A través del espejo y lo que todos encontramos allí

Como Alicia cayendo en la madriguera, Lena con su secreto, Coraline tras una puerta o Matilda ante un libro, todos hemos sentido alguna vez que existen un lugar y un momento donde aquello que imaginamos, que queremos y que tememos se junta para tomar el té y nos da la bienvenida con una inquietante sonrisa. Al principio todo nos parece increíble, no podemos dejar de mirar. Pronto nos damos cuenta de que no alcanzamos a entenderlo y empieza a asustarnos. ¿Qué es este lugar que no comprendo? Todo lo que no sabemos, incluso aunque hayamos oído hablar de ello, nos resulta aterrador. Sospechoso. Nuevo. Seguimos la aventura entre la ilusión y la desconfianza, porque no todos los días llega uno por arte de magia a un sitio que ya creía que no existiría. Encontramos a quien nos ayuda, pero también a quien nos lo pone difícil. La gente, en general, tiende a estar loca como un sombrerero. Nos desesperamos porque el croquet no es lo nuestro. ¿Nos cortará la cabeza la Reina Roja? Eso parece. Está claro. ¿Y si no ocurre? Al fin y al cabo, este es nuestro cuento. No sabemos qué va a pasar, pero estamos contentos de haber conocido este mundo. Tenemos miedo porque parece que no volveremos a verlo. Cae una hoja y… estamos en casa.

¿Qué pasa luego? Luego te despiertas, vuelves y sabes que todo ha pasado de verdad, aunque ahora parezca un recuerdo minúsculo dentro de tu ocupada mente. Entiendes que todas esas veces en las que alguien te dijo que creer que la vida podía ser como un cuento es absurdo e infantil, se equivocaba. Ese alguien no entiende que en los mejores cuentos también se reflejan las cosas más oscuras de este mundo, la tristeza de quien lee y escribe; que no todo en ellos es siempre perfecto. Ese alguien cree que es mejor nacer y crecer siendo ya muy viejo y estando cansado sin haber intentado descubrir si todo podía ser cierto. No puedes y no debes hacerle caso a alguien que no persiguió su objetivo incluso cuando parecía ridículo y peligroso. Alguien que, en definitiva, nunca se molestó en mirar a través del espejo.

Si todavía sigues conmigo, tengo que devolverte a este mundo y contarte que yo sí pude y quise mirar. Poco antes de hacer mis últimos exámenes y terminar la carrera, alguien me llamó desde el otro lado. Aunque todo eso ya lo he contado. Está demostrado que el croquet se me da muy mal y que tardaré un tiempo en ser buena en ello, pero olvidé que hice otras cosas en mi pequeño viaje que fueron, quizá, mucho más importantes. Debieron serlo porque, al final, conseguí mi primer trabajo. Ese primer trabajo que mucha gente se ha encargado de decirme que no existía en estos tiempos tan raros, que nunca conseguiría (y mucho menos nada más salir al mundo, cosa que ya de por sí da mucho miedo). Un trabajo que me gusta, por el que me despierto cada día con ganas de trabajar de sol a sol, que me llena, de lo mío, en una empresa a la que admiro desde hace tiempo, que me trata muy bien, que me paga un salario más que decente y que me da libertad para opinar, crear, aprender y hasta me pide consejos. Que me valora y cuenta conmigo a largo plazo. ¿Es todo tan bonito como parece? Día a día se me hace más difícil contestar con un no a esa pregunta. No creo que haya hecho nada especial para conseguirlo, no sé ni siquiera si me lo merezco. Sólo sé una cosa: nunca dejé de creer que podía hacerlo.

Compruebo cada día que me queda muchísimo por aprender y sé que seguramente meta la pata. Habrá gente que me fustigue verbalmente all over the internet por traducir esto así o aquello asá. De algunos aprenderé y a otros tendré que aprender a ignorarlos. Los primeros días me sentía como un parvulito cuando alguien pronunciaba las palabras «darse de alta en autónomos» o «cobrar por horas» . Luego, gente como Pablo y Curri me ayudaron a dejar de hiperventilar por culpa de la burocracia y a recordarme que lo importante ahora era el trabajo. Y, poco a poco, no sé muy bien cómo, he ido solucionando las cosas que me daban miedo. He comprobado en mis carnes lo puñetero que es trabajar sin un contexto, lo difícil que es a veces encontrar una solución que al día siguiente viene sola, como si nada. Todas esas cosas que ya sabes, que has leído mil veces y por las que intentas criticar lo mínimo el trabajo del de al lado, pero que son muchísimo más evidentes cuando te enfrentas a ellas. He tenido problemas, dudas y dilemas de principiante, y otros simplemente típicos de los locos que nos dedicamos a esta profesión, pero ¿sabéis qué? Todas esas cosas dejan de dar miedo y de preocuparte la primera vez que ves tu trabajo en pantalla, hecho realidad. Sólo por llegar a vivir eso, tengo que deciros que merece la pena que persistáis. Que tengáis paciencia. Si hay un momento en el que podéis arriesgaros, es ahora que no tenéis nada (o poco) que perder.

Hace no mucho decidí volver a sentarme delante de esta extraña cosa que llaman blog. Durante toda mi vida he escrito en sitios como este y también en otros muy distintos con una única motivación: dejar que mis manos vayan por donde deban. Este post, sin ir mas lejos, ha cambiado de tema y de forma tres veces en una tarde y, al final, ha querido ser esto que tenéis delante. Es una muestra de que no, no sé venderme por lo que hago o lo que digo. No escribo, ni trabajo, ni respiro con el fin de encontrar nada a cambio, aunque me sienta muy honrada si eso ocurre. No me hice una cuenta de Twitter para conseguir followers. No actualizo mi Facebook para que la gente monte debates de varias páginas, a pesar de que tienda a ocurrir con frecuencia. No volví a la blogosfera porque 9 de cada 10 profesionales lo recomiendan. Y no me hace feliz mi trabajo por ver lo que consigo a cambio, sino por hacerle la vida más fácil a alguna persona con ello. A pesar de que todo eso va en contra de la idea del éxito que os intentará inculcar mucha gente, a mí siempre me ha funcionado. Siempre. Por eso tengo que darle las gracias a mis padres: por prestarme muchos libros y por enseñarme que no cuentan mentiras.

