No todos los caminos llevan a Roma

«Un blog no es un blog si no lo mantienes». Esto no me lo decía mi madre cuando era pequeña, no, pero puede que mis hijos graben a fuego esa sabia enseñanza en sus mentes. Nunca se sabe cuáles serán las «frases de madre» del futuro. No puedo sino pedir perdón a toda la gente que me lee y que, por algún extraño motivo, espera que siga escribiendo. Están locos estos romanos… Os diría que tengo una buena excusa, pero entonces iríais a mi perfil de Twitter y os daríais cuenta de que, en realidad, se me da mucho mejor dedicarme a los 140 caracteres de rigor. Por otro lado, nadie puede negar que estos días han sido convulsos. Me acerco estrepitosamente al último examen de mi carrera, que ha durado un año más de lo que jamás habría imaginado. En su momento esto me pareció un drama y sentí que había cometido un tremendo «fail». Sin embargo, en perspectiva, creo que este podría ser, sin lugar a dudas, el mejor de mis cinco años como estudiante universitaria. Hace poco más de un año que se celebró la graduación de mi promoción. La verdad es que gran parte de los allí presentes todavía teníamos algunos créditos pendientes, ya que pocos somos los que no hemos aprovechado un año de Erasmus o una beca de movilidad y, como sabréis, las convalidaciones son bastante tristes, en especial si te vas a estudiar fuera de Europa. Sin embargo, aquel día el sentimiento de liberación, de fin de un ciclo, fue real. Se respiraba en el ambiente. Para mí fue como despertar de una corta pero intensa pesadilla.

Fotografía de alto contenido irónico

Cuando decidí venir a Barcelona a estudiar desconocía muchas cosas, algunas no podía saberlas y sobre otras no tenía la información necesaria, algo que pienso arreglar muy pronto yo misma escribiendo ese post que a mí me habría gustado encontrar en internet el día que supe que tendría que enfrentarme sola a la gran aventura migratoria. En estos cinco años, mi vida ha cambiado radicalmente cada doce meses. Lanzarse a estudiar lejos de casa no es algo fácil, no señor. He vivido en sitios muy diferentes, con personas de todo tipo, he tenido situaciones personales realmente difíciles, momentos muy buenos y momentos muy malos. Al principio todas esas cosas me paralizaban, me disgustaban o me parecían excepcionales. Este último año ha sido igual en muchos de esos aspectos, pero algo ha cambiado: he asumido que la vida es eso. Es estar muy arriba, o muy abajo, no saber lo que va a pasar mañana, hacer planes, creer que lo sabes todo, sentirte pequeño porque no entiendes nada. De algún modo, este quinto año que empezó siendo para mí una mancha en el expediente, una piedra en el camino o un error irreconciliable, ha sido, por otro lado, el más real. Después de muchos años, he tenido tiempo de asumir todo lo que leía, de digerirlo, de ser consciente de que estaba estudiando para aprender y no para ganar ningún tipo de carrera contra nadie y de volver a hacer todas esas cosas con las que tanto aprendí en la adolescencia: correr por internet, saborear el cine, conocer gente, devorar cómics, dedicarme mi tiempo a mí y a mi diminuto alter ego nivel 85, regalarle una pequeña parte de ese tiempo a los demás. He tenido la oportunidad de ser amable y de dejar que la gente lo fuera conmigo. He podido leer, volver a encontrar las ganas de escribir y sentirme absurdamente feliz rellenando perfiles en redes sociales. Esas cosas que hoy son un pasatiempo y mañana te dan trabajo.

Mi año de más, esa mancha imborrable, ese que muchos dirían que dice algo malo de mí, resulta haber sido algo tan inesperado como positivo. Ayer hice mi primera entrevista de trabajo. La oportunidad salió de la nada, perdida en mi carpeta de spam. Unos días antes, el trabajo de mis sueños pasaba por delante de mis narices, pero yo no podía seguirle los pasos. Aquel día me pregunté hacia dónde podría ir mientras eso cambiaba. Y, mira tú por donde, cuando dejó de preocuparme, alguien vino a recogerme. Cuando una de esas empresas a las que respetas y admiras viene a buscarte sin que tú hayas hecho nada más que existir, no puedes evitar sentirte un poco especial. Aunque esa empresa haya encontrado a otras 500 personas, es imposible no pensar que estás haciendo algo bien. Un par de correos intercambiados, una sensación tremenda de haber conseguido algo enorme. Y llega el día. ¿La entrevista? Huelga decir que estuvo lejos de ir como la seda. Por ser la primera, por ser en inglés, por ser a distancia y por mis viejos conocidos, los nervios. Tampoco fue un despropósito. Simplemente no fui yo. Ahora mismo siento que he defraudado a quien creía en mí, que me he fallado a mí misma, que he fracasado cuando la mitad ya estaba hecha, que no tengo ninguna posibilidad de arreglarlo. Luego pienso en mí hace un año, sintiendo la misma decepción por no haber conseguido alcanzar mis propias expectativas. Pienso en lo que me equivocaba, pienso en todo lo que he recibido de la gente estos días, de mis amigos y de quienes sólo me conocen un poco. Pienso que eso puede ser más valioso que un trabajo, por más increíble y divertido que sea. Pienso que más me valdría sentarme a pensar en lo que he ganado que torturarme por lo que puedo haber perdido. Donde hace una semana ni había un camino, ahora hay construido un callejón sin salida. Por algo hay que empezar.

¿Qué quiero decir con todo esto? Puede que un día, a pesar de lo que os diga la gente, queráis u os veáis obligados a cambiar la ruta que teníais planeada. Puede que no os lleve a Roma, como todo camino que se precie. Puede que os lleve a un sitio mejor. Puede que haya gente que llegue antes y puede que haya gente que llegue después. Puede que esa parada que os pareció una pérdida de tiempo, que jamás os serviría para nada, mañana os lleve a un sitio donde jamás habríais imaginado estar. Puede que a veces os sintáis culpables de ir por un camino que os gusta en lugar de por el que deberíais estar siguiendo. La pregunta es, ¿habéis disfrutado? ¿Habéis aprendido? Si la respuesta es que no, ese será vuestro único error imperdonable, queridos amigos. Ese, y pensar que es mejor vivir una pesadilla corta, como creía yo, que hacer del camino una experiencia relevante, por largo que sea. Hay que seguir andando, con rumbo o sin él. Siempre seguir andando.

Anuncios