A través del espejo y lo que todos encontramos allí

Como Alicia cayendo en la madriguera, Lena con su secreto, Coraline tras una puerta o Matilda ante un libro, todos hemos sentido alguna vez que existen un lugar y un momento donde aquello que imaginamos, que queremos y que tememos se junta para tomar el té y nos da la bienvenida con una inquietante sonrisa. Al principio todo nos parece increíble, no podemos dejar de mirar. Pronto nos damos cuenta de que no alcanzamos a entenderlo y empieza a asustarnos. ¿Qué es este lugar que no comprendo? Todo lo que no sabemos, incluso aunque hayamos oído hablar de ello, nos resulta aterrador. Sospechoso. Nuevo. Seguimos la aventura entre la ilusión y la desconfianza, porque no todos los días llega uno por arte de magia a un sitio que ya creía que no existiría. Encontramos a quien nos ayuda, pero también a quien nos lo pone difícil. La gente, en general, tiende a estar loca como un sombrerero. Nos desesperamos porque el croquet no es lo nuestro. ¿Nos cortará la cabeza la Reina Roja? Eso parece. Está claro. ¿Y si no ocurre? Al fin y al cabo, este es nuestro cuento. No sabemos qué va a pasar, pero estamos contentos de haber conocido este mundo. Tenemos miedo porque parece que no volveremos a verlo. Cae una hoja y… estamos en casa.

¿Qué pasa luego? Luego te despiertas, vuelves y sabes que todo ha pasado de verdad, aunque ahora parezca un recuerdo minúsculo dentro de tu ocupada mente. Entiendes que todas esas veces en las que alguien te dijo que creer que la vida podía ser como un cuento es absurdo e infantil, se equivocaba. Ese alguien no entiende que en los mejores cuentos también se reflejan las cosas más oscuras de este mundo, la tristeza de quien lee y escribe; que no todo en ellos es siempre perfecto. Ese alguien cree que es mejor nacer y crecer siendo ya muy viejo y estando cansado sin haber intentado descubrir si todo podía ser cierto. No puedes y no debes hacerle caso a alguien que no persiguió su objetivo incluso cuando parecía ridículo y peligroso. Alguien que, en definitiva, nunca se molestó en mirar a través del espejo.

Si todavía sigues conmigo, tengo que devolverte a este mundo y contarte que yo sí pude y quise mirar. Poco antes de hacer mis últimos exámenes y terminar la carrera, alguien me llamó desde el otro lado. Aunque todo eso ya lo he contado. Está demostrado que el croquet se me da muy mal y que tardaré un tiempo en ser buena en ello, pero olvidé que hice otras cosas en mi pequeño viaje que fueron, quizá, mucho más importantes. Debieron serlo porque, al final, conseguí mi primer trabajo. Ese primer trabajo que mucha gente se ha encargado de decirme que no existía en estos tiempos tan raros, que nunca conseguiría (y mucho menos nada más salir al mundo, cosa que ya de por sí da mucho miedo). Un trabajo que me gusta, por el que me despierto cada día con ganas de trabajar de sol a sol, que me llena, de lo mío, en una empresa a la que admiro desde hace tiempo, que me trata muy bien, que me paga un salario más que decente y que me da libertad para opinar, crear, aprender y hasta me pide consejos. Que me valora y cuenta conmigo a largo plazo. ¿Es todo tan bonito como parece? Día a día se me hace más difícil contestar con un no a esa pregunta. No creo que haya hecho nada especial para conseguirlo, no sé ni siquiera si me lo merezco. Sólo sé una cosa: nunca dejé de creer que podía hacerlo.

Compruebo cada día que me queda muchísimo por aprender y sé que seguramente meta la pata. Habrá gente que me fustigue verbalmente all over the internet por traducir esto así o aquello asá. De algunos aprenderé y a otros tendré que aprender a ignorarlos. Los primeros días me sentía como un parvulito cuando alguien pronunciaba las palabras «darse de alta en autónomos» o «cobrar por horas» . Luego, gente como Pablo y Curri me ayudaron a dejar de hiperventilar por culpa de la burocracia y a recordarme que lo importante ahora era el trabajo. Y, poco a poco, no sé muy bien cómo, he ido solucionando las cosas que me daban miedo. He comprobado en mis carnes lo puñetero que es trabajar sin un contexto, lo difícil que es a veces encontrar una solución que al día siguiente viene sola, como si nada. Todas esas cosas que ya sabes, que has leído mil veces y por las que intentas criticar lo mínimo el trabajo del de al lado, pero que son muchísimo más evidentes cuando te enfrentas a ellas. He tenido problemas, dudas y dilemas de principiante, y otros simplemente típicos de los locos que nos dedicamos a esta profesión, pero ¿sabéis qué? Todas esas cosas dejan de dar miedo y de preocuparte la primera vez que ves tu trabajo en pantalla, hecho realidad. Sólo por llegar a vivir eso, tengo que deciros que merece la pena que persistáis. Que tengáis paciencia. Si hay un momento en el que podéis arriesgaros, es ahora que no tenéis nada (o poco) que perder.