Habrá gente que os aconsejará que relativicéis cada uno de los pasos que déis en el País de las Maravillas. Que ocultéis los tropiezos al mundo, porque es contraproducente enseñarlos. Que no escribáis eso en vuestra bitácora de viaje. Que lo miréis todo siempre con una sonrisa incluso cuando lo correcto es poner una mueca y que le contéis al que viene detrás, o al que va a abrir una puerta, o al que va a atravesar un armario lo que quiere oír, aunque no siempre sea verdad. Yo os sugiero que sintáis esos pasos bajo los pies, aunque a veces duelan, aunque a veces os hagan creer que todo va a ir mal. Que os los creáis de verdad si es que va bien. Que recordéis que Alicia tuvo que nadar en el mar de sus propias lágrimas para llegar al otro lado de la cerradura. Que sois vosotros quienes estáis caminando. Son vuestros pies. No los uséis con cabeza, no camináis con ella. No está hecha para eso. Con ella, eso sí, podéis mirar al que os indica el camino a casa. Pero tenéis que recorrerlo vosotros.

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No todos los caminos llevan a Roma

«Un blog no es un blog si no lo mantienes». Esto no me lo decía mi madre cuando era pequeña, no, pero puede que mis hijos graben a fuego esa sabia enseñanza en sus mentes. Nunca se sabe cuáles serán las «frases de madre» del futuro. No puedo sino pedir perdón a toda la gente que me lee y que, por algún extraño motivo, espera que siga escribiendo. Están locos estos romanos… Os diría que tengo una buena excusa, pero entonces iríais a mi perfil de Twitter y os daríais cuenta de que, en realidad, se me da mucho mejor dedicarme a los 140 caracteres de rigor. Por otro lado, nadie puede negar que estos días han sido convulsos. Me acerco estrepitosamente al último examen de mi carrera, que ha durado un año más de lo que jamás habría imaginado. En su momento esto me pareció un drama y sentí que había cometido un tremendo «fail». Sin embargo, en perspectiva, creo que este podría ser, sin lugar a dudas, el mejor de mis cinco años como estudiante universitaria. Hace poco más de un año que se celebró la graduación de mi promoción. La verdad es que gran parte de los allí presentes todavía teníamos algunos créditos pendientes, ya que pocos somos los que no hemos aprovechado un año de Erasmus o una beca de movilidad y, como sabréis, las convalidaciones son bastante tristes, en especial si te vas a estudiar fuera de Europa. Sin embargo, aquel día el sentimiento de liberación, de fin de un ciclo, fue real. Se respiraba en el ambiente. Para mí fue como despertar de una corta pero intensa pesadilla.

Fotografía de alto contenido irónico

Cuando decidí venir a Barcelona a estudiar desconocía muchas cosas, algunas no podía saberlas y sobre otras no tenía la información necesaria, algo que pienso arreglar muy pronto yo misma escribiendo ese post que a mí me habría gustado encontrar en internet el día que supe que tendría que enfrentarme sola a la gran aventura migratoria. En estos cinco años, mi vida ha cambiado radicalmente cada doce meses. Lanzarse a estudiar lejos de casa no es algo fácil, no señor. He vivido en sitios muy diferentes, con personas de todo tipo, he tenido situaciones personales realmente difíciles, momentos muy buenos y momentos muy malos. Al principio todas esas cosas me paralizaban, me disgustaban o me parecían excepcionales. Este último año ha sido igual en muchos de esos aspectos, pero algo ha cambiado: he asumido que la vida es eso. Es estar muy arriba, o muy abajo, no saber lo que va a pasar mañana, hacer planes, creer que lo sabes todo, sentirte pequeño porque no entiendes nada. De algún modo, este quinto año que empezó siendo para mí una mancha en el expediente, una piedra en el camino o un error irreconciliable, ha sido, por otro lado, el más real. Después de muchos años, he tenido tiempo de asumir todo lo que leía, de digerirlo, de ser consciente de que estaba estudiando para aprender y no para ganar ningún tipo de carrera contra nadie y de volver a hacer todas esas cosas con las que tanto aprendí en la adolescencia: correr por internet, saborear el cine, conocer gente, devorar cómics, dedicarme mi tiempo a mí y a mi diminuto alter ego nivel 85, regalarle una pequeña parte de ese tiempo a los demás. He tenido la oportunidad de ser amable y de dejar que la gente lo fuera conmigo. He podido leer, volver a encontrar las ganas de escribir y sentirme absurdamente feliz rellenando perfiles en redes sociales. Esas cosas que hoy son un pasatiempo y mañana te dan trabajo.

Mi año de más, esa mancha imborrable, ese que muchos dirían que dice algo malo de mí, resulta haber sido algo tan inesperado como positivo. Ayer hice mi primera entrevista de trabajo. La oportunidad salió de la nada, perdida en mi carpeta de spam. Unos días antes, el trabajo de mis sueños pasaba por delante de mis narices, pero yo no podía seguirle los pasos. Aquel día me pregunté hacia dónde podría ir mientras eso cambiaba. Y, mira tú por donde, cuando dejó de preocuparme, alguien vino a recogerme. Cuando una de esas empresas a las que respetas y admiras viene a buscarte sin que tú hayas hecho nada más que existir, no puedes evitar sentirte un poco especial. Aunque esa empresa haya encontrado a otras 500 personas, es imposible no pensar que estás haciendo algo bien. Un par de correos intercambiados, una sensación tremenda de haber conseguido algo enorme. Y llega el día. ¿La entrevista? Huelga decir que estuvo lejos de ir como la seda. Por ser la primera, por ser en inglés, por ser a distancia y por mis viejos conocidos, los nervios. Tampoco fue un despropósito. Simplemente no fui yo. Ahora mismo siento que he defraudado a quien creía en mí, que me he fallado a mí misma, que he fracasado cuando la mitad ya estaba hecha, que no tengo ninguna posibilidad de arreglarlo. Luego pienso en mí hace un año, sintiendo la misma decepción por no haber conseguido alcanzar mis propias expectativas. Pienso en lo que me equivocaba, pienso en todo lo que he recibido de la gente estos días, de mis amigos y de quienes sólo me conocen un poco. Pienso que eso puede ser más valioso que un trabajo, por más increíble y divertido que sea. Pienso que más me valdría sentarme a pensar en lo que he ganado que torturarme por lo que puedo haber perdido. Donde hace una semana ni había un camino, ahora hay construido un callejón sin salida. Por algo hay que empezar.

