Subtítulos que matan

Qué mejor día que un 29 de febrero para hablar de cosas raras. Como todos sabréis, el domingo se celebró la gala de los premios Oscar, así que el sábado (entre mocos y estertores de muerte) me senté en el sofá con Albert como cada año y nos pusimos al día con las poquitas películas que nos habían quedado por ver. Obviamente tuvimos que hacerlo de formas no del todo legales, pero es que qué culpa tengo yo de que películas como 50/50 tengan fecha de estreno en Tailandia, Bulgaria o Sudáfrica y en España no la vayamos ni a oler. Ninguna, señora, y por eso generalmente defiendo la existencia y el trabajo de algunos fansubs con ciertas limitaciones, claro está. Normalmente veo las películas dobladas en el cine, en DVD o directamente en inglés, así que no estoy acostumbrada a verlas subtituladas. Salvo en casos excepcionales, no tengo prisa y prefiero esperar a que se estrenen, así que me sorprendió mucho ver que en los subtítulos de las películas hechos por fans, no sé si por su duración o por falta de interés, el tema era realmente sangrante. Creo que en ese momento empecé a plantearme seriamente algunas cosas.

Con las series me pasa todo lo contrario e incluso cuando los subtítulos los hacen fans estoy acostumbrada a una cierta calidad. La mayoría de las series que sigo no se emiten en televisión y las que lo hacen cambian de horario cada semana porque los señores que dirigen las cadenas hacen lo que les sale de la punta de los pies, y una se cansa. Hasta hace no mucho, los fansubs que subtitulaban las mismas series cada semana solían fallar mucho en aspectos técnicos (sincronización, límite de caracteres, segundos en pantalla, etc.) y también, claro está, en la naturalidad de algunas traducciones, pero se lo curraban de verdad para que en general la calidad fuera buena, y gracias a ellos mi madre podía seguir las series sin demasiados problemas y entenderlo todo. De hecho, en clase estamos comparando muchos subtítulos oficiales con las versiones de los fansubs y en originalidad, creatividad y soluciones cómicas muchas veces ganan los segundos, quizás por esa devoción hacia la serie, porque hay un fandom detrás que se conoce cada referencia y tiene las claves para solucionar el chiste en vez de aplastarlo y reducirlo a la nada como una apisonadora. O al menos antes era así. Ah, los buenos tiempos.

Y ahora me pregunto, ¿qué está pasando últimamente? Porque, a diferencia de hace unos años, mi madre me llama y me dice que algunos subtítulos pasan tan rápido que no puede leerlos, que algunas frases están tan mal traducidas que se pierde muchos detalles, que antes, aunque veía sus cosas raras, podía seguir bien las series. Esta loca necesidad de verlo todo 8 horas después de que se emita en Estados Unidos se está cargando el trabajo de muchos fansubs que hacen cosas de calidad tardando un poco más, porque su objetivo es que puedas ver la serie y que se haga conocida, no que todo el mundo hable de ellos por ser los más rápidos del oeste. Como siempre hay un desgarramantas que quiere ser el primero a toda costa, hemos llegado a un punto en el que no solo falta ese sello de calidad que solo un traductor profesional puede proporcionar, sino que se ha abandonado por completo el objetivo de la subtitulación por y para fans: entender y disfrutar lo que estás viendo.

Llevo un tiempo pensando en todo esto, sobre todo desde que me encuentro con subtítulos de tres líneas por ahí, cosa que da bastante miedo. El caso es que anteayer estaba tranquilamente viendo el capítulo 2×10 de The Walking Dead cuando pasó por delante de mis ojos una cosa con la que no solo yo, por traductora, saltaría del asiento. ¡Un subtítulo asesino! Para los que no lo sepáis, The Walking Dead es una serie basada en unos maravillosos cómics que empecé a leer gracias al buen ojo de mi cuñado allá por 2006 y que son de lo mejorcito que ha caído en mis manos. Una de las cosas que más me gustan del cómic y que eché de menos en la primera temporada es que, igual que en el cine clásico de zombis, no le da ninguna importancia a la cura o al origen del desastre. El dónde, cómo, cuándo o por qué no tienen ningún interés dentro de la historia, que se centra en ponernos en la piel de los protagonistas y hacernos participes de sus dilemas: ¿vale todo por sobrevivir? Te vas cruzando con personajes que piensan que sí, otros que no, otros que depende, porque algunas reglas han cambiado. En definitiva, los zombis son el factor desencadenante pero, como decía aquel sabio, la idea del cómic en realidad es que el hombre es un lobo para el hombre. Esta segunda temporada se está dedicando más a explorar ese aspecto, y la postura que toma cada personaje ante este dilema es muy importante. En cierto modo les define. Este tipo de sutilezas son las que se les escapan a muchos, profesionales y aficionados, porque el interés no está centrado en el producto audiovisual, sino en sacarlo antes que otro o en quitarme este encargo de encima, me da igual. Por eso vamos a jugar a un juego. Yo os enseño esta captura de pantalla y vosotros os imagináis un contexto:

Me jugaría el único bazo que tengo a que lo que habéis pensado no tiene nada que ver con lo que sucede en el capítulo, pero no es vuestra culpa, chicos, es cosa del subtítulo asesino. En realidad Rick, a quien veis en la captura, no le está pidiendo nada a Shane, ni mucho menos lo que pone ahí arriba. No es un gran spoiler y voy a intentar dar el menor número de detalles posibles, pero si no habéis visto el capítulo anterior (el número 9) y tenéis interés en hacerlo, quizás no queráis seguir leyendo por ahora. Os pongo en situación: Rick y Shane tienen que decidir qué hacer con un chaval que ha descubierto cierta información. No puede quedarse con ellos, pero tampoco quieren arriesgarse a dejarle marchar como si nada sabiendo lo que sabe, ya que afecta directamente a la supervivencia del grupo. Como de costumbre, no se ponen de acuerdo con la solución. El personaje de Shane está dispuesto a todo para salvarse el culo sea como sea, sin pensarlo dos veces, mientras que Rick siempre se enfrenta a una serie de dilemas morales. Matar, incluso a otras personas, se ha vuelto demasiado fácil, y no está dispuesto a cruzar la línea siempre que se pueda encontrar otra solución. Ambas posturas ante una misma situación son parte de la caracterización de los personajes, ¡y ese subtítulo se lo carga todo! Además de poner una bala en la sien de alguien antes de tiempo, un «pequeño» error de traducción hace que de repente no entendamos nada. Esto sucede al principio del capítulo así que, después de dejar clara su opinión en el episodio anterior, este cambio repentino de actitud por parte de Rick nos parece totalmente inverosímil. Si uno sabe inglés, se da cuenta de la cagada estrepitosa al instante. Este es el diálogo original:

Rick: I’m looking for a place.

Shane: A place for what?

Rick: Give him a fair shake. A shot.

Vamos a ver, amigos, ¡con dos palabras os acabáis de cargar a alguien alegremente! Ya no hablamos de que la calidad lingüística sea mejor o peor, es que una frase así de simple está poniendo patas arriba muchas cosas importantes para seguir y entender el capítulo. Un fansub que se preocupara de verdad por lo que está traduciendo conocería de sobra la opinión de Rick y, aunque los miembros no tuvieran un nivelón de inglés impresionante, seguro que les llamaría la atención que dijera algo así. De haberse tratado de Shane, la frase podría tener sentido: desde su punto de vista matarle sería darle un trato justo, ya que un chaval solo en esas circunstancias no tiene muchas oportunidades de sobrevivir y además así sería una preocupación menos para ellos. Si uno busca un poquito por internet y se informa, seguro que encuentra la solución rápido, pero eso al que quiere cruzar la meta el primero le importa un carajo. Creo que este es uno de esos errores básicos que ningún traductor profesional que se precie cometería, porque se trata simplemente de situar las frases dentro de un contexto en vez de traducirlas literalmente. Parece increíble, pero esa omisión del to antes de give hace que quien quiera que haya subtitulado esto se pierda completamente y haga que parezca que Rick le pide o le ordena a Shane que le dé al chaval un trato justo, cuando lo que pretende es hacerlo él mismo. Y no pegándole un tiro, sino giving him a shot, es decir, dándole una oportunidad de sobrevivir. Estoy segura de que el traductor tuvo que buscar la expresión «give a fair shake», por lo que, si desconocía el significado de «give a shot», habría hecho lo mismo. El problema es que no entendió la frase: parece que el autor del delito no identificó la omisión de la estructura de la frase anterior aplicada a la segunda y la tradujo como si fuera una unidad de significado aislada. Y con eso, solo con eso, nuestro querido Rick pasa de madre de la caridad a asesino sin escrúpulos.