Hace no mucho decidí volver a sentarme delante de esta extraña cosa que llaman blog. Durante toda mi vida he escrito en sitios como este y también en otros muy distintos con una única motivación: dejar que mis manos vayan por donde deban. Este post, sin ir mas lejos, ha cambiado de tema y de forma tres veces en una tarde y, al final, ha querido ser esto que tenéis delante. Es una muestra de que no, no sé venderme por lo que hago o lo que digo. No escribo, ni trabajo, ni respiro con el fin de encontrar nada a cambio, aunque me sienta muy honrada si eso ocurre. No me hice una cuenta de Twitter para conseguir followers. No actualizo mi Facebook para que la gente monte debates de varias páginas, a pesar de que tienda a ocurrir con frecuencia. No volví a la blogosfera porque 9 de cada 10 profesionales lo recomiendan. Y no me hace feliz mi trabajo por ver lo que consigo a cambio, sino por hacerle la vida más fácil a alguna persona con ello. A pesar de que todo eso va en contra de la idea del éxito que os intentará inculcar mucha gente, a mí siempre me ha funcionado. Siempre. Por eso tengo que darle las gracias a mis padres: por prestarme muchos libros y por enseñarme que no cuentan mentiras.

Habrá gente que os aconsejará que relativicéis cada uno de los pasos que déis en el País de las Maravillas. Que ocultéis los tropiezos al mundo, porque es contraproducente enseñarlos. Que no escribáis eso en vuestra bitácora de viaje. Que lo miréis todo siempre con una sonrisa incluso cuando lo correcto es poner una mueca y que le contéis al que viene detrás, o al que va a abrir una puerta, o al que va a atravesar un armario lo que quiere oír, aunque no siempre sea verdad. Yo os sugiero que sintáis esos pasos bajo los pies, aunque a veces duelan, aunque a veces os hagan creer que todo va a ir mal. Que os los creáis de verdad si es que va bien. Que recordéis que Alicia tuvo que nadar en el mar de sus propias lágrimas para llegar al otro lado de la cerradura. Que sois vosotros quienes estáis caminando. Son vuestros pies. No los uséis con cabeza, no camináis con ella. No está hecha para eso. Con ella, eso sí, podéis mirar al que os indica el camino a casa. Pero tenéis que recorrerlo vosotros.

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No todos los caminos llevan a Roma

«Un blog no es un blog si no lo mantienes». Esto no me lo decía mi madre cuando era pequeña, no, pero puede que mis hijos graben a fuego esa sabia enseñanza en sus mentes. Nunca se sabe cuáles serán las «frases de madre» del futuro. No puedo sino pedir perdón a toda la gente que me lee y que, por algún extraño motivo, espera que siga escribiendo. Están locos estos romanos… Os diría que tengo una buena excusa, pero entonces iríais a mi perfil de Twitter y os daríais cuenta de que, en realidad, se me da mucho mejor dedicarme a los 140 caracteres de rigor. Por otro lado, nadie puede negar que estos días han sido convulsos. Me acerco estrepitosamente al último examen de mi carrera, que ha durado un año más de lo que jamás habría imaginado. En su momento esto me pareció un drama y sentí que había cometido un tremendo «fail». Sin embargo, en perspectiva, creo que este podría ser, sin lugar a dudas, el mejor de mis cinco años como estudiante universitaria. Hace poco más de un año que se celebró la graduación de mi promoción. La verdad es que gran parte de los allí presentes todavía teníamos algunos créditos pendientes, ya que pocos somos los que no hemos aprovechado un año de Erasmus o una beca de movilidad y, como sabréis, las convalidaciones son bastante tristes, en especial si te vas a estudiar fuera de Europa. Sin embargo, aquel día el sentimiento de liberación, de fin de un ciclo, fue real. Se respiraba en el ambiente. Para mí fue como despertar de una corta pero intensa pesadilla.

