera, por ser en inglés, por ser a distancia y por mis viejos conocidos, los nervios. Tampoco fue un despropósito. Simplemente no fui yo. Ahora mismo siento que he defraudado a quien creía en mí, que me he fallado a mí misma, que he fracasado cuando la mitad ya estaba hecha, que no tengo ninguna posibilidad de arreglarlo. Luego pienso en mí hace un año, sintiendo la misma decepción por no haber conseguido alcanzar mis propias expectativas. Pienso en lo que me equivocaba, pienso en todo lo que he recibido de la gente estos días, de mis amigos y de quienes sólo me conocen un poco. Pienso que eso puede ser más valioso que un trabajo, por más increíble y divertido que sea. Pienso que más me valdría sentarme a pensar en lo que he ganado que torturarme por lo que puedo haber perdido. Donde hace una semana ni había un camino, ahora hay construido un callejón sin salida. Por algo hay que empezar.

¿Qué quiero decir con todo esto? Puede que un día, a pesar de lo que os diga la gente, queráis u os veáis obligados a cambiar la ruta que teníais planeada. Puede que no os lleve a Roma, como todo camino que se precie. Puede que os lleve a un sitio mejor. Puede que haya gente que llegue antes y puede que haya gente que llegue después. Puede que esa parada que os pareció una pérdida de tiempo, que jamás os serviría para nada, mañana os lleve a un sitio donde jamás habríais imaginado estar. Puede que a veces os sintáis culpables de ir por un camino que os gusta en lugar de por el que deberíais estar siguiendo. La pregunta es, ¿habéis disfrutado? ¿Habéis aprendido? Si la respuesta es que no, ese será vuestro único error imperdonable, queridos amigos. Ese, y pensar que es mejor vivir una pesadilla corta, como creía yo, que hacer del camino una experiencia relevante, por largo que sea. Hay que seguir andando, con rumbo o sin él. Siempre seguir andando.

APTIC y sus consejos prácticos para el mundo laboral

El pasado día 8 de abril tuvo lugar en la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB una charla muy interesante sobre cómo introducirse en el mundo laboral, a cargo de Francesc MassanaMaya Busqué (a la que, por cierto, he tenido el placer de «desvirtualizar»), ambos miembros de la junta directiva de la APTIC. A pesar de ser una calurosa y soleada mañana de viernes, la charla fue todo un éxito de asistencia; hasta nos costó encontrar sitio. He de decir que, suerte la mía, casi nada de lo que escuché durante tres largas horas me venía de nuevo, lo cual es un gran alivio porque significa que voy por el buen camino. Sin embargo, se veía a un montón de chavales navegando a la deriva que necesitaban de verdad una charla así. Tras ver la orientación que se nos proporciona en este sentido durante la carrera, no puedo culparles (aunque me gustaría ver menos pasividad entre mis queridas generaciones venideras). Igual que no esperamos que nadie venga a explicarnos cómo vivir nuestra vida, no tenemos que asumir que existe una fórmula fija para tener éxito profesional o que, de ser así, alguien va a venir a recitárnosla mientras le miramos con cara de pasa sentados en el sofá de casa. En cualquier caso, para aquellos que no hayan podido asistir y se sientan asolados por millones de dudas sobre su futuro, he preparado esta receta casera inspirada en la charla a modo de resumen.

Tiempo de cocción:

De 1 a 5 años de trabajo duro, perseverancia y resistencia.