¿Qué quiero decir con todo esto? Puede que un día, a pesar de lo que os diga la gente, queráis u os veáis obligados a cambiar la ruta que teníais planeada. Puede que no os lleve a Roma, como todo camino que se precie. Puede que os lleve a un sitio mejor. Puede que haya gente que llegue antes y puede que haya gente que llegue después. Puede que esa parada que os pareció una pérdida de tiempo, que jamás os serviría para nada, mañana os lleve a un sitio donde jamás habríais imaginado estar. Puede que a veces os sintáis culpables de ir por un camino que os gusta en lugar de por el que deberíais estar siguiendo. La pregunta es, ¿habéis disfrutado? ¿Habéis aprendido? Si la respuesta es que no, ese será vuestro único error imperdonable, queridos amigos. Ese, y pensar que es mejor vivir una pesadilla corta, como creía yo, que hacer del camino una experiencia relevante, por largo que sea. Hay que seguir andando, con rumbo o sin él. Siempre seguir andando.

El peligro de traducir para vender

Como muchos sabréis, cuando uno está hasta arriba de trabajo y las fechas límite le acechan como hienas salvajes siente un deseo repentino por hacer todas esas cosas que ayer, que tenía el día libre, le parecían poco apetecibles. Por ejemplo, leer ese libro que dejaste a sólo cuarenta páginas de terminar hace dos meses, jugar a ese videojuego que hace tanto que no sabe de ti que está punto de desinstalarse él solito o buscar una excusa en un encuentro casual con IMDb para terminar escribiendo un post. Si nos basamos en datos empíricos, se podría decir que hoy, a dos días de una entrega para Historia Antigua a través del cine, he cumplido dos de esas tres cosas. ¿Por qué exponer al mundo mi carácter procrastinador cuando todavía no tengo trabajo, os preguntaréis? Pues para contextualizar, aun a riesgo de cavar mi propia tumba y enterrarme dentro con mi escasa buena reputación. Como os contaba, estaba buscando información sobre la serie Spartacus: Sangre y arena en IMDb para un trabajo que tengo que hacer sobre El Peplum en Hollywood 2.0: La antigüedad en la televisión. Los que me conozcáis un poquito entenderéis por qué me decidí a hacer esta asignatura. Los que no, debéis saber que me encanta el cine desde que tengo memoria, cosa de la que mi hermano Javier tiene buena parte de la culpa. Mi tradición más sagrada es ir cada viernes a mi sala más cercana y, cuando no puedo, me quedo en casa con mi fría tele de plasma. El primer año que pasé en Barcelona iba a menudo al Club Coliseum a ver películas sola y, si aún viviera en Madrid, estoy segura de que sería una de las socias más pesadas de la Filmoteca. Incluso con la sala llena de gente irrespetuosa, que ya es rutina, hay algo en el cine que hace que mi mente anule todo eso y me quede siempre con lo bueno, por poco que ofrezca una película. Sé que hoy en día la mayoría del cine que nos llega es un negocio y en muchos casos un montaje glamuroso evidente. Muchas veces acepto eso y voy a ver películas que podrían ser más de lo que son y otras me siento en una sala a la una de la mañana, sola con mi pareja, viendo una película que nadie sabe cómo ha sobrevivido en cartel más de dos semanas.

Entre unas y otras puede haber muchas diferencias, pero si hay algo que me cuesta tolerar en ambas son los títulos. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿Dónde nació esa tendencia de estupidizar al máximo los títulos de las comedias? ¿Por qué las distribuidoras sufren tanto sólo de pensar en traducir al castellano los títulos de las películas de ciencia ficción? ¿Desde cuándo respetamos el título en inglés sólo cuando «queda molón» y no cuando realmente tiene sentido hacerlo? No puedo comprenderlo. No sé cómo hemos llegado hasta aquí. Claro que si recuerdo que soy una fiel defensora del cine en versión original, todo esto de los títulos se me desbarata un poco. Me sucede lo mismo con los «tráilers», puesto que no han sido pocas las veces en las que me han vendido una película que yo no quería ver, hasta que algún conocido sin miedo le ha echado un vistazo y me ha sacado de mi error. Mi pregunta es, ¿qué culpa tengo yo de que las distribuidoras se empeñen en intentar vender películas orientadas a un público muy específico a las grandes masas? ¿Por qué es mi deber despojarme de todo prejuicio e indagar sobre el título original de cada comedia que voy a ver para saber si es un pestiño o puede merecer la pena? Porque hay personas ahí afuera que quieren hacerse ricas, señores. Los daños colaterales somos nosotros, los espectadores más fieles, y un traductor que está en su casa escribiendo con su propia sangre un título que le horroriza por encargo de su jefe, al que llamaremos «El Corbatas» (desde aquí, mi profundo respeto a la gente que lleva corbata al trabajo y SÍ tiene escrúpulos). «El Corbatas», si pudiera, le vendería Pi: Fe en el Caos de Aronofsky a tu tía, la que el otro día lloraba con la boda real inglesa. Y si le dejan, lo va a intentar. La primera víctima será el traductor, ese pobre hombre que, en el imaginario colectivo, es el culpable de las atrocidades que vemos cuando consultamos la cartelera. De él me he acordado hoy cuando he visto en ese hermoso lugar que es IMDb que «Coming soon» tenemos la secuela de The Hangover, película que en España se tradujo como Resacón en las Vegas. También me he acordado de este artículo de Xosé Castro en El Trujamán y de cómo subía y bajaba la cabeza en gesto afirmativo o me llevaba las manos a la cabeza en un gran «facepalm» mientras lo leía.