Fotografía de alto contenido irónico

Cuando decidí venir a Barcelona a estudiar desconocía muchas cosas, algunas no podía saberlas y sobre otras no tenía la información necesaria, algo que pienso arreglar muy pronto yo misma escribiendo ese post que a mí me habría gustado encontrar en internet el día que supe que tendría que enfrentarme sola a la gran aventura migratoria. En estos cinco años, mi vida ha cambiado radicalmente cada doce meses. Lanzarse a estudiar lejos de casa no es algo fácil, no señor. He vivido en sitios muy diferentes, con personas de todo tipo, he tenido situaciones personales realmente difíciles, momentos muy buenos y momentos muy malos. Al principio todas esas cosas me paralizaban, me disgustaban o me parecían excepcionales. Este último año ha sido igual en muchos de esos aspectos, pero algo ha cambiado: he asumido que la vida es eso. Es estar muy arriba, o muy abajo, no saber lo que va a pasar mañana, hacer planes, creer que lo sabes todo, sentirte pequeño porque no entiendes nada. De algún modo, este quinto año que empezó siendo para mí una mancha en el expediente, una piedra en el camino o un error irreconciliable, ha sido, por otro lado, el más real. Después de muchos años, he tenido tiempo de asumir todo lo que leía, de digerirlo, de ser consciente de que estaba estudiando para aprender y no para ganar ningún tipo de carrera contra nadie y de volver a hacer todas esas cosas con las que tanto aprendí en la adolescencia: correr por internet, saborear el cine, conocer gente, devorar cómics, dedicarme mi tiempo a mí y a mi diminuto alter ego nivel 85, regalarle una pequeña parte de ese tiempo a los demás. He tenido la oportunidad de ser amable y de dejar que la gente lo fuera conmigo. He podido leer, volver a encontrar las ganas de escribir y sentirme absurdamente feliz rellenando perfiles en redes sociales. Esas cosas que hoy son un pasatiempo y mañana te dan trabajo.

Mi año de más, esa mancha imborrable, ese que muchos dirían que dice algo malo de mí, resulta haber sido algo tan inesperado como positivo. Ayer hice mi primera entrevista de trabajo. La oportunidad salió de la nada, perdida en mi carpeta de spam. Unos días antes, el trabajo de mis sueños pasaba por delante de mis narices, pero yo no podía seguirle los pasos. Aquel día me pregunté hacia dónde podría ir mientras eso cambiaba. Y, mira tú por donde, cuando dejó de preocuparme, alguien vino a recogerme. Cuando una de esas empresas a las que respetas y admiras viene a buscarte sin que tú hayas hecho nada más que existir, no puedes evitar sentirte un poco especial. Aunque esa empresa haya encontrado a otras 500 personas, es imposible no pensar que estás haciendo algo bien. Un par de correos intercambiados, una sensación tremenda de haber conseguido algo enorme. Y llega el día. ¿La entrevista? Huelga decir que estuvo lejos de ir como la seda. Por ser la primera, por ser en inglés, por ser a distancia y por mis viejos conocidos, los nervios. Tampoco fue un despropósito. Simplemente no fui yo. Ahora mismo siento que he defraudado a quien creía en mí, que me he fallado a mí misma, que he fracasado cuando la mitad ya estaba hecha, que no tengo ninguna posibilidad de arreglarlo. Luego pienso en mí hace un año, sintiendo la misma decepción por no haber conseguido alcanzar mis propias expectativas. Pienso en lo que me equivocaba, pienso en todo lo que he recibido de la gente estos días, de mis amigos y de quienes sólo me conocen un poco. Pienso que eso puede ser más valioso que un trabajo, por más increíble y divertido que sea. Pienso que más me valdría sentarme a pensar en lo que he ganado que torturarme por lo que puedo haber perdido. Donde hace una semana ni había un camino, ahora hay construido un callejón sin salida. Por algo hay que empezar.

¿Qué quiero decir con todo esto? Puede que un día, a pesar de lo que os diga la gente, queráis u os veáis obligados a cambiar la ruta que teníais planeada. Puede que no os lleve a Roma, como todo camino que se precie. Puede que os lleve a un sitio mejor. Puede que haya gente que llegue antes y puede que haya gente que llegue después. Puede que esa parada que os pareció una pérdida de tiempo, que jamás os serviría para nada, mañana os lleve a un sitio donde jamás habríais imaginado estar. Puede que a veces os sintáis culpables de ir por un camino que os gusta en lugar de por el que deberíais estar siguiendo. La pregunta es, ¿habéis disfrutado? ¿Habéis aprendido? Si la respuesta es que no, ese será vuestro único error imperdonable, queridos amigos. Ese, y pensar que es mejor vivir una pesadilla corta, como creía yo, que hacer del camino una experiencia relevante, por largo que sea. Hay que seguir andando, con rumbo o sin él. Siempre seguir andando.