Elaboración:

Esta receta es mucho más fácil de preparar de lo que creéis, a pesar de los abrumadores y exóticos ingredientes necesarios para ello. El primer paso es cocinarla con amor por la profesión. Si no, esta no es vuestra receta. Principiantes o no, siempre somos traductores y, como tales, tenemos que cuidar y respetar lo que hacemos. Eso se refleja en varios aspectos que veremos a continuación. Lo primero que debemos hacer es crear una plantilla para nuestro currículum con nuestros datos personales, combinación de idiomas, formación y experiencia. Hay que deshuesarla, es decir, deshacernos de todos aquellos datos irrelevantes que no vayan a ayudarnos a cocinar: que hemos sido canguro (no me refiero a tener una bolsa marsupial), que nos encanta jugar a la petanca o que estudiamos en el I.E.S. Sáquenme de aquí de Villarriba. Si tenéis dudas sobre cómo deshuesar un currículum, podéis consultar uno de los muchos blogs de traducción que ya han hablado de ello. Esta plantilla será de vital importancia en nuestra trayectoria y servirá como base para los platos que cocinemos en el futuro. Es, en palabras de la propia Maya, «el documento con el que más trabajaréis en toda vuestra vida y el que mejor debéis cuidar». Hay que intentar conseguir el mejor resultado posible y dedicarle mucho tiempo, además de seguir mejorándolo con el paso de los años.

Esta plantilla la modificaremos según el tipo de trabajo al que aspiremos (añadiendo o quitando cursos, experiencia ajena al campo, etc.). Eso sí, tenemos que usar el sentido común y la imaginación: a veces una gran afición puede llevarnos hasta un gran trabajo. Tenemos la suerte de haber escogido una profesión en la que todo lo que hacemos en la vida nos puede llegar a servir de ayuda. Eso no significa que las citemos todas, de la primera a la última, sino que las seleccionemos teniendo en cuenta a qué puesto queremos acceder. Por ejemplo, Maya nos contaba que su pasión por la astrofísica la ha ayudado muchísimo tanto en algunos encargos de interpretación como en su trabajo en Redes, el programa de Eduard Punset (el único Dios en el que yo creería si no fuera atea). Como decía, a veces es importante añadir un toque de originalidad a nuestro currículum, algo que lo haga único. En ese sentido, se puede llegar hasta extremos inimaginables, todo depende de nosotros y de en manos de quién creamos que va a caer. Una anécdota relacionada con esta idea nos la contó Maya: en una ocasión se encontró delante del currículum de una traductora de neerlandés que especificaba en un apartado que estaba especializada en textos jurídicos, económicos, y, atención… ¡gatos, perros y caballos! Quizá os parezca muy temerario, pero lo cierto es que sirvió para llamar su atención por encima de otros currículums y la llamó con toda la curiosidad del mundo para saber por qué había puesto algo así. Si elegimos bien, podremos «llamar a diferentes puertas con diferentes documentos». De esta forma nos aseguraremos de presentarnos como profesionales orientados hacia la empresa en la que aspiramos a trabajar. Eso sí, no llaméis cincuenta veces: a nadie le gusta que le fundan el timbre.

Ahora que ya tenemos un currículum personalizado, lo mezclaremos en un bol con una carta de presentación en la que debemos explicar por qué queremos trabajar con determinada empresa y, sobre todo, hacer ver por qué nos necesitan, qué es eso que nos hace diferentes y perfectos para el puesto de trabajo en cuestión. Si batimos con decisión ambos ingredientes podemos llegar muy lejos. Pero, un momento, ¿qué es una buena receta sin una foto que nos muestre el resultado? Existe una cierta discrepancia entre si una fotografía ayuda o no a tu currículum. Tanto Maya como Francesc son partidarios del «sí, por lo general». Eso sí, no puede ser una foto cualquiera: tenemos que salir frescos como una mousse de limón recién sacada del frigorífico, dar un mensaje lo más positivo posible de nosotros. Como Maya recordaba, «nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en su DNI». A veces hasta es recomendable buscarnos a un buen fotógrafo que nos haga algo más profesional ¡elegid vosotros mismos!

Lo estás haciendo mal...