Creo que este es uno de esos casos maravillosos y a la vez terroríficos en los que un pequeño detalle demuestra que el oficio de un traductor no es copiar palabras sino interpretar su significado. Si algún día un familiar, un amigo o un conocido da por sentado que esto de traducir no tiene tanto mérito como decís y os comenta que nos quejamos por deporte, por favor, enseñadle esto. Le va a sentar como un tiro ;D

Anuncios

¡Traductor tenías que ser!

Esto es lo que pensarán muchos viendo la que hemos liando hoy, 30 de septiembre, para celebrar a nuestra muy personal manera el Día Internacional de la Traducción. Como casi todos sabréis, muchas asociaciones como ASETRAD y APTIC celebran cada año este día organizando diferentes actividades relacionadas con el mundo de la traducción, todas altamente recomendables. Yo lo he hecho llegando tarde a mi primera clase de multimedia del MTAV. También tengo que darle las gracias a Manuel de los Reyes por elegir justo este día para publicar en su columna, La mano izquierda de la traducción, una entrevista sobre traducción literaria que América Garoña, Cristina Aroutiounova, Laura Carasusán, Rebeca Vicedo, Vicent Torres y una servidora tuvimos el placer de contestar.

No puedo comenzar a decir las tontás que me caracterizan sin ponerme un poco seria y moñas para felicitaros a todos por resistir en esta profesión tan, a veces, ingrata. Los que acabamos de empezar no acertamos a agradeceros lo suficiente el simple hecho de que sigáis ahí, que nos hagáis caso por Twitter incluso cuando lo que tenemos que decir diste de ser interesante y que nos intentéis contagiar de ese entusiasmo que tan rápido se pierde viendo cómo funciona el mundo. Que nos hagáis sentirnos menos raros por amar de verdad nuestra profesión, aunque haya quien no lo entienda. He tenido la suerte de conocer a un montón de gente interesante este último año gracias a la ayuda de la fuerza suprema que mueve el universo: internet. Entre esas personas se encuentra Maya Busqué, estupenda presidenta de l’APTIC y mejor persona, a la que iban a entrevistar esta mañana en Com Ràdio. A mí me gustan mucho los gaticos, los monetes y conocer más sobre la cría de la rana malva, pero a todos nos ha decepcionado ver que esos apasionantes temas (y otros más surrealistas que se os puedan ocurrir) son más importantes que dedicarnos, como colectivo que está de celebración un mísero día al año, cinco minutitos en antena. Por eso, como somos unos desgraciaos, hemos querido expresar (por vez doscientos) nuestro descontento hacia este tipo de feos y vacíos que hacen que los traductores seamos entes invisibles que a nadie le interesan. La parte buena es que, como bien dice el presentador en sus disculpas, somos una piña (de locos exaltados) y podemos permitirnos ir a trollear con mucho estilo muros ajenos. Like a boss.

Espera... ¿está enseñando a coser a un león?

Como hace rato que he perdido el tono solemne, quiero celebrar este día de euforia traductoril analizando a nuestro patrón, San Jerónimo. Antes de nada, tengo que decir que mi ateísmo no es ningún secreto. Durante cierta etapa de mi infancia me dio por presentarme ante la gente tal que así: “Hola, me llamo Nieves, tengo 9 años y no creo en Dios”. Esto producía, en primer lugar, mucho estupor en mis interlocutores, que generalmente eran padres de amigos. En segundo lugar, la gente se daba la vuelta y corría muy lejos con su hijo del brazo (dramatización). Sin embargo, como traductora que soy, no me quiero cerrar y acabar teniendo una visión ignorante en la que mi ateísmo equivalga a un interés cero por la religión que, me pese o no, es parte de la historia y la cultura de este mundo raruno. Por eso, haciendo un gran esfuerzo de búsqueda en Google (mentira), me he querido informar un poco más sobre este buen hombre del que, tonta de mí, no sabía nada de nada. Leo un poco sobre su traducción de la Biblia al latín (a la que se conoce como Vulgata) y me dispongo a ver cómo lucía nuestro señor patrón. Una de las primeras cosas que encuentro es la foto que veis arriba. ¿Un traductor que enseña a los leones a hacer calceta? Al parecer no era esta su actividad principal, por lo que veo en otras fotos. Rápidamente me he centrado en la que, creo, es la imagen que mejor le describe. Es decir, esta:

Se le ve muy animado.