Es que "La resaca" les sonaba a cosas del mar.

Hay muchísimos errores de traducción que se solucionan con un simple parche de contenido, una reedición o una actualización de una web. El título de una película es para siempre. Sí, para siempre. Por eso, «El Corbatas» debería pensárselo dos veces antes de cortarle las alas al traductor. Y el traductor, si se siente valiente esa mañana, debería intentar explicarle a «El Corbatas» (aunque ya sé que es muy complicado, amigos) por qué Resacón en las Vegas es un título desafortunado no, lo siguiente. La primera vez que vi anunciar esta película sentí un escalofrío en la espina dorsal. «Otra» pensé «otra maldita estúpida comedia americana» (¡cuántos adjetivos! Y los que me dejo). Puede que un viernes por la tarde me planteara verla, pero no estaba en mi lista de prioridades de aquí al 2080.  Todo por un título. Un título que me alejó de una más que divertida comedia hasta que las recomendaciones pudieron más que el repelús. Sin embargo, amigos, más allá de los prejuicios iniciales que nos pueda suscitar un título está el verdadero crimen, y es que esta traducción nos ata las manos de cara al futuro. Ahora mismo eso es algo peligroso, las secuelas están a la orden del día y más en franquicias que funcionan solas. Parece que dejar el título como La resaca, que no es ni más ni menos que la traducción literal del original, le daba un aire demasiado serio. Hasta se podría confundir con una comedia europea, «El Corbatas» no lo quiera. Supongo que el siguiente paso era hacer que la palabra «resaca» fuera más simpática: pues «resacón», que es lo que tiene la gente de a pie: «uf, vaya resacón…». Pues vale, muy bien, aceptamos barco. No, no, «El Corbatas» todavía no está contento, a esto le falta glamour, le falta el toque «hollywoodiense». «¿Dónde dices que es la peli?», pregunta. «En Las Vegas», contesta el traductor. «Por favor, simple traductor ¿qué vende más que Las Vegas, icono del capitalismo por excelencia? Ponlo, ponlo. Y al diseñador le dices que me cambie esa letra estilo palo seco por unos neones guapos, guapos.» Y así nació Resacón en las Vegas y llegó hasta nuestros cines. Imaginemos que el traductor, osado, se atrevió a sugerir que, si la película tenía éxito (como en los tiempos de Hot Shots!) se haría una segunda parte y que «El Corbatas», en su actitud habitual, se fue a recargar su móvil corriendo aburrido por tales tecnicismos lingüísticos que ahora no eran más importantes que ganar dinero. Y entonces llegó el día.

Donde antes teníamos un simple The Hangover ahora tenemos un The Hangover 2, y el nuevo traductor un marrón importante. ¿Dónde queda la continuidad de la saga? No podemos llamar a la película Resacón en las Vegas 2, simplemente porque ¡oh! sucede en Tailandia. El traductor, azuzado por la distribuidora y su leal súbdito, «El Corbatas», deambula por casa fustigándose con una hoja de ficus y preguntándose «¿¡qué hago ahora, Santa Patata Frita!?». Con este problema encima sólo hay una solución: la referencia a la franquicia no puede perderse y lo único que nos queda libre de contextos pasados es «resacón en». Ahora la solución más limpia, bonita y lógica sería informarse, averiguar que, como decíamos, la película sucede en Tailandia y unir las piezas como si de un puzle para niños mayores de 18 meses se tratara: Resacón-en-Tailandia. Qué bonito, qué melódico, qué continuidad. Pero no. «El Corbatas» no está satisfecho y nadie lo entiende, pero él acaba de ver una oportunidad de mejorar su glorioso primer título. Quiere un 2 y lo quiere para ayer. ¿Cómo va a saber la gente que es una segunda parte si no hay uno? Ya tenemos Resacón 2. Podríamos dejarlo ahí y aceptar una ligera reminiscencia de una película a otra, pero no. En la anterior quedaba claro dónde sucedía la acción, ¿por qué aquí no? Hay que arreglarlo. Al más puro estilo Fairy de limón subtitula «¡Ahora en Tailandia!» como quien exclama «¡Ahora con más concentrado de limón!». Sublime ¿verdad? Sin duda, cuando voy al cine lo que quiero es tener la sensación de que me están vendiendo un yogur en lugar de una película. El problema del señor que vende es que no siempre piensa como el señor que consume. O, mejor dicho, el señor que vende piensa siempre que el señor que consume es idiota. Esto me hace mucha gracia, especialmente después de años de oír a mis profesores que no hay nada más «reader friendly» que el inglés (¡huid de la anáfora y la catáfora, pecadores!). Resulta que los distribuidores de nuestro país no están de acuerdo: ellos quieren llegar a la cumbre de la simplificación, quieren darle la información mascada o, peor aún, adulterada, a sus espectadores.

Cada vez que añades un subtítulo un rotulista mata a un gatito.