Todo esto os podrá parecer excesivo si estáis empezando a estudiar, pero pensad que nunca se sabe cuándo podréis tener una oportunidad de oro. Yo misma tiré una a la basura este verano, cuando me fui a Madrid a ver a mi familia sin el CV en el portátil: ¡facepalm! Mientras estaba allí, Hewlett-Packard colgó una señora oferta de prácticas en su departamento de localización. ¿Qué hice? Enviar una versión corrientucha estéticamente de mi CV, con una foto que no era ni de lejos la adecuada (tampoco llegaba al nivel del señor del pelo verde, no os creáis…) y además sin tener la oportunidad de llevarlo en mano y dejar bien claro cuánto me interesaba el puesto. Llegué lejos, pero al final la perdí. Con esto quiero que entendáis que es importante que os mováis lo antes posible para ir creciendo como profesionales, no sólo como estudiantes, pero tampoco os agobiéis más de lo necesario: ¡la carrera es lo primero!

Usar los cacharros de otro tiene sus ventajas, pero a veces os surgirán oportunidades a las que os tendréis que enfrentar solos. Es por eso que ambos hicieron especial hincapié en el papel de los autónomos, esos que cocinan, limpian y presentan el plato ellos solitos, sin la ayuda de nadie. Sobre esto, precisamente, se nos habla muy poco durante la carrera. Hay que dejar claro que no todo el mundo sirve para ser autónomo, debemos conocernos muy bien a nosotros mismos y valorar si seremos capaces o no de desempeñar esta tarea. Maya comentaba que muchas veces, si no tienes la necesidad, no te lanzas a la aventura de ser autónomo. Sin embargo, es importante saber cómo funciona: puede que hoy estemos a gusto trabajando en plantilla, pero que pasado mañana nos apetezca probar cosas nuevas. Para ello es importante tener listos varios ingredientes.

El primero es 1/2 kg de tarjetas profesionales, como estas tan originales de otros compañeros. En ellas especificaremos nuestra especialización y nuestra combinación de idioma, y datos como nuestro teléfono, correo electrónico o página web. Las tarjetas son importantes cuando asistimos a congresos, cenas, actividades o incluso para repartir entre nuestros conocidos, que, en muchos casos, serán la clave para conseguir trabajo. Mientras preparamos las tarjetas tendremos que hacer la base de la receta. Para ello es necesario crear presencia en internet. Si queremos una base sólida, necesitamos mezclar la compra de un dominio propio (no hay excusa para no hacerlo ¡un .com son ocho euros al año!) para nuestra página web o blog personal con la creación de varios perfiles profesionales (LinkedIn, ProZ, Twitter, Facebook, Traditori). Además, nos recomendaron registrarnos en comunidades como Translator’s Café, Payment PracticesTranslator’s Base. Sólo con esto último una servidora pudo conocer a un montón de gente sin esfuerzo en la I International Conference on Translation and Accessibility in Video Games and Virtual Worlds.

Si vamos a ser autónomos, tenemos que pensar que somos pequeñas empresas. Francesc nos recomendó llevar un control de nuestros clientes y aprender a realizar algunas tareas administrativas básicas (que, por supuesto, también se deben cobrar). Una buena idea si estamos empezando es elaborar una lista de clientes potenciales relacionados con nuestro campo con los que nos gustaría trabajar. No podemos olvidar añadir a esta receta las listas de distribución, donde los profesionales de nuestro campo discuten y exponen diferentes temas. Es importante aprender de ellas: primero debemos observar lo que se dice y cómo interactúan los traductores que participan en ellas, para luego empezar a involucrarnos. Antes de hacerlo debemos tener claras las normas de participación. Si habéis formado parte de algún foro esto funciona exactamente igual. Algunas listas que se mencionaron son: ATD, Traducción en España o, para amantes de lo audiovisual, TRAG. Por extensión, también es importante asociarse, ir a cursos, conferenciasconocer gente, ya que tenemos la gran suerte de formar parte de una profesión donde, en términos generales, el compañerismo está por encima de la competitividad. Si queréis saber más sobre las asociaciones de traductores podéis visitar el tablón de anuncios de ASOCESP, en el que aparecen todas listadas a la derecha.