San Jerónimo es un patrón requetebien escogido. Como podéis observar en este cuadro tan poco exagerado y barroco, era un tipo desnutrido por culpa de las bajas tarifas de traducción y no le quedaba mucho a final de mes para ropa. Mira que por aquella época no había mucha competencia, pero la cosa ya auguraba lo peor. El cuadro refleja también en sus ojicos una gran falta de sueño, tan típica en todo traductor trabajador que se precie. Suponemos que se despierta por las noches creyendo que ha encontrado la traducción correcta para ese término tan puñetero, pero no, solo le sale “lorem ipsum dolor sit amet”. Eso le pasa por haberse hecho un blog anteayer. Se nos distrae. El hombre solo quiere comer, dormir y traducir la maldita Biblia tranquilo, pero es que esta vida es muy dura y se ve que Dios aprieta y también ahoga hasta que no le has enviado el encargo terminado… y baratito, por favor. Otra de sus grandes virtudes es que, dentro de su recogimiento como autónomo, sabe rodearse de la gente adecuada: mirad sino esa bella calavera de unos hermanos siameses (eso, o lo que sea) que le acompaña. En otras representaciones de este buen hombre se ven más calaveras. Vamos, que tenía muchos colegas de profesión, solo que en el otro mundo. No quería competencia, supongo.

Mientras, con un libro delante y la tinta ya seca piensa “¿Por qué no me metí a panadero? Al menos la gente me diría cosas bonitas sobre mis baguettes”. Ahí está, como bien indica nuestra buena amiga Eugenia Arrés, “a Dios rogando y con la mazo-cruz dando”. Como me decía mi padre por teléfono justo ayer, es como se sobrevive en esta y otras profesiones: hay que quejarse de todo aquello que es injusto, pero también hay que dar el callo. Como podéis observar en la esquina superior izquierda, también acabó usando trompetilla de tanto ponerse el volumen alto cuando le hacían un encargo de subtitulación: los desgraciados no enviaban el guión. Ser traductor le cuesta algunos disgustos a tu salud, y eso te afecta al ánimo. No sabemos si fue antes o después de este cuadro que expresa el amor-odio de nuestro patrón por su trabajo y no queremos alimentar la leyenda más de lo necesario pero, por el bien de esta historia sense cap ni peus vamos a asumir que, en un acto de cabreo por el poco caso que nos hacen a los traductores, le puso unos llamativos cuernos a Moisés. ¿Qué? Se lo merecía, era de esos que van por ahí fardando de separar las aguas, con un montón de fans detrás. Y es que, amigos, si hay una lección imborrable que podáis aprender de esta entrada es que los traductores reptamos en las sombras esperando a vengarnos de todos vosotros y vuestra indiferencia. Ehm… quiero decir…. ¡feliz día del traductor! Apadrina a uno.

Encontrar las palabras adecuadas

Empezar siempre es difícil. Hacerlo bien es mucho más complicado. Bienvenidos al día a día de un traductor: siempre en busca de lo adecuado, lo que funciona, lo que deja un buen sabor de boca. Una de las cosas a las que he tenido que aprender a enfrentarme en los últimos tiempos es a sentarme delante de algo y no ponerme a mí misma cien excusas para salir corriendo atemorizada. A veces el miedo a no estar «a la altura» te hace no estar a secas, cosa que no es mucho mejor. Echando la vista atrás, incluso retrasar esta primera entrada no ha sido bueno. En determinados momentos he sentido que tenía algo importante que decir, pero no tenía dónde.  Pues eso se acabó.