Incluso asumiendo la idiocia del espectador, Resacón en Tailandia era una opción mucho más lógica ahora que nos hemos metido en un jardín del que no podemos salir. Aun así, podía tener sus inconvenientes. Supongo que «El Corbatas» pensó que la gente la confundiría con un remake oriental de la primera, y no la relacionaría con una segunda parte (a pesar de que tengamos el cartel con los mismos actores y nos bombardeen a publicidad). Algo parecido ocurrió con la desafortunada Bienvenidos al Sur, que fue confundida por mucha gente por una segunda parte de Bienvenidos al Norte (una comedia francesa que recomiendo encarecidamente, por gafapasta que suene), en lugar de ser tomada por lo que era: un remake a la italiana de esta última. De hecho, toda la confusión viene de la propia traducción en español e italiano de Bienvenidos al Norte, puesto que el título original en francés es Bienvenue chez les Ch’tis. Ni norte, ni sur. Mirad en qué líos nos puede meter una traducción. En el caso de The Hangover fueron mucho más inteligentes las traducciones de otros lugares como Italia, donde se llamó Una notte da lioni (literalmente, Una noche de leones), o Sudamérica, donde se tituló ¿Qué pasó anoche?. En ambos casos el título elegido no nos ata las manos de cara a posibles secuelas y con añadir un simple 2 el público asociará automáticamente una película con otra. Puestos a cambiarle el título a la película para hacerla más transparente o comercial, prefiero cualquiera de las dos opciones anteriores, aunque también es peligroso si el día de mañana a alguien le da por rodar What happened last night? (de hecho, ya hay una película coreana que se llama así). No quiero dar a entender que los españoles seamos primates sin ningún tipo de lucidez y nos sea totalmente imposible relacionar una película llamada Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia! con su predecesora; es que estética, lógica y contextualmente es un horror. Un destrozo. Un sacrilegio. Y lo peor de todo es que la culpa no la tiene el traductor y eso no lo sabe casi nadie. Seguramente nuestros familiares, amigos y conocidos estén cansados de que saltemos siempre que alguien lo menciona como fieras recién liberadas: «¡te estás equivocando, eso no es culpa del traductor, es que las distribuidoras les obligan a buscar un título comercial y lo más graciosete posible para atraer a incautos!». Todo esto con la cara roja y la furia de quien ve su profesión criticada desde el desconocimiento, claro, pero nos desviamos del tema. En otros países también hubo elecciones que nos trasladan al más absoluto surrealismo, como es el caso de Bélgica y Francia donde se llamó Very Bad Trip. Sí, señores, cambiamos un título en ingles por… otro en inglés. Fantástico.

Otra que tal baila.

Llegados a este punto sólo me queda preguntarme qué habría pasado con películas como Ocean’s Eleven de haber sido traducidas con este tipo de criterios. Qué pasaría si alguien hubiera decidido adaptarlas al castellano y en vez de Los once de Ocean se les hubiera ocurrido traducirlo como Los chicos de Ocean o Dándolo todo por mi colega Ocean o alguna otra sandez digna de un programa de Leticia Sabater, que tantas secuelas ha dejado en mi ya de por sí dañada mente. De haber sido así, cuando llegara Ocean’s Twelve iríamos a nuestros cines para encontrarnos con Los chicos de Ocean: ¡ahora son doce! y buscaríamos lo antes posible no la salida de incendios, sino la entrada más cercana al infierno. ¿Y si Los padres de ella, una traducción bastante libre pero que a mí me gusta, se hubiera llamado ¡A por los suegros!?  ¿Nos habríamos atrevido a llamar a la segunda parte ¡A por los otros suegros!? ¿Qué me decís de cambiar 28 días después por Infectados, y luego a 28 semanas después por Vuelven los infectados? Cuando salga 28 meses después podemos rematar la faena ofreciendo al público Los infectados vuelven a volver. Puede pareceros que estoy llevando las cosas al extremo, pero veo que, al menos en algunos géneros, este es el camino que está siguiendo la industria. La industria, quiero insistir. Por suerte, en estos casos hemos salvado el pellejo pero, ¿y si alguien decide hacer una secuela para (500) Days of Summer (aquí (500) Días juntos) y la llama (500) Days of Autumn? ¿Cómo se va a llamar, (500) Días Superjuntos o (500) Días Pegados? Si habéis visto la película sabréis que Summer es la protagonista, de ahí el juego de palabras: (500) Días de verano vs. (500) Días con Summer. Reconozco que este caso concreto era muy complicado, y es uno de esos en los que yo habría mantenido el original y habría puesto la traducción en un subtítulo, o incluso habría eliminado el juego de palabras dejándolo en un simple (500) Días con Summer, que al final, como espectador, nos dice lo mismo que (500) Días juntos y deja más puertas abiertas. Además, en español ya de por sí sobra ese 500 entre paréntesis, porque si lo quitamos el título queda condenadamente mal (Días juntos) mientras que en inglés suena perfectamente familiar (Días de verano). Y es que, ¿en cuántas ocasiones el significado del título de una película no se recoge dentro de la misma? Si os interesa contestar a esta pregunta, os recomiendo que visitéis este completo blog sobre títulos de películas, está lleno de curiosidades.

Ahora ya he procrastinado, he huido de mis responsabilidades durante un rato y os he contado algo que, en el fondo, no tiene relevancia. Porque sí, pase lo que pase, «El Corbatas» ya ha ganado y lo único que ha cambiado es que esta traductora, mientras compre su entrada para Resacón 2: ¡Ahora en Tailandia!, fruncirá el ceño. Y mucho.

APTIC y sus consejos prácticos para el mundo laboral

El pasado día 8 de abril tuvo lugar en la Facultad de Traducción e Interpretación de la UAB una charla muy interesante sobre cómo introducirse en el mundo laboral, a cargo de Francesc MassanaMaya Busqué (a la que, por cierto, he tenido el placer de «desvirtualizar»), ambos miembros de la junta directiva de la APTIC. A pesar de ser una calurosa y soleada mañana de viernes, la charla fue todo un éxito de asistencia; hasta nos costó encontrar sitio. He de decir que, suerte la mía, casi nada de lo que escuché durante tres largas horas me venía de nuevo, lo cual es un gran alivio porque significa que voy por el buen camino. Sin embargo, se veía a un montón de chavales navegando a la deriva que necesitaban de verdad una charla así. Tras ver la orientación que se nos proporciona en este sentido durante la carrera, no puedo culparles (aunque me gustaría ver menos pasividad entre mis queridas generaciones venideras). Igual que no esperamos que nadie venga a explicarnos cómo vivir nuestra vida, no tenemos que asumir que existe una fórmula fija para tener éxito profesional o que, de ser así, alguien va a venir a recitárnosla mientras le miramos con cara de pasa sentados en el sofá de casa. En cualquier caso, para aquellos que no hayan podido asistir y se sientan asolados por millones de dudas sobre su futuro, he preparado esta receta casera inspirada en la charla a modo de resumen.