Sobre las tarifas no voy a extenderme ya que, como todos sabréis, es un tema ampliamente tratado y discutido por la red (aunque algo tabú también). Si queréis más información podéis consultar la encuesta de tarifas de la APTIC o las tarifas de la EIZIE, además de probar CalPro, la calculadora de gastos, ingresos y rendimiento profesional desarrollada por ASETRAD. En cualquier caso, Maya y Francesc recomendaron marcarse un umbral de precio por debajo del cual no merece la pena encender el ordenador y hacer un trabajo cualificado por el sueldo de un trabajo no cualificado. Su consejo fue no trabajar por menos de 0,06-0,07€ por palabra, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Eso sí, como bien me ha recordado Maya por ahí abajo, ese es sólo el mínimo: «a partir de ahí, el cielo es el límite». También tened en cuenta que muchas veces dependerá del idioma: conozco a traductores de japonés que cobran entre 0,15-0,19€ la palabra y que por menos de 0,12€ no trabajan.

Cuando empezamos parece que si no tenemos experiencia remunerada no servimos para nada, pero no debemos dejarnos convencer: lo que debe hablar por nosotros es nuestro potencial, nuestra capacidad y nuestras ganas de trabajar duro. Eso sí, no a cualquier precio. ¿Que por qué? Porque existen infinidad de sitios donde adquirir experiencia en diferentes campos de forma voluntaria, aunque no remunerada. En la ronda de preguntas surgieron algunas dudas respecto a cómo adquirir experiencia en interpretación, ya que hay menos información, y nos recomendaron Babels, una red de voluntariado en la que te pagan viaje y alojamiento a diversos lugares del mundo a cambio de hacer de intérprete en los foros sociales que organizan. Si la causa merece de verdad la pena, a veces es mejor dedicar tiempo a esto mientras buscamos un trabajo digno que tirarnos en brazos del primer «desgarramantas» que nos ofrezca un trato suculento (para él, principalmente). ¿Significa esto que pagar por trabajar, como ofrecen algunas empresas, es otra buena opción? En mi opinión (y la de ellos), no, nunca. Como acabo de explicar, existen otras opciones que no tienen nada que ver con estas tendencias del mercado tan preocupantes. Si queréis saber a qué me refiero, podéis leer esta reseña sobre Lionbridge publicada en el blog de Leon Hunter.

...contra el mundo.

En relación a todo esto surgió un tema que ya os comentaba en mi primera entrada: no debemos confundir el miedo con el respeto. El miedo nos lleva a no hacer cosas, mientras que mirar los nuevos retos con respeto nos sirve para valorar la dificultad de lo que estamos haciendo sin huir de ello. Por eso tenemos que aprender a valorarnos, ser conscientes de nuestras limitacionesconocer nuestros puntos débiles (pero no dejar que se vean) y exponer los fuertes. Existe un punto medio entre ser un prepotente y pasarse de humilde: ahí es donde debemos intentar estar. Aunque todos estos consejos están muy bien y os servirán como guía, si queréis saber cómo convertiros en grandes profesionales de verdad necesitáis apoyaros en vuestra intuición y formaros una opinión sólida sobre todo tipo de cosas. Pensad que las recomendaciones nunca están hechas para ser seguidas al pie de la letra, ya que todos queremos cosas distintas y tenemos puntos de vista diferentes. Esta fórmula se puede adaptar a otros paladares emprendedores que no tengan nada que ver con la traducción.

¿El resultado? Lo tenéis a vuestro alrededor. Es especial por un motivo: con los mismos ingredientes nunca se consigue un resultado igual que el anterior. Te puede salir un quiché Algo más que traducir, una ensalada El Taller del Traductor, una tarta de queso Traducistes, unos ravioli Localización y Testeo con Curri o una lasaña La paradoja de Chomsky, entre otros muchos platos con presencia. Si queréis ser como ellos, el primer paso es pensar que no tenéis nada que envidiarles, pero mucho que admirar. Una cosa está clara: nos hemos pasado toda la vida comiendo, ¡ahora toca cocinar!