La gente lo pide en las calles

Llevo un tiempo pensando en la importancia que le damos a los errores y en lo que se puede aprender de ellos. Desde luego, la pasividad ayuda a no cometerlos. También a ser invisible. La despreocupación, por su lado, ayuda a vivir con la cabeza un poco más despejada, pero también nos acaba haciendo descuidados. Ninguna de las dos cosas funciona en la vida de un traductor. A veces, no siendo una cosa ni la otra, uno mete la pata hasta el fondo. Quizás su error cambie muchas cosas, o quizás pase inadvertido durante años hasta que alguien se dé cuenta y se eche las manos a la cabeza. Quizás, aunque importante, sea tan desconocido que acabe en una entrada de blog perdida entre miles de datos. Todos cometemos errores, la pregunta es ¿qué pasará con ellos? El otro día me preguntaba precisamente esto cuando, curiosamente, nuestro profesor de Leyendas medievales, Antoni Rossell, nos contó una anécdota interesantísima que tiene mucho que ver con el lenguaje y con equivocarse. La protagonista no es otra que Cenicienta y en el papel secundario tenemos al Sr. Presunto Error de Transcripción. ¿Nunca os ha llamado la atención que los zapatos de Cenicienta fueran de cristal? Claro, es un cuento de hadas, todo es posible, y más después de pasar por las edulcoradas manos de Disney. Sin embargo, parece retorcido que una simpática hada nos regale unos ¿comodísimos? zapatos de cristal para ir a un baile de la realeza. Sí, señores, a un baile. Es posible que en algún momento hayamos pensado: «serían espectaculares, pero también un rato frágiles e incómodos». Ahí todos nos paramos, sonreímos y decimos «cosas de cuentos». Pues no, amigos.

No duelen nada, de verdad...

Para entender lo que pasa aquí no podemos olvidar que se trata de un cuento de tradición oral. Como sabréis, una de las versiones más famosas (y la más antigua que consta por escrito, si no me equivoco) es la de Perrault, titulada en francés Cendrillon ou La petite pantoufle de verre. Ay, el verre, más conocido en estas tierras como vidrio o cristal en este caso concreto… Pero, espera, en muchos sitios este cuento aparece citado como La petite pantoufle de vair. Vaya, sabiendo un poquito de francés y otro poquito de fonética algo llama la atención. Vair se pronuncia ¡sorpresa! prácticamente igual que verre. La pregunta es: ¿qué significa vair? Pues ni más ni menos que vero. Resulta que el vero es un material hecho de piel de «petit-gris», un tipo de ardilla Siberiana (como corregía Yuste Frías en los comentarios), muy utilizado para confeccionar las vestimentas de hombres y mujeres pertenecientes a clases (muy) altas en la antigüedad, y también presente en la heráldica. En otras palabras: un material con el que se pueden hacer perfectamente unos zapatos cómodos, con clase, aptos para bailar, caros y propios de una princesa de la época. Al parecer su color cambia con el reflejo del sol, un efecto bastante similar al que se produce en algunos tipos de vidrio. Curioso cuanto menos ¿no creéis? Teniendo en cuenta que hasta la versión escrita de Perrault la historia circulaba de forma oral, sería bien posible que se tratara de un error de transcripción. Por otro lado, se dice que Perrault eligió utilizar el vidrio a conciencia, ya que en su época este material era más difícil de formar que el oro (que, por ejemplo, aparece en la versión china del cuento) y por tanto no dejaba lugar a engaños por parte de una plebeya. Quizás Perrault, un gran especialista en lengua francesa, fuera consciente de la importancia del material del que estaba hecho el zapato y por ello lo cambiara por otro más acorde e igual de caro/exclusivo en su época. ¿Cometió un imperdonable error o tomó una decisión de adaptación arriesgada? Veamos qué piensa nuestra protagonista:

Say WHAT?

Me parece que se ha quedado de piedra. Lo sé, Cenicienta, si esta anécdota es cierta tu noche movidita habría sido mucho más cómoda, pero ¿no es bonito aprender de los errores, aunque a veces dejen marca, como un zapato de cristal? Hace que las certezas dejen de existir por un momento. Replantearse las cosas nunca está mal. Mi consejo para las nuevas y atemorizadas generaciones es: no tengáis miedo a fallar, pero tampoco le perdáis el respeto. Si hay algo que he aprendido en estos cinco años es que para encontrar las palabras adecuadas casi siempre hay que equivocarse antes. O como dijeron mucho mejor los señores de Aerosmith: you’ve got to lose to know how to win.