Tiempo de cocción:

De 1 a 5 años de trabajo duro, perseverancia y resistencia.

Elaboración:

Esta receta es mucho más fácil de preparar de lo que creéis, a pesar de los abrumadores y exóticos ingredientes necesarios para ello. El primer paso es cocinarla con amor por la profesión. Si no, esta no es vuestra receta. Principiantes o no, siempre somos traductores y, como tales, tenemos que cuidar y respetar lo que hacemos. Eso se refleja en varios aspectos que veremos a continuación. Lo primero que debemos hacer es crear una plantilla para nuestro currículum con nuestros datos personales, combinación de idiomas, formación y experiencia. Hay que deshuesarla, es decir, deshacernos de todos aquellos datos irrelevantes que no vayan a ayudarnos a cocinar: que hemos sido canguro (no me refiero a tener una bolsa marsupial), que nos encanta jugar a la petanca o que estudiamos en el I.E.S. Sáquenme de aquí de Villarriba. Si tenéis dudas sobre cómo deshuesar un currículum, podéis consultar uno de los muchos blogs de traducción que ya han hablado de ello. Esta plantilla será de vital importancia en nuestra trayectoria y servirá como base para los platos que cocinemos en el futuro. Es, en palabras de la propia Maya, «el documento con el que más trabajaréis en toda vuestra vida y el que mejor debéis cuidar». Hay que intentar conseguir el mejor resultado posible y dedicarle mucho tiempo, además de seguir mejorándolo con el paso de los años.

Esta plantilla la modificaremos según el tipo de trabajo al que aspiremos (añadiendo o quitando cursos, experiencia ajena al campo, etc.). Eso sí, tenemos que usar el sentido común y la imaginación: a veces una gran afición puede llevarnos hasta un gran trabajo. Tenemos la suerte de haber escogido una profesión en la que todo lo que hacemos en la vida nos puede llegar a servir de ayuda. Eso no significa que las citemos todas, de la primera a la última, sino que las seleccionemos teniendo en cuenta a qué puesto queremos acceder. Por ejemplo, Maya nos contaba que su pasión por la astrofísica la ha ayudado muchísimo tanto en algunos encargos de interpretación como en su trabajo en Redes, el programa de Eduard Punset (el único Dios en el que yo creería si no fuera atea). Como decía, a veces es importante añadir un toque de originalidad a nuestro currículum, algo que lo haga único. En ese sentido, se puede llegar hasta extremos inimaginables, todo depende de nosotros y de en manos de quién creamos que va a caer. Una anécdota relacionada con esta idea nos la contó Maya: en una ocasión se encontró delante del currículum de una traductora de neerlandés que especificaba en un apartado que estaba especializada en textos jurídicos, económicos, y, atención… ¡gatos, perros y caballos! Quizá os parezca muy temerario, pero lo cierto es que sirvió para llamar su atención por encima de otros currículums y la llamó con toda la curiosidad del mundo para saber por qué había puesto algo así. Si elegimos bien, podremos «llamar a diferentes puertas con diferentes documentos». De esta forma nos aseguraremos de presentarnos como profesionales orientados hacia la empresa en la que aspiramos a trabajar. Eso sí, no llaméis cincuenta veces: a nadie le gusta que le fundan el timbre.

Ahora que ya tenemos un currículum personalizado, lo mezclaremos en un bol con una carta de presentación en la que debemos explicar por qué queremos trabajar con determinada empresa y, sobre todo, hacer ver por qué nos necesitan, qué es eso que nos hace diferentes y perfectos para el puesto de trabajo en cuestión. Si batimos con decisión ambos ingredientes podemos llegar muy lejos. Pero, un momento, ¿qué es una buena receta sin una foto que nos muestre el resultado? Existe una cierta discrepancia entre si una fotografía ayuda o no a tu currículum. Tanto Maya como Francesc son partidarios del «sí, por lo general». Eso sí, no puede ser una foto cualquiera: tenemos que salir frescos como una mousse de limón recién sacada del frigorífico, dar un mensaje lo más positivo posible de nosotros. Como Maya recordaba, «nadie es tan guapo como en su foto de perfil ni tan feo como en su DNI». A veces hasta es recomendable buscarnos a un buen fotógrafo que nos haga algo más profesional ¡elegid vosotros mismos!

Lo estás haciendo mal...

Todo esto os podrá parecer excesivo si estáis empezando a estudiar, pero pensad que nunca se sabe cuándo podréis tener una oportunidad de oro. Yo misma tiré una a la basura este verano, cuando me fui a Madrid a ver a mi familia sin el CV en el portátil: ¡facepalm! Mientras estaba allí, Hewlett-Packard colgó una señora oferta de prácticas en su departamento de localización. ¿Qué hice? Enviar una versión corrientucha estéticamente de mi CV, con una foto que no era ni de lejos la adecuada (tampoco llegaba al nivel del señor del pelo verde, no os creáis…) y además sin tener la oportunidad de llevarlo en mano y dejar bien claro cuánto me interesaba el puesto. Llegué lejos, pero al final la perdí. Con esto quiero que entendáis que es importante que os mováis lo antes posible para ir creciendo como profesionales, no sólo como estudiantes, pero tampoco os agobiéis más de lo necesario: ¡la carrera es lo primero!

Usar los cacharros de otro tiene sus ventajas, pero a veces os surgirán oportunidades a las que os tendréis que enfrentar solos. Es por eso que ambos hicieron especial hincapié en el papel de los autónomos, esos que cocinan, limpian y presentan el plato ellos solitos, sin la ayuda de nadie. Sobre esto, precisamente, se nos habla muy poco durante la carrera. Hay que dejar claro que no todo el mundo sirve para ser autónomo, debemos conocernos muy bien a nosotros mismos y valorar si seremos capaces o no de desempeñar esta tarea. Maya comentaba que muchas veces, si no tienes la necesidad, no te lanzas a la aventura de ser autónomo. Sin embargo, es importante saber cómo funciona: puede que hoy estemos a gusto trabajando en plantilla, pero que pasado mañana nos apetezca probar cosas nuevas. Para ello es importante tener listos varios ingredientes.

El primero es 1/2 kg de tarjetas profesionales, como estas tan originales de otros compañeros. En ellas especificaremos nuestra especialización y nuestra combinación de idioma, y datos como nuestro teléfono, correo electrónico o página web. Las tarjetas son importantes cuando asistimos a congresos, cenas, actividades o incluso para repartir entre nuestros conocidos, que, en muchos casos, serán la clave para conseguir trabajo. Mientras preparamos las tarjetas tendremos que hacer la base de la receta. Para ello es necesario crear presencia en internet. Si queremos una base sólida, necesitamos mezclar la compra de un dominio propio (no hay excusa para no hacerlo ¡un .com son ocho euros al año!) para nuestra página web o blog personal con la creación de varios perfiles profesionales (LinkedIn, ProZ, Twitter, Facebook, Traditori). Además, nos recomendaron registrarnos en comunidades como Translator’s Café, Payment PracticesTranslator’s Base. Sólo con esto último una servidora pudo conocer a un montón de gente sin esfuerzo en la I International Conference on Translation and Accessibility in Video Games and Virtual Worlds.

Si vamos a ser autónomos, tenemos que pensar que somos pequeñas empresas. Francesc nos recomendó llevar un control de nuestros clientes y aprender a realizar algunas tareas administrativas básicas (que, por supuesto, también se deben cobrar). Una buena idea si estamos empezando es elaborar una lista de clientes potenciales relacionados con nuestro campo con los que nos gustaría trabajar. No podemos olvidar añadir a esta receta las listas de distribución, donde los profesionales de nuestro campo discuten y exponen diferentes temas. Es importante aprender de ellas: primero debemos observar lo que se dice y cómo interactúan los traductores que participan en ellas, para luego empezar a involucrarnos. Antes de hacerlo debemos tener claras las normas de participación. Si habéis formado parte de algún foro esto funciona exactamente igual. Algunas listas que se mencionaron son: ATD, Traducción en España o, para amantes de lo audiovisual, TRAG. Por extensión, también es importante asociarse, ir a cursos, conferenciasconocer gente, ya que tenemos la gran suerte de formar parte de una profesión donde, en términos generales, el compañerismo está por encima de la competitividad. Si queréis saber más sobre las asociaciones de traductores podéis visitar el tablón de anuncios de ASOCESP, en el que aparecen todas listadas a la derecha.

Sobre las tarifas no voy a extenderme ya que, como todos sabréis, es un tema ampliamente tratado y discutido por la red (aunque algo tabú también). Si queréis más información podéis consultar la encuesta de tarifas de la APTIC o las tarifas de la EIZIE, además de probar CalPro, la calculadora de gastos, ingresos y rendimiento profesional desarrollada por ASETRAD. En cualquier caso, Maya y Francesc recomendaron marcarse un umbral de precio por debajo del cual no merece la pena encender el ordenador y hacer un trabajo cualificado por el sueldo de un trabajo no cualificado. Su consejo fue no trabajar por menos de 0,06-0,07€ por palabra, cosa con la que yo estoy totalmente de acuerdo. Eso sí, como bien me ha recordado Maya por ahí abajo, ese es sólo el mínimo: «a partir de ahí, el cielo es el límite». También tened en cuenta que muchas veces dependerá del idioma: conozco a traductores de japonés que cobran entre 0,15-0,19€ la palabra y que por menos de 0,12€ no trabajan.

Cuando empezamos parece que si no tenemos experiencia remunerada no servimos para nada, pero no debemos dejarnos convencer: lo que debe hablar por nosotros es nuestro potencial, nuestra capacidad y nuestras ganas de trabajar duro. Eso sí, no a cualquier precio. ¿Que por qué? Porque existen infinidad de sitios donde adquirir experiencia en diferentes campos de forma voluntaria, aunque no remunerada. En la ronda de preguntas surgieron algunas dudas respecto a cómo adquirir experiencia en interpretación, ya que hay menos información, y nos recomendaron Babels, una red de voluntariado en la que te pagan viaje y alojamiento a diversos lugares del mundo a cambio de hacer de intérprete en los foros sociales que organizan. Si la causa merece de verdad la pena, a veces es mejor dedicar tiempo a esto mientras buscamos un trabajo digno que tirarnos en brazos del primer «desgarramantas» que nos ofrezca un trato suculento (para él, principalmente). ¿Significa esto que pagar por trabajar, como ofrecen algunas empresas, es otra buena opción? En mi opinión (y la de ellos), no, nunca. Como acabo de explicar, existen otras opciones que no tienen nada que ver con estas tendencias del mercado tan preocupantes. Si queréis saber a qué me refiero, podéis leer esta reseña sobre Lionbridge publicada en el blog de Leon Hunter.

...contra el mundo.

En relación a todo esto surgió un tema que ya os comentaba en mi primera entrada: no debemos confundir el miedo con el respeto. El miedo nos lleva a no hacer cosas, mientras que mirar los nuevos retos con respeto nos sirve para valorar la dificultad de lo que estamos haciendo sin huir de ello. Por eso tenemos que aprender a valorarnos, ser conscientes de nuestras limitacionesconocer nuestros puntos débiles (pero no dejar que se vean) y exponer los fuertes. Existe un punto medio entre ser un prepotente y pasarse de humilde: ahí es donde debemos intentar estar. Aunque todos estos consejos están muy bien y os servirán como guía, si queréis saber cómo convertiros en grandes profesionales de verdad necesitáis apoyaros en vuestra intuición y formaros una opinión sólida sobre todo tipo de cosas. Pensad que las recomendaciones nunca están hechas para ser seguidas al pie de la letra, ya que todos queremos cosas distintas y tenemos puntos de vista diferentes. Esta fórmula se puede adaptar a otros paladares emprendedores que no tengan nada que ver con la traducción.

¿El resultado? Lo tenéis a vuestro alrededor. Es especial por un motivo: con los mismos ingredientes nunca se consigue un resultado igual que el anterior. Te puede salir un quiché Algo más que traducir, una ensalada El Taller del Traductor, una tarta de queso Traducistes, unos ravioli Localización y Testeo con Curri o una lasaña La paradoja de Chomsky, entre otros muchos platos con presencia. Si queréis ser como ellos, el primer paso es pensar que no tenéis nada que envidiarles, pero mucho que admirar. Una cosa está clara: nos hemos pasado toda la vida comiendo, ¡ahora toca cocinar!

Encontrar las palabras adecuadas

Empezar siempre es difícil. Hacerlo bien es mucho más complicado. Bienvenidos al día a día de un traductor: siempre en busca de lo adecuado, lo que funciona, lo que deja un buen sabor de boca. Una de las cosas a las que he tenido que aprender a enfrentarme en los últimos tiempos es a sentarme delante de algo y no ponerme a mí misma cien excusas para salir corriendo atemorizada. A veces el miedo a no estar «a la altura» te hace no estar a secas, cosa que no es mucho mejor. Echando la vista atrás, incluso retrasar esta primera entrada no ha sido bueno. En determinados momentos he sentido que tenía algo importante que decir, pero no tenía dónde.  Pues eso se acabó.

La gente lo pide en las calles

Llevo un tiempo pensando en la importancia que le damos a los errores y en lo que se puede aprender de ellos. Desde luego, la pasividad ayuda a no cometerlos. También a ser invisible. La despreocupación, por su lado, ayuda a vivir con la cabeza un poco más despejada, pero también nos acaba haciendo descuidados. Ninguna de las dos cosas funciona en la vida de un traductor. A veces, no siendo una cosa ni la otra, uno mete la pata hasta el fondo. Quizás su error cambie muchas cosas, o quizás pase inadvertido durante años hasta que alguien se dé cuenta y se eche las manos a la cabeza. Quizás, aunque importante, sea tan desconocido que acabe en una entrada de blog perdida entre miles de datos. Todos cometemos errores, la pregunta es ¿qué pasará con ellos? El otro día me preguntaba precisamente esto cuando, curiosamente, nuestro profesor de Leyendas medievales, Antoni Rossell, nos contó una anécdota interesantísima que tiene mucho que ver con el lenguaje y con equivocarse. La protagonista no es otra que Cenicienta y en el papel secundario tenemos al Sr. Presunto Error de Transcripción. ¿Nunca os ha llamado la atención que los zapatos de Cenicienta fueran de cristal? Claro, es un cuento de hadas, todo es posible, y más después de pasar por las edulcoradas manos de Disney. Sin embargo, parece retorcido que una simpática hada nos regale unos ¿comodísimos? zapatos de cristal para ir a un baile de la realeza. Sí, señores, a un baile. Es posible que en algún momento hayamos pensado: «serían espectaculares, pero también un rato frágiles e incómodos». Ahí todos nos paramos, sonreímos y decimos «cosas de cuentos». Pues no, amigos.

No duelen nada, de verdad...

Para entender lo que pasa aquí no podemos olvidar que se trata de un cuento de tradición oral. Como sabréis, una de las versiones más famosas (y la más antigua que consta por escrito, si no me equivoco) es la de Perrault, titulada en francés Cendrillon ou La petite pantoufle de verre. Ay, el verre, más conocido en estas tierras como vidrio o cristal en este caso concreto… Pero, espera, en muchos sitios este cuento aparece citado como La petite pantoufle de vair. Vaya, sabiendo un poquito de francés y otro poquito de fonética algo llama la atención. Vair se pronuncia ¡sorpresa! prácticamente igual que verre. La pregunta es: ¿qué significa vair? Pues ni más ni menos que vero. Resulta que el vero es un material hecho de piel de «petit-gris», un tipo de ardilla Siberiana (como corregía Yuste Frías en los comentarios), muy utilizado para confeccionar las vestimentas de hombres y mujeres pertenecientes a clases (muy) altas en la antigüedad, y también presente en la heráldica. En otras palabras: un material con el que se pueden hacer perfectamente unos zapatos cómodos, con clase, aptos para bailar, caros y propios de una princesa de la época. Al parecer su color cambia con el reflejo del sol, un efecto bastante similar al que se produce en algunos tipos de vidrio. Curioso cuanto menos ¿no creéis? Teniendo en cuenta que hasta la versión escrita de Perrault la historia circulaba de forma oral, sería bien posible que se tratara de un error de transcripción. Por otro lado, se dice que Perrault eligió utilizar el vidrio a conciencia, ya que en su época este material era más difícil de formar que el oro (que, por ejemplo, aparece en la versión china del cuento) y por tanto no dejaba lugar a engaños por parte de una plebeya. Quizás Perrault, un gran especialista en lengua francesa, fuera consciente de la importancia del material del que estaba hecho el zapato y por ello lo cambiara por otro más acorde e igual de caro/exclusivo en su época. ¿Cometió un imperdonable error o tomó una decisión de adaptación arriesgada? Veamos qué piensa nuestra protagonista:

Say WHAT?

Me parece que se ha quedado de piedra. Lo sé, Cenicienta, si esta anécdota es cierta tu noche movidita habría sido mucho más cómoda, pero ¿no es bonito aprender de los errores, aunque a veces dejen marca, como un zapato de cristal? Hace que las certezas dejen de existir por un momento. Replantearse las cosas nunca está mal. Mi consejo para las nuevas y atemorizadas generaciones es: no tengáis miedo a fallar, pero tampoco le perdáis el respeto. Si hay algo que he aprendido en estos cinco años es que para encontrar las palabras adecuadas casi siempre hay que equivocarse antes. O como dijeron mucho mejor los señores de Aerosmith: you’ve got to lose to know how to win.